La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Epílogo El cementerio de los buenos recuerdos

Guillaume

Por la noche, Mónica y yo hemos juntado a todos nuestros amigos y familiares —Irene, Aina y sus hijos, Sofía, Adrián y doña Fina— para celebrar que la finca es nuestra.

Los hemos reunido en el lugar donde todo empezó: el cementerio de los malos recuerdos.

Hemos montado una mesa improvisada, llenado todo de velas y flores de papel hechas con partituras mías del conservatorio y todos cenamos entre risas y anécdotas del pasado.

La noche es cálida a pesar de ser principios de mayo, y la luz temblorosa de las velas baña los rostros de las personas que más quiero en este mundo.

Los niños corren de un lado a otro, Sofía cuenta alguna historia disparatada que hace reír a Aina hasta las lágrimas y Mónica...

Mónica está a mi lado, con su mano entrelazada a la mía bajo la mesa.

Su pulgar dibuja pequeños círculos en mi piel y cada roce es un recordatorio de lo mucho que hemos pasado para llegar hasta aquí.

Al final de la cena, me pongo en pie y le doy con el cuchillo a la copa de cristal para que todos me hagan caso. El silencio que se hace me deja con el corazón en un puño y ganas de agradecerles por todo.

—Antes de que esta noche termine, quiero decir unas palabras.

—Miro alrededor y respiro hondo para coger fuerzas—.

Quiero dar las gracias a mi difunta tía por esta aventura y locura que nos dejó, porque sin ella muchos de nosotros no estaríamos aquí juntos, de nuevo.

A mis amigos, por reencontrarme con ellos y recordarme quién soy.

A doña Fina, por estar siempre presente, cotilleando y asegurándose de que nunca nos falte un buen chisme.

A Aina, por todo el papeleo, por enfrentarse a leyes y burocracia en nuestro nombre, por hacer de hermana, madre, amiga y abogada. Y, finalmente...

Me giro hacia Mónica, y mi corazón da un vuelco. Está hermosa bajo la luz de las velas. Sus ojos brillan con la intensidad de quien, como yo, ha vivido un año lleno de aventuras y peripecias.

—Finalmente, quiero agradecerle a Mónica por ser mi pilar, por ayudarme a sanar mis heridas y por ser el amor de mi vida.

Ella parpadea, sorprendida, y noto un leve apretón en las manos que mantenemos entrelazadas. Traga saliva, como si procesara mis palabras, y yo siento que es ahora o nunca.

—Nuestra historia no ha sido fácil —prosigo—. Hemos tropezado, nos hemos alejado, hemos dudado. Pero como estas flores pentagrafiadas que tenemos en la mesa, del pasado resurgiremos más fuertes y bonitas que nunca. Y por eso...

Suelto su mano con suavidad, y antes de que pueda reaccionar, hinco una rodilla en el suelo.

Un murmullo de asombro recorre la mesa. Irene se tapa la boca con las manos, Sofía ahoga un grito emocionado y Aina ya tiene el móvil en la mano grabando cada segundo. Mónica se lleva una mano al pecho, con los ojos abiertos de par en par.

—Mónica —empiezo con la voz firme, pero sintiendo que mi corazón está a punto de estallar—, quiero que estemos juntos no solo porque una cláusula nos obligue, no solo porque compartimos una herencia de por vida, sino porque te elijo a ti, aquí y ahora, y cada día de mi vida.

Abro la cajita que he llevado en el bolsillo toda la noche y el reflejo de la luz se posa sobre un anillo sencillo con un pequeño brillante en el centro que brilla sin eclipsar el destello que emanan los ojos de Mónica en este momento.

—¿Te casarías conmigo? —pregunto.

El silencio es absoluto. Todo el mundo contiene la respiración, esperando su respuesta. Pero yo solo la miro a ella, a Mónica, a la mujer que lo ha cambiado todo para mí.

Sus labios se abren, su pecho sube y baja con rapidez. Y entonces, se echa a reír.

Una risa genuina, de felicidad pura y dura, de incredulidad. Se lleva las manos a la cara y asiente, primero despacio y luego con más fuerza.

—¡Sí! —exclama al fin, y antes de que pueda reaccionar, se lanza sobre mí y me besa con tal intensidad que la caja del anillo cae al suelo.

Alrededor de nosotros, los gritos de alegría explotan. Irene llora y aplaude, Sofía grita «¡Por fin!», Aina sigue grabando mientras los niños corren de un lado a otro sin saber muy bien qué pasa, pero emocionados por la reacción de los adultos.

Mónica me abraza fuerte, con el rostro hundido en mi cuello.

—No puedo creer que hayas hecho esto aquí —susurra.

—Creo que es momento de cambiarle el nombre a este lugar y empezar a llamarlo el cementerio de los buenos momentos.

—Me parece fantástico, amor —se emociona y la vuelvo a abrazar—. No puedo creer que esto esté pasando de verdad.

—¿Para bien o para mal? —pregunto con una sonrisa, acariciándole la espalda.

—Para bien. Para muy bien —grita y vuelve a besarme.

Cuando nos separamos, Aina recoge la caja del suelo y saca el anillo.

—Te toca ponérselo —me regaña entre risas y con el móvil aún en alto, extendiéndome la alianza con una sonrisa cómplice.

Miro a Mónica, que me ofrece la mano con una sonrisa temblorosa. Con toda la delicadeza del mundo, le deslizo el anillo en el dedo. Le queda perfecto, como si siempre hubiera estado destinado a estar ahí.

—Ahora sí que esto es un nuevo comienzo —afirma ella, y yo asiento, porque sé que es verdad.

Esa noche, bajo la luz de las velas, en el lugar donde todo empezó, nuestro futuro juntos también comienza.