Guillaume
La eternidad del preso
Guillaume
En cuanto escucho el clic metálico de las rejas de hierro, estoy bien jodido. Y todavía no sé ni qué ha pasado.
La celda es más pequeña de lo que imaginaba.
Fría. Con un banco de cemento adosado a la pared y un olor denso a humedad y desinfectante barato.
Me siento como si alguien me hubiera vaciado por dentro, como si todo el ruido del mundo se hubiese condensado en este silencio sofocante.
Me siento como si todos los males de este universo fuesen culpa mía y todavía no hubiese salido del cascarón.
Y yo, aquí, esperando un interrogatorio por...
¿por qué exactamente? ¿Por tocar el piano?
El miedo me corroe las entrañas. No puedo evitarlo.
Pienso en la floristería. En cómo esto podría afectar al negocio de Mónica y a todo por lo que ha luchado durante años.
A la herencia. ¿Qué pasa si nos multan? ¿Si ponen una restricción legal?
¿Y si esto lo complica aún más y terminamos perdiéndolo todo?
Intento respirar, contar hasta diez como una vez me enseñó mi psicóloga, pero los números se me quedan estancados en alguna neurona que ha decidido cambiar el viaje y ahora me aprisiona contra el pecho.
Me dejo caer en el rincón más apartado de la puerta, abrazándome las rodillas contra el pecho.
Me hago un ovillo. Un ovillo de ansiedad, de pánico, de pura desesperación.
Las paredes parecen encogerse poco a poco a mi alrededor.
Cada grieta y cada sombra de la celda se me clavan como agujas y me recuerdan que las tormentas cada vez son más oscuras y que el sol solo brilla a cuentagotas.
Y entonces, vienen los pensamientos. Cayendo uno tras otro sin freno y dejándome sin aliento, vacío, sin alma.
La voz de mi padre. Rota, con esa calma gélida que siempre usaba cuando quería hacerme sentir como una mierda.
—Ya ves dónde te ha llevado tu cabezonería, Guillaume. No serás nunca nadie. Un pianista fracasado arrestado en un pueblo perdido. Bravo.
Se me revuelve el estómago y empiezo a sentir cómo la humedad me quema en la comisura de los ojos empujando por salir.
Luego, Sophie. Mi Sophie. Aparece en mi mente como un espejismo: el cabello negro recogido en una trenza floja, los labios pintados de rojo, los ojos oscuros llenos de ira y decepción. Me mira como si no me reconociera, como si fuera alguien a quien nunca debió amar.
—¿Así acabas, Guillaume? —parece decir—. Esta es la vida que elegiste después de mí, y mírate. Un error tras otro.
Aprieto los dientes. Me duele el pecho al mismo tiempo que una sensación irrefrenable de que me voy a desmayar me empieza a venir.
Y, por último, Mónica.
Mónica que sonríe, liberada. Mónica que arranca las teclas del piano una a una, tirándolas al suelo como si fuesen los pétalos de las flores marchitas. Mónica feliz porque al fin podrá quedarse con la herencia sin mí, sin la carga de mi música.
—¡Al fin! —la escucho vitorear—. Ahora podré transformar esta finca como yo quiera. Adiós, Guillaume. Adiós a tu piano.
Se va regocijando mientras rompe pieza a pieza, mientras aporrea con un martillo la madera lacada, mientras yo me hago añicos por no haber sabido expresarme desde el primer instante que la volví a ver.
Se me escapa un sollozo áspero que me quema por dentro. Ni siquiera sé si es por rabia, por miedo o por el puro agotamiento que me recorre. No puedo distinguirlo.
Mis dedos tamborilean sobre mis rodillas, buscando un ritmo, una melodía que pueda calmarme. Pero nada sale. Ni una sola nota. Solo el silencio.
Y el clic metálico de las rejas, recordándome que aquí estoy. Atrapado.
Y que no tengo ni idea de cómo salir.