Guillaume
Abrir con mentiras nunca está bien
Guillaume
Esta mañana abrí la puerta de su habitación y se había ido. No hay ni rastro de Mónica. Ni sus zapatillas junto a la puerta. Ni su taza de café esperando en la encimera. Solo una nota escrita con su letra rápida y precisa que encuentro sobre su cama cuando he decidido entrar para ver cómo estaba:
«Ni me llames».
Ni me llames. Cuatro palabras que se sienten como el final de una ópera, desgarradoras. Como si de pronto la distancia entre nuestras habitaciones volviera a ser la del primer día, o peor, la de dos desconocidos.
No entiendo qué ha pasado. Me apoyo en el marco de la puerta con la nota temblándome entre los dedos. Repaso cada conversación, cada gesto, cada pequeño cruce de miradas de los últimos días.
¿Hice algo? ¿Dije algo? ¿Olvidé algo importante?
Camino hasta la cocina sin saber bien qué busco. Reviso mi móvil esperando encontrar alguna otra pista. Nada. Solo la nota. Solo el silencio.
El reloj marca las ocho y media. En poco más de una hora empieza la jornada en la tienda.
El olor de su champú aún flota en el aire y en la mesa del salón hay una flor pentagrafiada medio caída del jarrón.
La cojo con delicadeza, intentando que no se desarme, y me siento en el sofá con la nota en una mano y la flor en la otra.
¿Qué he hecho?
Marco su número ignorando el papel, necesito saber.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
«El buzón de voz de Mónica está lleno».
El contestador me recibe una y otra vez dejándome vacío por dentro. Como si cada pitido me alejara más de ella. Como si no tener su voz al otro lado me hundiera en un mar espeso de incertidumbre.
¿Y si ha pasado algo? ¿Y si ha tenido una crisis? ¿Y si…?
No. No quiero pensar eso. La nota es clara. «Ni me llames». Está enfadada. Pero no sé por qué.
Un par de días después. Mónica se ha ido.
Desaparecida. Volatilizada. No ha dado ni una mísera señal de vida desde entonces.
Le he mandado un par de mensajes —uno lleno de disculpas, otro intentando razonar con ella, preguntar qué he hecho mal—, pero nada.
Silencio. Un vacío tan brutal que me ha hecho dudar si alguna vez, en realidad, llegamos a compartir algo.
Así que, lejos de seguir dejándome arrastrar por la incertidumbre, he tomado una decisión que me parece casi heroica: abrir la tienda.
Intentar continuar con esta rutina absurda.
Esta floristería que construimos juntos y que ahora me mira desde cada pétalo como un recordatorio constante de su ausencia.
—Vamos, venga... —mascullo con los dientes apretados.
Intento ajustar el envoltorio de un ramo de lirios blancos que una clienta quiere con «detalle minimalista pero elegante». Y me pongo a hacerlo aunque no tengo ni idea de qué significa eso.
La caja de pedidos está a rebosar. No sé cómo ha pasado.
Por lo que parece, alguien compartió una de las fotos antiguas de Mónica arreglando un ramo en redes sociales —sí, una de las que publiqué yo para mantener la fachada de que todo seguía normal y de la que empiezo a cansarme— y desde entonces, los pedidos se han multiplicado como conejos en primavera.
Debería alegrarme. Pero no. Estoy desbordado. No sé dónde está el alambre floral. No encuentro las tarjetas para los mensajes. Me corté con las tijeras esta mañana y no me di ni cuenta hasta ver las manchas de sangre en el papel de regalo.
—¿Dónde mierdas está el celofán con lunares? —gruño, revolviendo los cajones con torpeza, tirando rollos de cinta por el suelo.
El timbre de la puerta suena.
—Estamos cerrados —advierto sin mirar.
—Guillaume.
Reconozco la voz. Sofía. Genial. Justo lo que me faltaba.
—Te he dicho que estamos cerrados —repito sin levantar la vista.
Ella ni se inmuta. Cierra la puerta tras de sí y se cruza de brazos. Tiene esa mirada de quien está a punto de explotar y está conteniéndose por pura educación.
—¿Has sabido algo de Mónica?
—No.
—¿Le has escrito?
—Sí.
—¿Ha respondido?
—No.
