La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
81%

Mónica

Ignorando a todo el mundo

Mónica

Una semana ha pasado. Una eternidad envuelta en la oscuridad de mis propias paredes, con las persianas bajadas y el corazón más bajo aún.

Sofía ha llamado. Sé que lo ha hecho con la mejor de las intenciones, pero no he sido capaz de mirarla a la cara.

Ni siquiera he podido fingir estar bien.

Grité que necesitaba estar sola y la escuché suspirar al otro lado de la puerta antes de irse. Al menos me dejó tranquila.

Me he convertido en una caricatura de mí misma: una cama deshecha, mi cuerpo cubierto por una camiseta vieja que no huele a rosas que digamos, los rizos hechos un desastre y un ejército de chocolatinas vacías formando trincheras entre las sábanas.

No tengo hambre. No tengo sed. No tengo ganas de nada.

Ni siquiera me meto en la ducha, porque ¿para qué?

Todo lo que sentía limpio por dentro se ha vuelto a manchar.

Doña Fina también ha venido. La he oído hablar en voz baja al otro lado de la puerta, dejando un tupper en el suelo.

Ayer, cuando supe que se había ido, lo recogí.

Caldo casero. Caliente, sabroso, hecho con amor.

Solo tomé un par de cucharadas. Luego lo dejé en la mesita de noche, como si con eso bastara para mantenerme con vida.

Los dramas de los 90 suenan sin parar en el portátil. He visto Felicity tres veces esta semana. He llorado con Dawson’s Creek , me he reído con Will & Grace y me he enfadado con Buffy, porque ni siquiera la cazadora consigue apartarme esta sensación de abandono, de traición.

Guillaume ha ganado.

Todos los tíos son iguales.

Me lo repito una y otra vez, como si necesitara que se me quedara grabado en la piel. Como si tuviera que grabarlo con tinta sobre la muñeca para no olvidarlo nunca más. Todos. Los. Tíos. Son. Iguales.

Lo de las llamadas misteriosas fue el principio.

Creí que era mi imaginación, que era parte de mi inseguridad o que simplemente él tenía cosas que hacer.

Luego lo del notario. No quería parecer paranoica.

No quise hacer preguntas. Me callé. Me tragué la duda.

Me tragué las punzadas. Y él, mientras tanto, siguió construyendo su mentira con una sonrisa.

Luego los papeles escondidos. Las evasivas. Las conversaciones que se cortaban cuando yo entraba en la habitación. Y entonces esa manera suya de hacerme sentir como si fuera lo mejor que le había pasado en la vida. Como si cada vez que me miraba, su mundo girara solo alrededor de mí.

¡Mentira!

Me ha hecho sentir especial solo para después arrancármelo todo. Para quedárselo, como hacen todos. Como hizo mi ex. Como hicieron los demás. Como hizo cada hombre que dijo quererme.

Aprieto los dientes. Me duele el pecho. Me escuecen los ojos. Pero no pienso llorar. Ya he llorado suficiente. Ya he sangrado por dentro demasiado tiempo como para darle una lágrima más.

El timbre suena otra vez. No me muevo. Puede ser Sofía o doña Fina o quién sabe. Incluso podría ser él. Guillaume. Pero si lo es, no pienso abrirle. No pienso ceder. Me da igual si me deja flores, si me deja partituras dobladas en forma de flor, si me deja notas. No quiero verlo. No puedo.

No me fío. Y no me fío porque lo quise. Porque me estaba empezando a imaginar una vida con él. Porque me estaba permitiendo soñar.

Y ahora esos sueños están rotos, desparramados por el suelo como mis chocolatinas. Como mi dignidad.

Me encojo bajo las sábanas, aunque el calor es insoportable.

He dejado de preocuparme por todo. Amandine duerme a mi lado, su cuerpo tibio pegado al mío.

Ella no ha entendido nada. Solo sabe que su humana no se mueve mucho y que, cuando lo hace, su respiración es agitada y rara.

Me lame los dedos de vez en cuando, buscando consolarme.

—Lo siento, pequeña —le susurro acariciándole la cabeza—. Te prometí que esta vez sería distinto, que ese lugar sería nuestro hogar.

Y lo fue. Durante un tiempo.

Cierro los ojos. Escucho el runrún de una canción triste. Por un instante, me dejo ir. Me dejo flotar entre el dolor, la frustración y el silencio.

Pero no por mucho.

Porque en el fondo de todo este caos, debajo de toda esta rabia, hay algo que duele aún más: la duda.

Esa puñetera duda que me susurra que quizá no fue lo que creí.

Que tal vez había una razón para sus silencios.

Para sus ausencias. Para sus escapadas al notario.

Para sus papeles escondidos. Seguro que ya tiene la herencia a su nombre y solo estaba jugando conmigo.

Y esa duda es lo que más odio de todo.

Porque si resulta que me he equivocado, si he construido este drama sobre una suposición errónea, entonces me habré convertido justo en lo que más temo: en alguien incapaz de confiar.

Y eso me parte por dentro. Pero no pienso moverme. No todavía.

Quizá mañana. Quizá..