La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

La noche más oscura

Guillaume

Para cuando llego a casa junto a Adrián y Aina, siento que me han exprimido hasta la última gota de energía de mi ser. El camino desde la comisaría ha sido un silencio incómodo interrumpido solo por comentarios sin sentido de Adrián que intentaba animarnos y bajar la tensión del momento.

—¿Sabes qué? —suelta de golpe encendiendo las luces del recibidor—. Esto ha sido como esa escena de Cadena perpetua , cuando Andy sale del túnel y levanta los brazos bajo la lluvia... pero sin túnel. Ni lluvia. Y más papeleo.

Aina suelta un resoplido y deja las llaves sobre la mesita poniendo los ojos en blanco.

—Si esto te parece Cadena perpetua , tú no durarías ni cinco minutos en una cárcel de verdad, mon ami —masculla ella quitándose la chaqueta.

—Perdona por intentar ponerle humor a la situación —refunfuña Adrián—. Además, Guillaume solo ha pasado unas horas ahí. No es como si fuese El expreso de medianoche .

La broma me arranca una sonrisa cansada, pero mis pensamientos están en otro lado.

Todo lo que quiero es hablar con Mónica.

Sé que ha venido a entregar los papeles.

He escuchado su voz a lo lejos mientras firmaba los últimos documentos, aunque no la he visto.

Y ahora, la casa está envuelta en una calma extraña que me pone los pelos de punta.

—Voy a la cocina —comenta Aina, dirigiéndose hacia allí con paso firme.

—Sí, y yo me encargo de no hacer bromas sobre películas de cárceles, prometido —añade Adrián siguiéndola.

No respondo. Me detengo en el pasillo y fijo la vista en la puerta de la habitación de Mónica. Está cerrada. La madera blanca parece más fría de lo normal. Alzo una mano y doy un par de golpes suaves.

—¿Mónica? —pregunto con un hilillo de voz por si está dormida.

Nada.

Aguardo unos segundos, los suficientes para que el latido en mi pecho se haga más evidente. Vuelvo a llamar, esta vez un poco más fuerte.

—¿Estás ahí?

Silencio.

Mis dedos resbalan sobre el pomo, pero no lo giro. Algo me dice que si cruzo esa puerta, no me va a gustar lo que encuentre al otro lado.

Por eso regreso a la cocina junto a Adrián y Aina y les comunico que Mónica está durmiendo. La casa sigue en esa calma extraña, como si la tormenta hubiese pasado pero la oscuridad se hubiese quedado a vivir en cada rincón. Adrián, con su humor de siempre, intenta quitarle hierro al asunto.

—Ya que no hay drama, ¡hora de hacer el post viral de tu estancia en la cárcel! —anuncia con una sonrisilla mientras teclea en su móvil.

Aina resopla, recargada contra la encimera con los brazos cruzados.

—No es para tanto —añade—. Una detención por exceso de volumen y un piano secuestrado. Guillaume, no eres el primer artista incomprendido. Además, esto puede arruinar las redes y la reputación.

Adrián se ríe por lo bajo.

—Ya, pero podría venderlo como un acto de rebeldía musical. La injusticia del sistema contra un pianista apasionado.

Sus palabras me arrancan una media sonrisa.

Por dentro, todo es un sinsentido de emociones.

Esto debería hablarlo con Mónica. Ella sabría cómo equilibrar lo serio con lo ligero, cómo convertir la situación en una anécdota divertida, sin cruzar la línea.

Pero no está aquí. Y aunque su puerta cerrada me dice que duerme, mi corazón sabe que hay algo más.

—En realidad, prefiero subir fotos del reencuentro con Adrián —confieso al final, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros.

Adrián arquea una ceja.

—¡Oh! El drama de la detención —hace un gesto con la mano como si se estuviese clavando una estaca en el pecho— pierde contra la nostalgia de la pandilla. Muy bien, Mozart. Me gusta.

Aina me escudriña con la mirada intentando descifrar qué es lo que me pasa por la cabeza. Aunque sea la hermana de Mónica, empieza a conocerme mejor que yo mismo. Así que niego con la cabeza para tranquilizarla.

—Sería buena idea —asiente—. Refuerzas la parte personal y emocional. La gente empatiza más con las historias reales, ya lo sabes.

Adrián se acerca y me pone una mano en el hombro.

—Venga, hagámoslo. Vamos a ese árbol. Al fin y al cabo, ahí empezó todo.

El árbol. El cementerio de los malos recuerdos. Nuestra tradición. Y en este momento caigo en un tema. Una de las cláusulas de la herencia era cumplir con una tradición y ese árbol lo es. Pero claro, al mismo tiempo estaría incumpliendo la octava, realizarlo con un tercero en lugar de Mónica.

Mi pecho se encoge un poco. Me froto la nuca y asiento sin pensar demasiado.

—Dame un minuto. Cojo el teléfono.

Mientras salgo de la cocina anotando en mi cabeza que eso deberíamos hacer los dos en algún momento y quitar ese punto de la list a de comprobación, noto cómo cada paso pesa más de lo normal.

Al pasar frente a la habitación de Mónica, la puerta sigue cerrada.

Vacilo, mi mano rozando el pomo, pero al final sigo adelante.

Mañana hablaré con ella. Es más, después de tanto pensar dentro de la celda y nuestra conversación tardía con Adrián, me lanzaré. Le montaré un buen aperitivo y le prepararé una «cita», por así decirlo. Aunque me tiemblen las palabras.