La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Noche de series y planificación

Mónica

Cuando termina el tercer episodio, Guillaume y yo nos levantamos del sofá casi al unísono.

Después de tres episodios ya estamos sincronizados para comentar el último giro inesperado de la serie.

No puedo dejar de gesticular mientras recojo los platos de pizza vacíos salvo por algunos bordes que ha dejado él.

—¡Te lo dije! ¡Te dije que no podía ser el vecino amable! —exclamo señalándole con el plato la tele para darle más validez a mis palabras.

Guillaume niega con la cabeza y se ajusta la coleta para que no se le escapen los mechones rebeldes. Hace un par de días fue al barbero a que se lo retocaran y se lo dejó demasiado corto por delante como para que le llegue a la coleta.

—Aún no me lo creo. Parecía tan normal... ¡El clásico tipo que ayuda con las bolsas de la compra!

Nos reímos mientras entramos en la cocina. Dejo los platos en el fregadero y saco las bolsas de palomitas del armario. Guillaume abre la nevera y se queda mirando las bebidas intentando escoger si ser responsable e ir a por el agua o seguir llenando su cuerpo de azúcar.

—Entonces, ¿dulces o saladas? —le pregunto agitando los paquetes junto a mi cara.

—Saladas, siempre.

—Eres tan predecible.

Sonrío mientras las introduzco en el microondas. El sonido rápido de los granos estallando llena el silencio cómodo entre nosotros. Apoyo las manos en la encimera antes de dejar caer lo que llevo desde ayer queriendo compartir con él:

—Por cierto, este fin de semana Sofía y yo vamos al vivero a por las plantas de otoño. Si te apetece venir...

Antes de que termine la frase, Guillaume levanta las manos, como si le estuviera ofreciendo cargar un saco de piedras.

—¡No, no, no! Es vuestra salida de chicas. Merecéis un par de días para hablar de cosas. Por cierto —se acerca con el ceño fruncido y una sonrisa pícara en los labios—, ¿de qué habláis cuando salís?

—De todo y de nada, pero sobre todo te ponemos a parir —bromeo.

—Entonces vengo a defenderme —suelta entre risas.

La cercanía entre los dos es bastante real y mi corazón se detiene un rato al verle sonriente. ¿Qué me está pasando?

El microondas pita y saco las palomitas, abriendo la bolsa con un estallido de vapor salado. Salvada por la campana. Guillaume se apoya en el marco de la puerta, mirándome con una sonrisa ladeada.

—Deberíais quedaros a dormir en algún sitio. Salir de fiesta o lo que sea que hagáis las chicas cuando os juntáis. Yo me quedo aquí cuidando de la finca, prometo no destruir nada.

—¿Fiesta? ¡Guillaume, ni que tuviera 20 años! Como mucho estaré fuera ¿47 horas? —finjo mientras calculo el total de horas que tenemos permitido estar separados por las puñeteras normas—. No quiero que te quedes con la herencia sin haber luchado hasta el final.

Él se echa a reír, un sonido claro y sincero que hace eco en la cocina.

—Mónica, puedo sobrevivir sin ti dos días. Lo juro. Y si te pasas… Qué remedio, me quedaré con el local y montaré una tienda de vinos.

Nos reímos juntos mientras echo las palomitas en un bol enorme.

Cuando volvemos al salón, la tensión de las últimas semanas parece haberse disipado, al menos por esta noche.

Por un momento, todo es simple: una serie, palomitas saladas y bromas que vuelan de un lado a otro como una pelota de ping-pong.

—Tú, sigue bromeando —le golpeo con el hombro antes de salir de la cocina para chincharlo.

—Lo digo muy en serio, listilla. El vino está en auge.

—Las flores siempre serán eternas.

Él lanza una palomita para atrás, que esquivo chocando contra la estantería del comedor.

Conforme nos vamos acercando al sofá, no paramos de chincharnos el uno al otro. Cuando él se sienta, no me espero la última jugarreta.

Al tener que saltar sus pies para ponerme en mi sitio, tropiezo con el pie que me ha puesto para hacerme la zancadilla y me caigo sobre Guillaume.

El corazón empieza a latirme con fuerza, se me acelera cuando siento su respiración en la mejilla.

Sus ojos me miran demasiado cerca y siento ese nerviosismo de cuando tenía quince años que me hormiguea en la boca del estómago.

Sus labios se aprietan, pero me fijo en que la comisura sube con sutileza. Su mirada busca la mía y un millar de sensaciones que hacía años que sentía adormecidas se despiertan de nuevo en mi estómago. La misma sensación que tuve cuando estuvimos en Alcudia, pero más intensa.

Una idea me atraviesa fugaz. Quiero besarlo, quiero comprobar si sus labios siguen sabiendo a melocotón fresco y a libertad. Respiro con profundidad. Dudo. Dudo si terminar de recorrer los escasos centímetros que nos separan o…

— Miaaaaaau —Amandine protesta cuando da un salto y se cuela en el sofá.

Sin esperar, saco la fuerza de voluntad para incorporarme y sentarme en mi sitio otra vez después de romper toda la magia que se ha formado en mi cabeza.

—Venga, dale al play . Quiero ver cómo se justifica ahora el vecino amable.

—Ya verás como será por un trauma infantil —responde Guillaume poniéndose melodramático.

Y, por una noche, el mundo fuera de estas paredes no existe.