Mónica
Sábado de resaca y mal humor
Mónica
Me levanto con un dolor de cabeza horrible y unas ganas terribles de olvidar la noche de ayer.
Todo a mi alrededor gira un poco más de lo que debería, y el sol de media mañana entra como una explosión de excesiva luz por las rendijas de las cortinas.
Parpadeo, intentando aclarar las ideas, pero lo único que consigo es que los recuerdos de anoche se arremolinen en mi cabeza, confusos, fugaces, como destellos de neón en mitad de la oscuridad. Y miedo me da ponerme a hacer memoria.
Recuerdo las risas estridentes de Sofía, los vasos alineados en la barra, cada uno de un color y brillo más intenso que el anterior.
Un chupito tras otro. Los flashes de la discoteca: luces moradas, rojas, azules, destellos cegadores al ritmo de la música.
Música que recuerdo que estaba demasiado alta para mi gusto.
Puedo verme a mí misma bailando, moviéndome con una soltura que ni sabía que tenía.
Las manos de Sofía alzadas, girando sobre sí misma, el cabello pegándosele a la frente por el sudor.
Una canción tras otra. Mis caderas siguiendo el ritmo, una voz grave diciéndome algo al oído, una risa, el roce de unas manos en mi cintura…
El móvil no paraba de sonar. Ignoré todas las llamadas de Guillaume. Fotos. Flashes que me cegaban. Mi amiga no paraba de decir que él me juraría su amor eterno.
Intento tragar saliva, pero me es imposible. Tengo la garganta demasiado seca y áspera. ¿Cuánto bebí?
Me llevo una mano a la frente y me masajeo las sienes.
El eco de la música sigue golpeando dentro de mi cabeza.
Las imágenes vuelven como ráfagas: un chico con una camisa abierta hasta el pecho, sus dedos rozándome el brazo cuando pasé a su lado; el suelo pegajoso bajo mis tacones; Sofía gritándome que esto era justo lo que necesitábamos; mi propio reflejo en el espejo del baño, con el rímel un poco corrido pero una sonrisa tonta pintada en los labios.
El silencio de la habitación ahora es abrumador.
Trato de incorporarme, pero cada músculo de mi cuerpo se queja. Me siento extraña, ni siquiera me encuentro bien. La sábana ligera resbala un poco y me aferro a ella por instinto y en ese instante me doy cuenta de algo. Mi corazón late más deprisa.
Respiro hondo, queriendo olvidar, pero un hormigueo me sube por la espalda. Con los dedos temblorosos, levanto la sábana hasta apartarla del todo.
Estoy desnuda.
Doy un vistazo rápido a la habitación y el aire deja de entrar en mis pulmones. El vestido de anoche cuelga del pomo de la puerta del lavabo, arrugado, mal colocado, como si lo hubiera tirado sin cuidado alguno. Me arde la cabeza y un latido constante retumba con cada pensamiento.
Y entonces lo veo.
Una pierna. Desnuda. Asomando desde los pies de la cama.
Todas las emociones y remordimientos de no saber qué hice ayer me reconcomen por dentro. Las sábanas a mi lado están revueltas, con las marcas evidentes de un cuerpo que ha estado ahí hasta no hace mucho. Y al fondo, el sonido del agua corriendo. La ducha está encendida. Alguien está dentro.
—¡ Ay, virgen santa ! —susurro con voz rota.
Me tapo con rapidez con lo primero que pillo: la camiseta que llevaba ayer. El corazón me sigue palpitando con fuerza y me cuesta pensar con claridad.
«No... no puede ser... No puede ser... ¿Qué he hecho?», me repito una y mil veces en la cabeza mientras me revuelvo el pelo para intentar saber cómo llegué ayer a nuestra habitación.
La pierna sigue ahí. Inmóvil.
Me armo de valor y avanzo, estirando la camiseta para que me cubra el culo como mínimo. Cuando rodeo la cama, la sangre casi se me hiela: es Sofía.
Mi amiga está tirada en el suelo, dormida como un tronco. Lleva puesto solo el sujetador y una falda que se le ha subido hasta las caderas.
—Sofía —susurro, zarandeándola un poco con el pie.
Emite un gruñido que no logro entender y se da la vuelta provocando que la pierna se le caiga de encima de la cama y se queje entre sueños.
El agua sigue corriendo en el baño.
—Entonces, ¿quién coño está en la ducha? —murmuro sin entender nada.
Siento un nudo en la garganta, las palmas de las manos me sudan. La resaca se mezcla con un miedo irracional que me hace temblar. No entiendo nada. Recuerdo el desfase, recuerdo la música, pero no recuerdo nada más.
Apresurándome, echo un vistazo a mi alrededor en busca de algún objeto que pueda usar para defenderme. En vista de no encontrar nada que me convenza, uso lo que tengo más a mano. Un zapato de tacón. Lo agarro con fuerza, como si fuera un arma letal, y avanzo hacia la puerta del baño.
—Seas quien seas —intento que la voz no me tiemble demasiado—, que sepas que tengo un arma y sé cómo usarla.
Me detengo un par de segundos ante la puerta, pero el agua no cesa.
—Muy bien. Tú lo has querido —levanto un poco más el tono—. Voy a entrar. Uno, dos…
Mi respiración es un desastre cuando retiro mi vestido para lanzarlo sobre la cama y poner la mano en el pomo.
—...tres.
Abro la puerta de golpe.
La ducha está encendida, el vapor empaña el espejo y las paredes están cubiertas de gotitas de agua... pero no hay nadie.
El baño está vacío.