Guillaume
Una cita conmigo
Guillaume
Después de una larga jornada de flores y ensayos de piano, cierro la tienda. El silencio me envuelve, pero no me hace sentir cómodo conmigo. Las luces de fuera parpadean dos veces antes de apagarse y prometo revisarlas mañana antes de que peten o se incendie todo.
El eco de mis pasos resuena en el suelo de madera mientras recojo mi mochila con el pequeño picnic que me he preparado: un tupper con tortilla, un poco de pan y una botella de agua. Sencillo. Funcional. Intentando que mi cabeza funcione de la misma manera, aunque sin mucho éxito.
Antes de salir, reviso el móvil una vez más.
Vigésima vez en el día. Las historias de Mónica están ahí, alineadas como pequeños testigos de que está cumpliendo con todas y cada una de las gilipolleces que le dije antes de que se subiera al coche.
La cuenta atrás de las 47 horas, la foto del paisaje desde la carretera, el balcón del hotel, las risas con Sofía junto a un mojito sin alcohol. Todo registrado a la perfección.
—No me extraña que seas influencer —mascullo, aunque me arde la garganta al decirlo.
El nudo en el estómago sigue ahí, apretando cada vez que la veo sonreír en esas fotos. Como si el hecho de que esté feliz sin mí fuera una amenaza. Es absurdo. Es patético. Pero no puedo evitarlo.
Así que decido hacer lo único que me queda para encontrar paz mental: ir al árbol.
Nuestro viejo refugio, el cementerio de los malos recuerdos.
Un roble enorme a las afueras de Valldemossa donde solíamos reunirnos de adolescentes a hablar de lo que sería el futuro, a planear vidas que nunca sucedieron, a llorar amores que jamás tuvimos.
El camino es largo y la brisa de la tarde arrastra hojas secas a mis pies.
Intento concentrarme en el próximo concierto.
En los arreglos que quiero hacer en la cocina de la finca.
En la idea de ampliar el negocio para vender algunas plantas en línea, como sugirió Mónica.
Pero ella vuelve a invadirlo todo, como una nota sostenida que nunca acaba.
Mónica en la carretera, Mónica en el hotel, Mónica riendo. Mónica.
—Céntrate, Guillaume —me regaño a mí mismo.
Sin ser consciente, apresuro el paso mientras las últimas casas del pueblo se despiden de mí y me doy cuenta de que he perdido la cordura.
¿Debería decirle todo este barullo de sentimientos a Mónica?
¿O mejor lo hablo con Sofía? No lo sé, no sé nada en absoluto salvo que no tengo amigos con quienes ahogar mis penas, y ahora necesitaría alguno.
La silueta del roble aparece recortada contra el horizonte. Las ramas parecen más pesadas con las primeras hojas del otoño prematuro de este año. Es un sitio solitario, ideal para despejar la mente.
A pocos metros del árbol, veo algo que no esperaba. La figura de un hombre que se me ha adelantado. Me acerco cauteloso cuando de repente siento como si el universo me hubiese escuchado.
Adrián.
Está sentado con la espalda apoyada contra el tronco, las piernas dobladas y el rostro hundido entre las manos. Al principio creo que está dormido o borracho, pero no. Está llorando. Mi compañero de travesuras de mis veranos aquí.
El mismo Adrián que tenía entendido que vivía en Madrid, el que dejó el pueblo para trabajar en una gran empresa. El que siempre parecía tener una sonrisa fácil y un plan mejor que el anterior. Ahora, está aquí, en el viejo árbol, como si el tiempo no hubiera pasado.
Me quedo quieto, incapaz de moverme, intentando buscar las palabras perfectas.
—Tronco, ¿me sujetas la bici, que voy a por chicles?
La voz de Adrián me pilla desprevenido. El cielo está anaranjado con un fino arco de sol tras el horizonte, y ahí está él, sentado en el lugar donde menos me habría imaginado.
Su cabello está más corto que la última vez que lo vi, las gafas le resbalan por la nariz y tiene esa sonrisilla a medias entre burla y nostalgia.
—Pero que sean de fresa y regaliz —respondo intentando recordar viejos tiempos.
