Guillaume
Un fin de semana solo
Guillaume
Ayudo a Mónica a bajar la maleta enorme que se lleva para pasar un fin de semana fuera. Cuando la cojo por el asa, me doy cuenta de que se ha llevado, como mínimo, medio armario. Pesa como una tonelada.
—¿Estás segura de que te vas dos días y no dos meses? —resoplo mientras me tambaleo un poco cuando pongo el pie en el primer escalón.
Mónica, por supuesto, no pierde el tiempo y me saca una foto justo en el momento en el que estoy haciendo una mueca extraña por el esfuerzo.
—¡Esa va directa al feed ! —canta con esa sonrisa traviesa que ya me conozco demasiado bien.
—Ni se te ocurra subirla a redes, Mónica. Lo digo en serio.
El «pling» de notificación en mi móvil me confirma lo que ya sospechaba.
Ella está ahogándose de la risa mientras yo saco el teléfono y veo el vídeo: «Cuando tu compañero de finca cree que te vas de expedición al Everest, pero solo te escapas un finde con tu mejor amiga».
Hay un GIF de un alpinista encaramándose a una montaña de fondo.
—Eres imposible.
Intento mantener la seriedad, pero acabo riéndome también.
Por raro que parezca, ya me he acostumbrado a esa rutina suya de ir documentando todo lo que sucede.
Al principio me ponía de los nervios. Cada gesto, cada situación, con toda seguridad podía acabar en redes sociales.
Pero ahora... no sé. Tiene ese punto divertido.
Mientras termino de concentrarme en bajar la tortuosa escalera recuerdo como un par de semanas atrás, yo mismo subí un vídeo de uno de mis ensayos para el próximo concierto.
La mejor parte fue que, de fondo, sin que me diera cuenta, aparecía Mónica con una toalla enredada en el cuerpo, después de una ducha, hablando y gesticulando de manera exagerada por teléfono.
¡Los comentarios fueron una locura! «La musa aparece en su estado más puro», «La diva del piano y su misteriosa acompañante», «¿Se puede pedir más arte en un solo vídeo?». Cuando Mónica lo vio, me lanzó un cojín directo a la cara entre carcajadas.
—¿Por qué lo subiste, Guillaume? —preguntó, intentando sonar indignada, pero sin dejar de reírse.
—No me di cuenta de que estabas ahí —me defendí, aunque en seguida empecé a reírme—. Es lo justo. ¡Ojo por ojo, historia por historia!
Trastadas de estas nos hemos estado haciendo casi todo el verano y confieso que es mucho mejor esto que entierren las cuerdas de mi piano otra vez.
Ahora, mientras coloco la maleta en el coche, ella revisa una lista en su móvil.
—Sofía dice que está pensando en reservar un brunch para mañana en Sóller. ¡Te podrías venir, Guillaume!
—¿Y convertirme en el sujetavelas de vuestro fin de semana de chicas? Ni de coña. —Me limpio las manos en los vaqueros—. Os merecéis un tiempo para vosotras. Pero ¿has pensado en salir de fiesta? Lo digo en serio. Comprad algo bonito, arreglaos y salid a bailar.
Aún no han terminado de formarse mis palabras de entre mis labios que ella se cruza de brazos y levanta una ceja con una media sonrisa pícara en los labios.
—¿Quieres deshacerte de mí o qué?
—No. —Sonrío—. Solo quiero que te diviertas. Yo cuidaré de la tienda y de la finca.
—¿Entonces estás intentando que me eche un novio? No te tenía yo como una Celestina.
Me ahogo en mi propia saliva y me pongo a toser.
—¿Qué? Nooo yo solo… —se me traban las palabras.
—Sí, sí lo que tú digas —canturrea abriendo la puerta del conductor para dejar el bolso.
Carraspeo un poco antes de intentar excusarme.
—Solo digo que te lo pases bien y que te olvides de todo.
Mónica me escruta, como si estuviera evaluando cuán en serio hablo.
—¡Ni hablar! Como mucho en cuarenta y siete horas estaré de vuelta. No pienso dejarte solo aquí tanto tiempo.
—Pero…
—Nada de peros. Esta herencia va a ser tan tuya como mía. —Mueve un dedo para hacerse la importante—. Cuarenta y siete horas, ni una más ni una menos.
Nos echamos a reír y, por un momento, el peso del mundo parece desaparecer sobre mis hombros.
Ella cierra el coche y yo la observo mientras charla con Sofía por el altavoz del teléfono, organizando lo que parece un fin de semana legendario.
