Guillaume
El paso del paritorio
Guillaume
Desde que Mónica se fue hará ya casi un mes, los días se me han hecho una sucesión gris y monótona de rutinas necesarias y silencios incómodos.
Me levanto temprano, me obligo a desayunar, aunque el estómago me pese como una piedra.
Bajo a abrir la tienda, reviso los encargos de flores invernales y las composiciones que ella dejó a medio hacer, contesto las dudas de las clientas —que no dejan de preguntar por ella, por su sonrisa, por su gusto con las flores, por el próximo taller que ya no se ha anunciado— y luego, por las tardes, subo a un piso donde todo está igual, pero vacío.
Lo que me mata no es el trabajo, no es la soledad. Es la ignorancia.
No sé qué hice mal. O mejor dicho, sé que hice mal algo, pero no sé cuál de todas mis acciones fue la que rompió la chispa dentro de ella. Fue como si de repente me hubiesen arrancado una parte del alma y me hubiesen dejado solo con el eco de su risa rebotando por las paredes.
He intentado llamar. Dos veces, mil. La primera con el corazón palpitando, deseando que contestara. La segunda, solo para escuchar de nuevo ese maldito contestador automático y su voz grabada, que ahora suena más distante que nunca. Y el resto sin esperanza.
Entre todo ese caos, he llenado las redes sociales del negocio con fotos antiguas, con momentos robados: ella colocando flores en la entrada, ella soplando una vela en su cumpleaños, ella y yo —aún distantes— en la inauguración de los conciertos.
Me siento un traidor publicando esas imágenes, como si estuviese mintiendo al mundo al mostrar algo bonito cuando dentro solo hay escombros.
El remordimiento no me deja respirar. Lo peor es que me he dado cuenta de que me importa, de que no solo me importaba como compañera de piso, como socia en este extraño proyecto, como la mujer que me descolocaba con una mirada. Me he vuelto a enamorar de ella. Por eso duele tanto.
Mi cabeza es cruel. A veces me engaña y creo verla entrando por la puerta con sus bolsas de plantas. O bailando mientras limpia. O riéndose con Sofía en la cocina. Me giro de golpe y no hay nadie. Solo el silencio. Solo yo.
No he dejado de ir a su antigua calle. Al principio me mentía.
«Voy a dar un paseo», «quiero caminar un poco», «pasaré por su barrio, por casualidad».
Pero no hay casualidades cuando los pasos te llevan una y otra vez al mismo sitio.
Me he plantado delante de su portal mil veces.
He mirado hacia arriba. He sentido la tentación de subir, de tocar, de decirle que…
No sé qué decirle. Solo que me duele. Que me perdone. Que vuelva. Necesito estar con ella.
Hoy, como cada vez, estoy aquí, parado frente a esa puerta verde con los desconchones en la esquina inferior izquierda. Y esta vez, antes de darme la vuelta y huir como las otras, la voz de doña Fina me sorprende.
— Nene , ¿vas a quedarte plantado como un farol mucho rato más?
Me giro. Me da un vuelco el corazón. Ella está ahí, con sus gafas enormes y una bolsa de tela con frutas.
—¿Cómo sabe que...?
—Porque esta es la cuarta vez que te veo esta semana, chiquillo. No soy ciega. Anda, sube a casa, que tengo té recién hecho.
Me dejo llevar. No sé por qué. Tal vez porque me tiemblan las piernas o porque necesito hablar con alguien que también la eche de menos.
Su piso huele a canela y a plantas secas. Me ofrece una taza y me siento en una butaca baja mientras ella se acomoda enfrente.
—¿Y bien? ¿Qué te pasa?
Sus palabras son tan directas que me desarman.
—No lo sé, doña Fina. No sé qué hice. Se fue. Me dejó una nota. No he podido hablar con ella desde entonces.
Ella asiente, como si ya lo supiera todo.
—La vi el otro día. Bajaba a la calle. Iba como un fantasma. Pálida, delgada, con el alma hecha trizas. Y no me digas que tú no estás igual, porque te veo.
No puedo evitar bajar la mirada. Me arde la garganta y todas las emociones se me quedan atascadas.
—¿Por qué no subes? —me dice ella, con voz suave—. Sube, Guillaume. Habla con ella.
—Tengo miedo —susurro.
Ella no se burla. No se ríe. Solo asiente, con esa sabiduría serena de quien ha vivido muchas vidas en una sola.
—Eso es el amor, hijo. Miedo. Pero también es coraje. Y si no lo enfrentas, la perderás, y esta vez será para siempre.
No sé qué responder. Solo me quedo allí, con las manos rodeando la taza caliente, temblando por dentro. Pensando en la posibilidad de subir, de tocar a su puerta, de que me mire y me diga que me odia. O peor, que ya no siente nada.
Pero también está esa mínima posibilidad. La que me hace seguir volviendo aquí, día tras día. La que me susurra que quizás, solo quizás, aún no es tarde.
Doña Fina se levanta y me aprieta el hombro antes de ir a la cocina.
Me quedo solo, con la taza en las manos y el corazón retumbando en el pecho.
Miro hacia la ventana y pienso que, tal vez, hoy sea el día.
O quizás necesite uno más. Pero cada día estoy más cerca de subir esas escaleras.
Porque Mónica es mi caos y mi calma, y no quiero rendirme.
No aún. Pero también sé que todavía es demasiado pronto.