Guillaume
Mañanas entre colegas
Guillaume
Antes de abrir la floristería, me siento frente al piano y dejo que mis dedos encuentren las teclas por puro instinto.
El sonido suave y delicado de las notas llenando la estancia me da una calma que pocas veces siento pero que después de la noticia de ayer necesito más que nunca.
La mañana está en silencio, salvo por el suave crujido de la madera vieja bajo el taburete cada vez que me muevo.
La luz dorada del amanecer entra por la ventana de la trastienda y tiñe las paredes de un tono cálido.
Pero no dura mucho.
—¿De verdad tenías que dar el concierto ahora? —gruñe Adrián mientras baja por las escaleras, con la voz rasposa y los pelos más revueltos que una maraña de raíces.
Amandine suelta un bufido cuando dejo de tocar que me hace gracia. Al menos alguien aprecia de verdad mi arte.
Me sobresalto un poco al escuchar a mi viejo amigo. Casi me había olvidado de que decidió quedarse anoche y que lo dejé tumbado en el viejo sofá del salón.
—¿Qué quieres? La inspiración no entiende de horarios —bromeo dejando que una escala fluya como colofón de la frase.
Adrián se sienta a mi lado en la banqueta mientras se frota los ojos.
—Esto me recuerda a tu último concierto en Madrid.
Paro en seco y giro la cabeza para mirarlo.
—¿Estuviste allí?
—Por supuesto. —Bosteza—. No iba a perderme el espectáculo de ver a la estrella del piano en acción.
La confesión me golpea con fuerza en el centro del alma. Siento una mezcla extraña de emoción y tristeza al saber que estuvo allí, callado entre el público, mientras yo creía que estaba entre desconocidos.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Adrián encoge los hombros.
—Que hiciese años que no nos viéramos no implica que no siga a mis amigos en redes. Te juro que aplaudí hasta que me dolieron las manos.
Una parte de mí quiere enfadarse por no haber sabido nada, pero la otra solo siente gratitud. Un nudo me aprieta la garganta, así que en lugar de responder, acaricio las teclas y dejo que hablen por mí.
—¿Te acuerdas de esta? —pregunto mientras toco las primeras notas de una pieza de antaño que solíamos improvisar de adolescentes.
Adrián sonríe.
—Claro que sí. El vals de los perdedores , ¿no?. —Se sienta a mi lado y con movimientos torpes al principio, empieza a tocar las notas de la mano izquierda mientras yo llevo la melodía.
La risa nos brota entre acordes, cada fallo convertido en una carcajada hasta que, poco a poco, encontramos el ritmo de siempre. Como si el tiempo no hubiera pasado.
El momento es perfecto hasta que alguien golpea la puerta con fuerza.
—¡Abra la puerta! ¡Policía!
La voz hace que nos sumamos en un silencio incómodo y ambos nos quedamos petrificados. Las notas del piano mueren en el aire. Los dos nos miramos con los ojos como platos.
—¿Policía? —susurra Adrián.
Yo solo trago saliva, incapaz de responder.
Abro la puerta y lo primero que veo es una furgoneta de la policía aparcada justo delante de la floristería.
Un par de agentes se bajan con el gesto serio, acompañados por un hombre vestido de calle con un cinturón de herramientas y un montón de artilugios colgando de las manos: cinta adhesiva, alicates, destornilladores.
El corazón me da un vuelco y mi rostro pierde un par de tonos al igual que se me restan un par de años de vida.
—Buenos días, ¿el señor Guillaume Moreau? —pregunta el agente más alto.
—Sí, soy yo —respondo, notando cómo la voz me sale más grave de lo habitual.
—Después de varias advertencias formales y quejas vecinales por contaminación acústica, lamentamos informarle que ha sido denunciado y, tras la correspondiente tramitación, nos vemos obligados a proceder a su arresto —anuncia sin titubear, como si estuviera leyendo un manual de instrucciones o recitando la lección de la escuela.
—¿Arresto? —repito incrédulo—. Aquí debe haber algún error. Nadie ha venido quejándose de nada.
Siento la risa histérica a punto de salir pero, por suerte, queda atrapada en mi garganta. Adrián, que hasta ese momento había permanecido a un par de pasos detrás de mí, se adelanta.
—¿Cómo que arresto? Solo estaba tocando el piano, ¡por el amor de Dios! —exclama mirando a los agentes para confirmar que esto sea una broma o algo por el estilo.
—Han sido reiteradas las denuncias. Al parecer, los vecinos han alegado que los ensayos han superado el límite permitido tanto en horario como en volumen —explica el segundo agente mientras el hombre de las herramientas entra en la tienda.
No hemos recibido ningún aviso, que yo sepa, a menos que Mónica me lo intentase…
En ese momento caigo en la pila de cartas por abrir que tenemos al lado del ordenador de la tienda. ¡Mierda!
—¿Y usted quién es? —pregunto, mirando cómo empieza a sacar cinta adhesiva y a medir el piano.
—Soy técnico judicial. He venido a precintar el instrumento musical como parte de las medidas cautelares —responde sin mirarme siquiera.
La palabra «precintar» me golpea como una bofetada. Mi piano no lo toca nadie, no a menos que sea bajo mi cadáver.
—Esto tiene que ser un error —digo, aunque mi voz ahora suena más débil—. No toco tan fuerte... No puede ser…
Me zafo del agente y corro hasta llegar al piano antes que el «técnico». Pero es imposible. El agente que me tenía cogido me atrapa. Intento forcejear, librarme, buscar un consuelo, pero la fuerza que ejerce sobre mí es mayor y caigo al suelo de rodillas, impotente.
Todo mi mundo se derrumba sin poder hacer nada. Por mucho que forcejee, los dedos del agente se hunden más en mí hasta que el primero que ha entrado ya está sacando las esposas.
—¿Puede darme sus muñecas, por favor?
—¿En serio? —suelto, aturdido—. ¿De verdad es necesario?
Un nerviosismo histérico hace que la vena que cruza mi cuello de arriba a abajo se ponga a palpitar de manera alarmante.
Un sudor frío al ver toda esta locura hace que mi cabeza no pueda parar de enumerar todos y cada uno de los momentos en los que he tocado el piano y nadie haya venido nunca a quejarse.
—Es el procedimiento estándar.
Antes de que pueda decir nada más, siento el frío del metal rodeándome las muñecas. Un escalofrío me recorre la columna vertebral. Mónica. Debo decirle lo que está pasando.
—Adrián —grito volviéndome hacia él mientras trato de mantener la calma—, llama a Mónica. Su número está en la nevera, el imán rojo. Díselo, por favor.
Adrián asiente, con los ojos tan abiertos como los míos.
—Lo haré. Te sacaré de esta, tío —promete.
Mientras me guían hacia el coche patrulla, veo que algunos vecinos se han asomado a las ventanas o están en las puertas de sus casas, murmurando entre ellos.
Siento sus miradas clavándose como dagas en mi espalda.
La sensación de vergüenza me abruma y por un instante espero que nadie haya grabado esto y lo cuelguen en las redes.
No podría soportar otro escándalo y menos si este salpica a Mónica.
Me suben al coche y, justo antes de que la puerta se cierre, alcanzo a ver cómo el técnico judicial comienza a colocar una gruesa cinta roja alrededor de mi piano, como si fuera una escena del crimen.
La puerta se cierra y lo único que puedo hacer es dejarme llevar.