Mónica
Mónica
Cinco días. Han sido cinco días interminables, llenos de preocupación y de ansiedad, pero al fin Amandine está de vuelta.
Está recuperada al cien por cien, con su pequeño cuerpecito acurrucado en el transportín, maullando suave como si protestara por el viaje en coche.
Solo necesita su medicación, pero ya está a salvo, en casa.
Salgo del vehículo con ella en la mano, sintiendo el aire fresco de la tarde en el rostro.
Respiro hondo, intentando relajarme, pero sigo tensa.
Demasiada calma. Demasiado silencio. Cuando entro en casa, todo parece normal, pero hay una pieza que no encaja.
Grito para avisar a Guillaume de que hemos llegado.
—¡Guillaume! ¡Ya estamos aquí!
Nada. Silencio absoluto.
Frunzo el ceño, dejando las llaves en la mesita de la entrada.
Con cuidado, abro la puertecita del transportín y saco a Amandine, que se estira en mis brazos y frota su cabecita contra mi barbilla.
Subo las escaleras, acariciándola con suavidad, aún sintiéndome inquieta.
En cuanto llego al piso superior, todo encaja.
Un estallido de confeti explota en el aire y, de repente, una voz llena de entusiasmo grita:
—¡Bienvenida a casa, Amandine!
Parpadeo, sorprendida. Delante de mí, la escena es un caos encantador: banderines de colores cuelgan por todas partes, hay globos atados a las sillas y sobre la mesa del comedor descansa un gran desayuno con ensaimadas, zumos y café recién hecho.
Sofía, doña Fina y Guillaume están allí, cada uno con una sonrisa de oreja a oreja.
Guillaume se acerca primero, pasando un brazo alrededor de mis hombros y besándome la sien.
—Sabía que estarías de los nervios todo el camino, así que queríamos darte una sorpresa —susurra.
Me río, sintiendo cómo toda la tensión de los últimos días se disuelve.
—¿Y esto? —pregunto, señalando los banderines—. ¿Una fiesta de bienvenida para Amandine?
—¡Por supuesto! —exclama Sofía, acercándose para acariciar a la gata—. Ha pasado por mucho, y tú también. Os merecéis esto y mucho más.
Doña Fina, con su eterna energía, se acerca y me ofrece un plato con una enorme ensaimada.
—Come, querida, que se te ve flaquita de tanto sufrir.
Guillaume se ríe, pero asiente.
—Lo dice en serio. Apenas has comido bien estos días, Mónica.
Suspiro y miro a Amandine, que ya está explorando la mesa con curiosidad. Parece tranquila, como si todo lo que ha pasado fuera solo un mal sueño. Me siento en una de las sillas y dejo que el ambiente cálido y acogedor me envuelva.
—Está bien, está bien. Comeré —digo, cogiendo un pedazo de ensaimada—. Pero primero, gracias. En serio, esto significa mucho para mí.
Sofía sonríe con dulzura, mientras doña Fina se abanica con exageración, como si quisiera quitarle importancia al asunto.
—No tienes que agradecernos nada, querida. Pero, si quieres, puedes encargarte de lavar los platos cuando terminemos —añade con una risita.
Guillaume se sienta a mi lado y me aprieta la mano con cariño.
—Solo queríamos recordarte que no estás sola en esto. Ya pasó, Amandine está bien, y ahora solo queda disfrutar de tenerla de vuelta.
Muerdo la ensaimada y cierro los ojos con placer. Está deliciosa, esponjosa y con ese sabor dulce y reconfortante que tanto necesitaba. Abro los ojos y miro a todos los que están a mi alrededor, sintiendo que el peso de la angustia por fin se desvanece.
Sí, Amandine está de vuelta. Pero yo también. Y esta pequeña familia improvisada, con sus banderines, confeti y desayuno, es lo mejor que podría haber deseado.