La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Llamadas del pasado en el presente

Mónica

Con el zapato todavía en la mano y los nervios a flor de piel, escucho mi teléfono que empieza a sonar. La melodía del tono de llamada hace que se me escape un pequeño grito del susto. Para nada lo esperaba después de todo esto. Sofía, desde el suelo, entierra la cara en una almohada y gruñe:

—Apaga ese cacharro, por favor. Solo un rato más.

Ignorándola, sigo el rastro del sonido, que parece salir de todas partes a la vez. Mi cabeza aún da vueltas por la resaca y por el susto de hace un momento, pero por fin lo localizo: está dentro del cajón de la mesilla de noche del lado de mi amiga.

«¿Cómo demonios ha acabado ahí?», me pregunto agitando la cabeza y produciéndome más dolor por la resaca.

Lo saco con torpeza y miro la pantalla. Un número que no tengo registrado. Frunzo el ceño y cuelgo sin pensarlo demasiado.

Apenas pasan dos segundos cuando vuelve a sonar.

—¿Qué pasa? —resopla Sofía removiéndose.

Al ver el mismo número decido que esta vez lo cojo, más por frustración que por otra cosa.

—¿Sí? —pregunto con la voz todavía ronca.

—¿Mónica? —la voz al otro lado me resulta vagamente familiar, pero me cuesta ubicarla—. Soy Adrián.

Me quedo en silencio unos instantes, parpadeando. Adrián. ¿Nuestro Adrián? ¿Cuántos Adrianes conozco? ¿Será el chico que conocí ayer? Pero ¿le di mi número? ¿Se llamaba Adrián? ¿Cómo tiene mi número? Vuelvo a preguntarme.

—¿Adrián? —repito, confusa—. ¿Cómo has conseguido mi teléfono?

—Estaba en la nevera —parece acelerado, y no capto si está nervioso o enfadado—. Mónica, escucha, esto es importante.

¿En la nevera? No puede ser el chico de ayer porque el hotel no tiene minibar. Me masajeo la frente, pensando, y solo se me ocurre que sea nuestro Adrián, uno de los miembros de la tribu. Pero ¿cómo es que me llama y de dónde ha sacado el teléfono? ¿De qué nevera?

Me enderezo, sintiendo cómo la adrenalina vuelve a recorrerme las venas.

—¿Qué ha pasado? —Mi mente ya empieza a generar todo tipo de escenarios: desde una caída tonta hasta un gran cataclismo.

—Han arrestado a Guillaume.

Imposible. Adrián se había mudado a Madrid y, que yo sepa, Guillaume y él no tenían contacto.

—¿Qué? —es lo único que consigo decir.

—Está en el calabozo —continúa Adrián, con voz crispada—. Ayer regresé a Valldemossa, pero eso ya te lo contaré. Se ve que es por el tema del piano. Parece que los vecinos se han quejado varias veces y hoy la policía ha venido a precintarlo. Lo han esposado, Mónica. Se lo han llevado.

Mi corazón empieza a latir sin control. Me llevo una mano a la mejilla para saber si tengo fiebre y estoy delirando. Pero nada más lejos, así que me toca intentar asimilar lo que acabo de escuchar.

—Esto es una broma, ¿no? —musito, aunque sé que no lo es.

—Ojalá lo fuera —se rinde Adrián dejando escapar un suspiro—. Tenemos que hablar los cuatro otra vez.

—¿Los cuatro? —pregunto, desconcertada.

—Tú, yo, Sofía y Guillaume—aclara, y escucho un ruido de fondo, como si estuviera caminando por la calle—. Tenemos que solucionarlo. ¿Dónde estáis?

—En Soller —respondo intentando encajar todas las piezas del puzle.

Sigo sin procesar del todo lo que me acaba de soltar. Guillaume. En un calabozo. La policía. Los vecinos denunciándolo. Todo suena a una especie de pesadilla absurda. Y Adrián en el pueblo.

—Voy para allá —logro decir, aunque todavía estoy en pijama y la cabeza me late con un ritmo frenético.

—Date prisa —murmura él antes de colgar.

Me quedo mirando la pantalla apagada del móvil durante unos segundos mientras la habitación sigue medio en penumbra y Sofía ronca de nuevo desde el suelo. Entonces me doy cuenta de que todo ha salido peor de lo que esperaba antes de que grite a mi amiga:

—Guillaume está en el calabozo.

Sofía se incorpora de golpe.

Después de un par de analgésicos y un cruasán que me he comido mientras hacía las maletas, por fin nos metemos en el coche camino a casa.

El sol de media mañana es una puñalada directa a mi dolor de cabeza y cada vez que Sofía pisa el acelerador con más ímpetu del necesario, mi estómago da una voltereta.

—¿Recuerdas qué pasó anoche? —le pregunto, a ver si ella tiene más memoria que yo.

Sofía sigue conduciendo, con las gafas de sol enormes cubriéndole media cara y el pelo aún enredado. Apenas nos ha dado tiempo para una ducha rápida y hacer el equipaje a trompicones. Solo resopla.

—Mmm... Bailamos mucho... —masculla—. ¿Había un DJ o era todo una playlist infinita?

— Playlist , Sofi. Eso es lo que te preocupa ahora mismo. —Me paso una mano por la frente sin saber si estoy más nerviosa que confusa o es justo al revés—. Te encontré tirada en el suelo de la habitación medio desnuda y había alguien en la ducha que resultó no existir.

Sofía frunce el ceño y se muerde el labio, intentando atar cabos.

—¿Estás insinuando que me drogaron? Porque solo recuerdo los chupitos, nada más.

—Eso es lo que me preocupa, que no recordamos nada más. —El silencio que sigue se me hace incómodo de narices.

Solo es interrumpido por el rugido del motor mientras salimos a la carretera principal.

Intento dejarla descansar, porque cuando está de mal humor es mejor no decirle gran cosa ni presionarla, pero mi mente sigue a mil por hora.

No sé si es la resaca o el hecho de que Guillaume está en el calabozo y todo lo que rodea a esa información sigue sonando como un mal chiste.

Saco el móvil y, sin pensarlo mucho más, llamo a mi hermana.

—Aina, necesito que vengas a Valldemossa. Ya. —Mi voz suena más tajante de lo que pretendía, pero me importa una mierda.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —responde al instante, con ese tono serio y protector que tiene desde siempre.

—No lo sé, todo es un desastre. Guillaume está en comisaría, acusado de violar no sé cuántas leyes absurdas sobre ruido.

Adrián me ha llamado desde su teléfono, ni siquiera sé cómo consiguió mi número y Sofía...

Bueno, digamos que nuestra escapada no ha sido muy relajante que digamos.

—Respiro hondo—. Por favor, ven. Necesito a alguien con la cabeza más clara que la mía.

Aina no duda ni un segundo.

—Salgo en cuanto pueda. Estoy en la oficina, pero lo arreglo todo y en dos horas estoy allí. Aguanta.

Cuelgo y dejo caer el móvil sobre mi regazo. Sofía me lanza una mirada rápida.

—¿Le has contado lo de la ducha vacía?

—No —respondo—. Ni pienso hacerlo. ¿Acaso no has oído la conversación?

Si ella se puede permitir ser borde en estos momentos, yo también. Sofía asiente y vuelve a centrarse en la carretera. El resto del viaje transcurre entre silencios incómodos, música baja y pensamientos que no dejan de arremolinarse en mi cabeza como un enjambre de abejas.

La única certeza que tengo ahora mismo es que esta pesadilla acaba de empezar.