La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
76%

Mónica

Los papeles pueden herir más que la verdad

Mónica

Ya estoy cogida al teléfono, con la mejilla pegada a la pantalla y el altavoz gritándome mientras mis manos revuelven sin descanso los cajones de la habitación de Guillaume.

Para ser la primera vez que entro en este lugar de la casa, me parece que está en bastante sintonía con él.

Aina, al otro lado de la línea, suelta un bufido.

—Por el amor de Dios, Mónica, ¿no podíais tenerlo todo en una carpeta, como cualquier persona normal? —refunfuña impaciente.

—No es mi culpa, Aina. Es suya —contesto con los nervios a flor de piel mientras aparto partituras arrugadas y alguna que otra carta abierta.

—Pues se te ha pegado su caos —replica, seca—. A ver, encuentra el DNI primero.

¿Qué se me ha pegado? Cuando la vea por navidades te juro que le arranco la melena como siga con este aire de superioridad y perfeccionismo subido.

Abro otro cajón. Más partituras a medias, un libro con la esquina doblada, una foto que apenas vislumbro de Guillaume al piano, joven, mucho más joven, con el ceño fruncido. Mi corazón da un vuelco. Sigo buscando.

—Lo tengo —afirmo al fin, levantando el DNI como si Aina pudiese verlo a través del micrófono.

—Bien. Ahora la documentación que certifica que está viviendo ahí por la herencia.

Ese papel lo recuerdo. Lo vi cuando estábamos en el notario, entre las condiciones absurdas que nos forzaron a vivir juntos. Revuelvo un poco más hasta encontrar un sobre grande y arrugado. Saco los papeles.

—Aquí está.

—Revisa que tenga el sello notarial —dicta Aina más repipi que antes—. Y el papel de empadronamiento en París, que también podría servir.

Las manos me tiemblan, las hojas me resbalan entre los dedos. Pienso en Guillaume y en cómo de diferente es ahora su vida y no lo digo por el cuartelillo. No me puedo ni imaginar por todo lo que debe de estar pasando.

—Aina, ¿para qué todo esto?

Un silencio.

—Mira, Mónica, en primer lugar para sacarlo de este embrollo —resuelve ella, con voz suave, como si fuera la cosa más obvia del mundo—, pero si consigues demostrar que Guillaume ha sido arrestado y tiene antecedentes, podrías llevarlo a los juzgados.

Alegar que ha incumplido las condiciones de la herencia.

Esto podría ser justo lo que estabas esperando.

Me quedo helada.

—¿Cómo?

—Podrías quedarte con el cien por cien de la finca. Sin condiciones, sin compartir. Sería tuya, Mónica. Lo que querías.

Mi respiración se entrecorta. De repente, las paredes de la habitación de Guillaume parecen encogerse. Miro a mi alrededor: su armario, su cama con las sábanas bien puestas, las partituras desordenadas, la bufanda que siempre deja tirada sobre la silla del rincón...

Y en mi mente, una imagen: la floristería sin sus acordes de fondo, la casa en completo silencio, sin sus quejas por las plantas que invaden el salón, sin su maldita costumbre de dejar las tazas de café donde le viene en gana. Solo yo. Y el eco de mi propia voz.

No puedo.

—No —niego con rotundidad.

—¿Cómo que no?

—No voy a hacerle esto, Aina. No quiero quedarme la finca así.

—Pero... —empieza a decir

—Seamos sinceras —la corto—: no voy a traicionarlo. No así.

El silencio al otro lado de la línea pesa como una losa. Mi hermana no lo entiende. Quizá yo tampoco. Pero, por alguna razón, la idea de una vida sin Guillaume aquí me resulta insoportable.

Mi hermana vuelve a la carga con más papeles que debo buscar entre los cajones de su pequeño despacho improvisado al lado de la ventana de su habitación.

Amandine salta sobre la mesa y me observa con ojos curiosos mientras rebusco sin descanso entre facturas, cartas sin abrir y bolígrafos sin tinta.

Su ronroneo grave no parece que me esté dando ánimos para que encuentre lo que mi hermana está dictándome.

—Mónica, concéntrate —me espeta Aina desde el otro lado del teléfono—.

Necesitamos el certificado de residencia aquí en Valldemossa, el justificante del negocio y cualquier papel que acredite su empleo o algo por el estilo.

¿Está todo en un mismo archivador o Guillaume también lo tiene todo hecho un desastre?

—Está… —mi voz tiembla cuando intento abrir el último cajón que está atascado—. Bueno, ya sabes, él es… creativo.

—Un desastre, quieres decir. —Puedo imaginar a mi hermana rodando los ojos.

Resoplo, le doy un tirón fuerte al mueble y tras un chirrido metálico consigo abrirlo de golpe.

Un montón de carpetas con sellos franceses me caen sobre las piernas, además de papeles sueltos.

Algunas llevan la fecha de hace unos años, otras en cambio parecen más recientes.

Me inclino y las recojo una a una, pero el que está más arriba, con una inscripción en letra elegante, me llama la atención.

Es una citación a la notaría.

Pero no a una cualquiera, sino a la nuestra.

El corazón me bombea más rápido y el aire empieza a faltarme. ¿Qué coño es esto?

—¿Mónica? ¿Qué haces? —La voz de Aina suena impaciente.

—Espera —murmuro apenas soy consciente de que aún tengo el teléfono en la mano.

Dejo a un lado el papel y sigo revisando el resto. Hay una denuncia del Conservatorio Nacional de Música de París. Palabras como «conducta inapropiada», «suspensión indefinida» y «audiencia disciplinaria» saltan a mis ojos, pero el caos mental apenas me deja procesarlas.

Encuentro algo más.

Un certificado de matrimonio.

El nombre de Guillaume al lado de Sophie Beaumont.

La fecha… No hace tanto. Apenas cuatro años atrás. ¿Está casado?

No.

No puede ser. Otra vez.

No puedo estar pasando por esto.

El móvil resbala de mi oreja y cae al suelo con un golpe seco. Amandine da un salto asustada y sale disparada de la habitación.

Mi mente va a mil por hora, pero mi cuerpo está paralizado. Guillaume estuvo casado. No es solo el pasado de un joven músico con problemas. Es un hombre con secretos, con una vida que nunca mencionó.

Mi hermana sigue hablando a lo lejos desde el teléfono caído, pero ya no escucho su voz, ni el eco de los pájaros tras el cristal, ni nada.

Pero yo solo puedo quedarme ahí, con esos papeles en las manos, preguntándome cuántas capas más tiene Guillaume que nunca me atreví a descubrir.