—Eso sigue siendo asqueroso —se ríe, y por un segundo parece que nada ha cambiado.
Pero ahora todo es diferente. Lo noto en sus ojos hinchados, en la forma en que sus dedos tamborilean sobre la tapa de un bote de metal que descansa a su lado. Me acerco dejando mi pequeño picnic olvidado junto a mis pies.
—Cuánto tiempo, tío —comento sentándome a su lado.
—Demasiado —dice pasándose el reverso de la mano para limpiarse las lágrimas.
Por unos segundos no sé si preguntar por su estado, por la vida en general o por qué. El buen rollo de antaño no está, aunque él siempre será mi mejor amigo, así que opto por algo que hubiese hecho hace quince años. Le paso un brazo por encima de los hombros.
—¿Va todo bien?
La pregunta es absurda. Por supuesto que no está bien. Se pasa una mano por el rostro, limpiándose las mejillas húmedas, y suelta una risa amarga.
—Jordi ha muerto —suelta, sin rodeos, como si esas palabras le pesaran demasiado como para disfrazarlas.
Sus palabras me dejan en shock . El suelo se abre bajo mis pies. Jordi, el gracioso del grupo, el que siempre nos hacía reír con sus imitaciones y tenía ese sueño imposible de abrir un café-teatro en el centro del pueblo. Jordi ha muerto, me repito para cerciorarme.
—¿Cómo? —balbuceo.
—Leucemia —responde Adrián, mirando al frente, como si al no encontrarse con mi mirada pudiera sostenerse mejor—. Hace un año se lo diagnosticaron. Fue rápido... Demasiado rápido.
El aire pesa. El roble que solía ser nuestro refugio en las tardes de verano parece ahora una triste sombra del pasado. Y cobra sentido su nombre una vez más.
—Adrián, lo siento mucho —logro decir después de procesar toda la información.
Es lo único que se me ocurre, porque nada puede llenar ese vacío que ahora me pesa en el pecho. Hace mil que no sabía nada de él, al igual que de Mónica y Sofía cuando puse un pie en este lugar. Pero, joder. Son mis amigos. Eran mis amigos. Adrián asiente, tragando saliva.
—Nos reencontramos hace unos años. En un bar, de casualidad. Terminamos saliendo y nos casamos —su voz se quiebra un poco al enseñarme la alianza que todavía lleva puesta—. Fue la mejor época de mi vida, Guillaume.
Mi mente intenta procesar la información. Pienso en el chico risueño y revoltoso que fue Jordi, y en cómo nunca me había imaginado esta parte de su historia.
—Quise reunir a la pandilla cuando le dieron el diagnóstico —continúa Adrián—, pero no era buena idea. Después de que tú te marcharas, el verano siguiente todo se desmoronó. El grupo ya no era el mismo. Yo seguía viendo a las chicas porque vivía aquí, pero...
Deja la frase en el aire y yo asiento. Lo entiendo.
Todo cambió cuando me fui y ahora lo veo con más claridad que nunca.
Después de estos meses junto a las chicas y ahora esto, me doy cuenta de lo equivocado que estaba al irme.
De todo lo que me he perdido y que, ahora, algunas cosas jamás volverán a ser como antes.
El silencio entre nosotros se vuelve más pesado. No sé qué decir, no sé qué pensar. Unos minutos después o quizás media hora, Adrián coge el bote de metal y lo observa con las manos temblorosas.
—Jordi quería que sus cenizas descansaran aquí —murmura con una voz que apenas logro escuchar—. Este sitio significó mucho para él. Para nosotros.
Mis ojos se clavan en el bote, en ese contenedor que guarda lo que queda de Jordi, pero también en la manera en que Adrián lo sostiene, como si al soltarlo, volviera a perderlo.
—¿Siguen las chicas por aquí? —me pregunta.
—Ya te digo yo que sí —resoplo mientras se me escapa una sonrisa.
—¿Terminasteis juntos Mónica y tú?
Suspiro mientras cojo mi picnic improvisado y lo pongo entre los dos.
—¿Tienes tiempo para un viejo amigo?