Mónica
Encuentros no deseados
Mónica
He decidido que va siendo hora de ir a hacer la compra como Dios manda.
No un caldo improvisado de tetrabrik, no un paquete de galletas que dura cuatro días ni chocolatinas escondidas entre las sábanas.
Me he levantado temprano, he abierto la ventana para ventilar la habitación —aunque ese gesto haya hecho volar varias servilletas sucias del suelo— y he respirado hondo.
Hoy toca empezar de nuevo. Aunque sea con pasos torpes y sin ganas.
Me meto bajo el agua caliente de la ducha con una sensación de desazón nada propia de mí.
El jabón me resbala por los brazos y me deja líneas de espuma sobre la piel.
Me miro al espejo empañado cuando salgo y apenas me reconozco.
Ojeras profundas, mejillas hundidas, pelo desordenado.
Pero al menos ahora huelo a limpio. Al menos eso.
Una sudadera vieja, unos tejanos raídos, zapatillas de batalla.
Me recojo el pelo en una coleta floja y bajo al supermercado.
El aire de la calle me golpea como una bofetada.
Huele a primavera húmeda, a asfalto tibio, a flores de azahar perdidas entre las aceras.
Y por un segundo —uno muy corto— me permito imaginar que no ha pasado nada.
Que todo está bien. Que hoy será un día más.
Entro al súper y el zumbido constante de los fluorescentes me da una extraña sensación de paz. Carros arrastrándose, murmullos de gente que discute sobre qué pasta meter en el carrito, el pitido de la caja... Me refugio entre las estanterías intentando que nadie me pare y me pregunte.
Primero la fruta —solo cogeré lo justo, que no quiero que se pudra otra vez—, después el pan, las bebidas… Entonces me entretengo más de la cuenta en el pasillo de las conservas.
Estoy tan concentrada comparando precios entre un bote de garbanzos ecológicos y uno en oferta que al principio no le doy importancia. Pero entonces…
Una risa. Masculina. Familiar.
Congelo la mano en el aire.
No puede ser.
Doy un par de pasos. El corazón me empieza a latir con fuerza. Doblo la esquina del pasillo de los encurtidos y lo veo.
Guillaume.
Está justo al final de la estantería de los encurtidos, aunque no me ha visto. Sonríe. Esa sonrisa que conozco tan bien, la que a veces parecía iluminar toda la tienda cuando le salía sin querer.
Pero lo que me paraliza no es él.
Es la mujer que hay tras él.
Solo veo que lleva un abrigo largo y lo más devastador: le coge del brazo. Se lo aprieta. Él no se resiste. Es más, se ríe. Le dice algo que no escucho y ella responde con una carcajada. Después, sin ninguna vergüenza, lo abraza. Pero al ser más baja que él no logro verle el rostro.
El aire se me va de los pulmones.
El mundo se estrecha a mi alrededor como si estuviese cayendo por una espiral. Miro sus brazos entrelazados, cómo caminan hacia la zona de bebidas, como si fueran una pareja cualquiera haciendo la compra. Normal. Cómodos.
La escena me golpea con fuerza.
¿Será ella?
¿La mujer con la que está casado? ¿La del secreto?
¿La que ha estado siempre y yo solo era el entretenimiento de paso?
Las lágrimas me arden en los ojos. No me caen todavía, pero amenazan con hacerlo, con romperme ahí mismo en mitad del supermercado, entre latas de mejillones y botellas de agua con gas. Me agarro al carro con fuerza, como si fuese un ancla.
Mi primer impulso es salir corriendo. El segundo, más impulsivo aún, es acercarme, plantarme delante de él y soltarle una barbaridad.
«¿Eso era lo que escondías? ¿Todo lo que me hacías sentir era una mentira? ¡Eres otro cerdo!».
Podría hacerlo.
Podría gritarle delante de todos.
Podría empujarle esa lata de garbanzos ecológicos en el pecho y echar a correr.
Pero no lo hago. Me quedo allí, medio escondida entre una pila de ofertas de arroz, tragándome la dignidad cucharada a cucharada.
Hasta que escucho algo.
—Entonces, ¿el sábado a las ocho? Me hace mucha ilusión.
Y él responde:
—Claro, por supuesto.
Siento una punzada en el pecho. Como si alguien hubiese tirado de un hilo muy fino y me lo arrancara desde dentro. Como si una verdad confirmada me partiese en dos.
No me quedo a ver más.
Salgo del supermercado sin comprar nada. El aire fresco me golpea otra vez, pero esta vez no me calma. No me salva. Camino rápido por la acera, sin rumbo. Me pierdo entre calles que conozco pero que ahora parecen hostiles. Cada paso resuena en mis sienes.
Me estoy rompiendo. No por lo que ha hecho —o por lo que creo que ha hecho—, sino porque me duele admitir que me importa.
Me duele saber que me había empezado a construir un pequeño rincón dentro de mi corazón para él.
Que aunque me alejé, aunque lo ignoré, aunque me encerré en mi mundo, no lo saqué del todo de mi cabeza.
Y de repente me doy cuenta.
No solo me alejé de él.
Me alejé de todo.
De Sofía. Mi mejor amiga. Que ha estado llamando, dejando mensajes, intentando entrar en mi cueva oscura sin éxito.
De doña Fina. Que me dejó un táper con caldo y yo apenas le di las gracias.
De la Mónica que era capaz de reírse con la música de la radio mientras barría el suelo. La que organizaba talleres con ilusión. La que discutía con Guillaume por una tontería y luego se reía sola en la cocina.
Me he apagado.
Y él... Él parece haber seguido adelante.
Me siento en un banco de piedra en la plaza vacía, me cubro la cara con las manos y, esta vez sí, dejo que las lágrimas salgan.
No puedo más con este nudo en el pecho. Necesito hablar con alguien. Necesito recuperar algo de lo que he perdido, aunque sea una pequeña parte.
Tanteo el móvil en el bolsillo. Lo enciendo.
Las notificaciones me abruman, pero solo busco una cosa.
Un nombre.
Sofía.
Marco su número.
En lugar de escuchar su voz, solo me responde el rugido metálico del contestador. Y me hundo más. Porque en el fondo estoy sola.