Aunque me quedo aquí, en la finca, siento que de alguna manera estoy formando parte de esa aventura también.
Una pequeña parte de mí, por una vez, le tiene envidia a Sofía.
Unas cuantas horas después de que Mónica se haya ido, me quedo atrapado en la conversación que hemos tenido antes de que partiera, y que tal vez acabaría ligando como una loca.
«Un fin de semana de chicas», lo llamó, entre risas, mientras cerraba la tapa del maletero.
En su momento, me reí con ella, hice alguna broma sobre no olvidarse de la finca, pero ahora, en el silencio de la tienda, la idea me carcome.
El sol de la tarde entra cansado por las ventanas y me encuentro enredando los dedos entre los tallos de las rosas recién entregadas, casi sin mirar.
Una espina se clava en el costado de mi pulgar.
Suelto un leve quejido y me llevo la mano a la boca, chupando la gota de sangre.
Pero el dolor físico apenas distrae mis pensamientos.
La veo con claridad, como si la estuviera mirando ahora mismo: Mónica, con el pelo suelto, con esa risa suya que parece llenar cada rincón de la habitación, bailando con un desconocido.
¿Sería un tipo alto? ¿Alguien con barba desaliñada?
¿Un fotógrafo bohemio que le hablaría de arte contemporáneo mientras ella juega con el borde de su vaso?
¿O el típico empotrador con pose de malote por el que todas pierden la cabeza?
La imagino moviendo las caderas, sus labios rojos curvándose con picardía, mientras una mano masculina le roza la cintura. Me pongo enfermo.
—¿Todo bien, hijo? —la voz de doña Fina me arranca del agujero de mis pensamientos.
Me giro al instante y parpadeo con rapidez para quitarme esas imágenes de la cabeza. La señora está arreglando un ramo para una clienta y me mira con una mezcla de diversión y curiosidad.
—Sí, sí, claro —respondo con una risa forzada—. Solo estaba… pensando.
—Ajá. Pues pareces en Babia —canturrea con su voz rasposa—. Y tienes cosas que hacer.
Que me regañen a mi edad, más que tomármelo como un castigo de mamá, me hace sentirme como en casa.
—Voy —respondo mientras acabo de hacer un par de arreglos florales que no terminan de hacer el peso.
Cuando la clienta se va, doña Fina me escudriña con la mirada desde el otro extremo de la puerta. Yo intento hacer como si nada y me pongo a recoger los tallos del mostrador para tirarlos a la basura.
—No será por Mónica, ¿verdad? —su tono travieso me hace apretar más fuerte el tallo cortado de una rosa.
Aunque su pregunta es de lo más cotilla, no podría haber escogido un mejor momento: justo cuando una clienta, una mujer de unos cincuenta años con gafas enormes, sonríe al entrar tras escuchar el comentario y finge examinar una planta de lavanda.
—¿Mónica? —intento sonar despreocupado—. No, para nada.
—Ay, claro que no. Seguro que ni te has dado cuenta de que se ha ido, ¿verdad? —Doña Fina le guiña un ojo a la clienta y ambas se ríen con esa complicidad que solo tienen las mujeres mayores cuando huelen el rastro del drama sentimental.
Me paso una mano por la nuca y trato de cambiar de tema, preguntando sobre la lluvia de la semana pasada, pero ellas ya han hecho su veredicto silencioso y sé que no me van a dejar en paz con sus miradas socarronas.
Al final, la clienta paga su planta, doña Fina se despide con un «Dale recuerdos a Mónica cuando vuelva si es que vuelve», y yo me quedo solo en la tienda con el zumbido de las luces y el aroma a tierra húmeda.
Vuelvo detrás del mostrador y saco el teléfono.
Siento una necesidad irracional de revisar nuestra cuenta compartida.
¿Parezco un exnovio celoso? No lo negaré.
¿Que esto es acoso? Rectifico, solo me preocupo por su bienestar y porque hayan llegado bien a su destino.
Me autoengaño, lo sé. Pero ¿qué le voy a hacer?
Abro las historias. Solo hay dos. Una desde la carretera: un paisaje abierto, árboles con hojas doradas y rojas y el cielo medio encapotado.
Sofía, de fondo, canturrea el último hit norteamericano.
La segunda historia es más reciente, una vista del balcón del hotel: hierro forjado y macetas de geranios, con una calle adoquinada abajo.
Ni rastro de fiestas ni pistas de chicos misteriosos. Solo calma.
Pero mi cabeza sigue tejiendo escenarios. Quizá no lo ha grabado. Quizá está pasando justo ahora.
El viaje ya no me hace tanta gracia..