La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Día de relax y chicas

Mónica

Cuando después de cenar subimos a la habitación a ponernos los modelitos de fiesta, no puedo evitar sonreír de felicidad.

La brisa cálida del final del verano se cuela por la ventana, mezclándose con la música suave que Sofía ha puesto desde su móvil.

Ha escogido un vestido corto, rojo, que resalta su piel bronceada, mientras yo opto por uno más sencillo, negro, que me hace sentir cómoda pero lista para cualquier locura nocturna.

—Voy a la ducha —anuncia Sofía, desapareciendo tras la puerta del baño mientras tararea una canción—. Vete pensando en cambiar ese modelito por el dorado que te he dejado en la silla.

—Ni de coña voy a ponerme eso —replico echando un vistazo a ese trozo de tela tan enano que apenas cubre del todo mi trasero.

Me dejo caer sobre la cama, todavía saboreando el virgin mojito que tomamos junto a la piscina del hotel. Ha sido un día perfecto: carretera, risas, chapuzones improvisados y planes sin ataduras. No he podido evitar subir una historia desde la tumbona con el texto:

«Me he fugado, pero máximo 47h, si no chao herencia».

A Sofía casi se le cae el cóctel de la risa.

Durante el viaje, mi amiga me ha contado que su «medio» novia, la influencer coreana, regresa en un par de semanas y que esta vez parece que viene para quedarse.

Hay una chispa en sus ojos, una felicidad pura que me hace apretarle la mano y desearle, sin decirlo, que todo le salga bien.

Es imposible no contagiarse de su entusiasmo.

—Y tú ¿qué? —me pregunta, a voz en grito, desde la ducha con la voz amortiguada por el agua—. ¿Cómo va la vida de matrimonio a la fuerza con Guillaume?

Suelto una carcajada.

—Para mi sorpresa, bien —suelto poniéndome en pie—. Demasiado bien —susurro antes de entrar en el cuarto de baño para hablar con ella—. Él lleva la cuenta de las ventas como si fuese un robot suizo, yo mantengo vivas las plantas y juntos no hemos incendiado la casa... aún.

—Eso suena muy idílico.

—Suena a convivencia funcional —decreto mientras me siento en la taza del váter y me agarro las piernas con las manos.

—Suena a que estáis a un paso de poner un calendario familiar en la nevera.

Pongo los ojos en blanco, pero la sonrisa no se me borra de la cara.

La realidad es que, aunque esta situación haya sido impuesta, hay una extraña armonía en lo que Guillaume y yo hemos construido.

Una rutina hecha de cafés matutinos que compartimos en silencio, discusiones sobre música mientras regamos las plantas y alguna que otra mirada cómplice cuando algo se nos escapa de las manos.

Cuando Sofía sale de la bañera envuelta en vapor y olor a coco, yo estoy terminando de pintarme los labios. Me observa con una ceja arqueada.

—Dime la verdad, Mónica, ¿no hay ni una chispa entre tú y Guillaume?

—¡Ni una! —respondo demasiado rápido para mi gusto.

—Uh-huh. —Su sonrisa ladeada me advierte de que no me cree en absoluto—. Porque, si no hay chispa, ¿por qué te pones tan nerviosa cada vez que hablas de él?

—No me pongo nerviosa.

—Estás repitiendo el delineado por tercera vez.

Suelto el lápiz de inmediato y cruzo los brazos.

—Guillaume solo quiere que me divierta. De hecho, me insistió para que saliéramos de fiesta esta noche.

Sus ojos reflejados en el espejo se abren de par en par.

—¿En serio? ¿Él, que parece el protagonista de una novela clásica tocando el piano con el ceño fruncido?

—¡Sí! Me dijo que necesitaba un fin de semana de chicas y que me despejara.

Sofía da una vuelta sobre sí misma, evaluando su reflejo, y luego me lanza una mirada calculadora.

—Tengo un plan.

—¡No!

Asiente con la cabeza, me coge de los hombros y me gira hasta quedarnos frente a frente.

—¡Sí! Vamos a salir, bailar hasta el amanecer y vamos a subir historias a cada segundo. Nada comprometedor, solo lo suficiente para que Guillaume vea lo bien que te lo estás pasando.

—Eso es cruel. —Hago una pausa para bajar la mirada unos segundos antes de añadir—. Además de que eso no demuestra nada.

—Eso es ciencia social. Y el domingo por la noche ya verás sus efectos.

Entre risas, terminamos de arreglarnos. La noche promete ser una aventura, pero en el fondo de mi mente, una pequeña voz se pregunta cómo reaccionará Guillaume cuando vea esas historias.

No porque quiera provocarlo, sino porque, por alguna razón que aún desconozco, su opinión me importa más de lo que debería.