—¡Pues haz algo más! —explota—. No puedes quedarte aquí jugando a florista mientras ella desaparece del mapa.
¡Lleva más de cuarenta y ocho horas desaparecida, Guillaume!
Ni siquiera ha contestado a Aina. Doña Fina dice que la ha visto una vez en el súper, pero que parecía una sombra de sí misma. ¿Y tú estás aquí haciendo ramos?
Sus palabras me golpean como bofetadas, pero me da igual o eso me quiero creer.
—¿Y qué quieres que haga, Sofía? ¡Ya he llamado, escrito, esperado! ¿Y sabes qué? Me ignora. No me quiere ver.
—¡No lo sabes!
—¡Lo sé, joder! —estallo. El ramo en mis manos cae al suelo.
Los lirios se desparraman, heridos—. ¡Estoy solo aquí, intentando que esta tienda no se hunda!
¡Esto era de los dos! ¡Y ahora soy yo el que tiene que fingir que todo va bien mientras las clientas me preguntan con vocecita melosa «¿Y Mónica? ¡¿Hoy no está Mónica?!» ¡Estoy harto!
Sofía abre la boca para responder, pero la freno con un gesto torpe y desesperado.
—Y ahora tú vienes aquí con tus reproches como si no hubiera hecho nada. ¡Estoy haciendo todo lo que puedo! ¡Estoy de pie! ¡Estoy respirando! ¡Estoy, maldita sea, atando flores con cinta dorada mientras… todo se va a la mierda! ¿Eso no cuenta?
El silencio que queda es espeso.
Sofía traga saliva. Y por un instante, por uno diminuto, parece que va a entenderlo, que va a calmarse. Pero no. Sus ojos brillan con rabia contenida.
—¿Y tú crees que a Mónica no le está costando? ¿Crees que ha elegido desaparecer porque le divierte? ¡Está rota, Guillaume! Y lo único que necesitaba de ti era paciencia, honestidad... cariño. No que le ocultaras cosas. No que la dejaras sola cuando más lo necesitaba.
—¡Yo no la dejé sola!
—Pues así lo sintió.
—¡Y qué! ¡Yo también tengo derecho a sentirme traicionado! ¡A estar confundido! ¡A no ser perfecto!
Sofía da un paso atrás, como si la hubiera empujado. Me mira. Me mira de verdad. Y entonces dice, con una voz helada:
—Te estás comportando como un ogro. Como un niño enfadado que no sabe qué hacer con sus emociones y las lanza contra todo el mundo. Yo solo quería saber si Mónica estaba bien. Pero ya veo que contigo no voy a encontrar respuestas.
Se gira hacia la puerta.
—Quizás el notario tuviese razón el otro día. Quizás ninguno estaba preparado para esto.
Veo como la amiga de Mónica se queda parada y se vuelve a mirarme de nuevo.
—¿Qué has dicho qué? —me interroga sin entender nada—. ¿Tú has ido a hablar con el notario?
Sus palabras me caen como un jarro de agua fría. Si había mantenido mis visitas en secreto era porque no quería todo este marrón. Pero estoy bien jodido.
—Yo… No es…
—¡Vete a la mierda, Guillaume! —espeta y vuelve a tomar la marcha antes de que pueda explicarme.
—Sofía...
—No. No me sigas. Arréglate. Piensa. Y luego... si algún día quieres volver a ser alguien digno de ella, empieza por no ser un cerdo que crea ilusiones y juega con un as bajo la manga para destrozar la vida de los demás.
Y se va.
El sonido de la puerta cerrándose me deja clavado en el sitio.
Los lirios en el suelo. El papel de regalo manchado. El mostrador lleno de pedidos que no quiero preparar. Y un vacío enorme dentro del pecho que no para de expandirse.
Me dejo caer en la silla, con las manos temblorosas. El llanto no llega. No aún. Solo el silencio. Solo la floristería. Solo yo. Y el eco de mis errores, resonando como una sinfonía descompuesta.
Y entonces, sin pensarlo, cojo el móvil. Abro la conversación con Mónica.
No escribo nada.
Solo dejo los dedos suspendidos sobre la pantalla.
Porque ya no sé qué decir.
Porque ya no sé si las palabras pueden arreglar lo que el orgullo ha roto.