La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
60%

Guillaume

Más grave de lo que pensamos

Guillaume

Mientras espero a que le hagan las pruebas del estómago a Amandine, un torbellino de pensamientos me atraviesa sin descanso.

Mónica no está aquí. La dejé fuera porque estaba en shock , porque se bloqueó, porque no podía ni moverse.

Pero ahora, en la fría sala de espera de la clínica veterinaria, me doy cuenta de que le he quitado todo el poder de decidir sobre su propia gata.

¿Hice bien en hacerme cargo de la situación?

Me froto la cara con las manos, sintiendo la tensión en mis mandíbulas. Recuerdo su expresión pálida cuando le arrebaté a Amandine de los brazos y corrí hasta aquí. Apenas si logró murmurar que me daría alcance en cuanto pudiera. No podía reaccionar, no podía pensar. Y yo tampoco podía esperar.

Miro el reloj. Han pasado apenas quince minutos, pero se siente como una eternidad. El veterinario y su equipo están revisándola ahora mismo. ¿Cómo pudo pasar esto? Las procesionarias son peligrosísimas, y si Amandine ha ingerido alguna de sus púas…

—No. No quiero pensar en eso. No puedo —murmuro en un sonido casi imperceptible.

Alzo la vista y me encuentro con el mostrador. Una recepcionista teclea en su ordenador con una calma pasmosa. Para ella, es un día cualquiera. Para mí, es un infierno.

Me levanto y camino de un lado a otro, cruzándome de brazos y soltándolos después. Siento el móvil vibrar en el bolsillo. Mónica.

—¿Ya sabes algo? —noto la preocupación en cada una de esas tres palabras.

Su voz suena entrecortada. Me imagino que está en la tienda, revisando todo con manos temblorosas, buscando más rastros de esas malditas orugas.

—Todavía no han salido —le comunico tratando de sonar más tranquilo de lo que estoy en realidad—. La están revisando.

—Voy para allá.

El tono no da lugar a discusión. Me pasa por la cabeza decirle que espere, que ya la llamaré en cuanto tenga alguna noticia, pero es absurdo. Esta es su gata. Necesita estar aquí.

Cuelgo y vuelvo a sentarme, aunque no dejo de mover las piernas, golpeando con la punta del zapato el suelo.

Respiro hondo. La imagen de Amandine con la oruga en la boca no deja de repetirse en mi mente como una maldita película de terror.

¿Cuánto tiempo la tuvo? ¿Cuántas púas ha tragado?

¿Cómo no nos dimos cuenta antes? Joder, esto es una pesadilla.

La puerta de la clínica se abre y Mónica entra con el cabello alborotado, con la cara desencajada.

Su mirada me busca de inmediato y, cuando nos encontramos, su expresión se suaviza apenas.

Se acerca rápido y sin decir nada me agarra de la mano, apretándola con fuerza. Su piel está fría, sus dedos tiemblan.

—¿Nada?

Niego con la cabeza y le acaricio el dorso de la mano con el pulgar. Sus labios están apretados en una fina línea y los ojos rojos de haber estado llorando. Joder, esto es peor que cualquier pelea, peor que cualquier discusión que hayamos tenido. La impotencia es brutal.

Justo entonces, una puerta se abre y aparece el veterinario. Mónica y yo nos levantamos al mismo tiempo. El hombre nos mira con una expresión profesional, serena, pero con un atisbo de comprensión en los ojos.

—Hemos terminado las pruebas —nos informa haciendo un gesto para que nos acerquemos—. En efecto, Amandine ha tragado algunas púas de la procesionaria y también se le han quedado clavadas otras tantas. Ahora bien, vamos a explicarles el procedimiento que seguiremos.

Nos comunican que la gata se deberá quedar ingresada unos días hasta que expulse todo el veneno de la oruga, que podemos pasar a verla pero solo cinco minutos antes de que empiecen con toda la lista de cosas que deben hacerle.

Mónica asiente con la cabeza y, sin soltarme, me aprieta la mano con fuerza.

Sus dedos tiemblan por un instante contra los míos, pero no dice nada.

Yo tampoco. Solo avanzo junto a ella por el pasillo de la clínica veterinaria, con las paredes pintadas de un azul pálido que debería transmitir calma, pero a mí me hace sentir más inquieto.

Entramos en la habitación donde han dejado a Amandine.

La pequeña gata está en una camilla, con una vía en la pata delantera y los ojitos entrecerrados.

Respira de forma acompasada, pero es evidente que está débil.

Mónica se suelta de mi mano y se acerca con cautela, como si temiera hacer algo que la pudiera perjudicar más.

Le pasa la mano con suavidad por la cabecita y le susurra.

—Aquí estamos, pequeña. Todo va a estar bien. Lo prometo.

Amandine mueve la cola en un pequeño gesto y cierra los ojos. No tiene energía para maullar, pero parece reconocerla. Mónica se inclina y le da un beso en la frente antes de apartarse. Yo también me acerco, le paso los dedos con suavidad por el lomo y murmuro.

—Tienes que ponerte bien, revoltosa. Tienes una tienda que patrullar y controlar si me paso de allegro en mis ensayos.

Mónica suelta un sonido ahogado, una especie de risa triste que se corta demasiado rápido. Me giro hacia ella y sus ojos ya brillan por las lágrimas que lucha por contener.

La veterinaria entra en ese momento y nos indica que es hora de salir.

Mónica besa la patita de Amandine con delicadeza y yo la guío hacia la salida con una mano en su espalda.

En cuanto salimos de la habitación, la contención de Mónica se rompe.

Su cuerpo se sacude con un sollozo fuerte y se cubre el rostro con ambas manos.

No lo pienso. No lo dudo. La rodeo con mis brazos y la atraigo contra mi pecho.

—Shhh... Estoy aquí. Estoy aquí.

Ella se aferra a mi camisa, hunde el rostro contra mi pecho y sigue llorando.

Su respiración es errática, como si las emociones se le hubieran atascado en la garganta y ahora estuvieran saliendo todas de golpe.

Yo solo la sujeto más fuerte. No me importa nada más en este momento.

Ni la gente que pueda estar mirándonos, ni el frío del pasillo, ni la preocupación que sigue clavada en mi estómago como un anzuelo. Solo importa ella.

—Todo va a salir bien —susurro contra su cabello—. Amandine es fuerte, la veterinaria sabe lo que hace. Estará bien.

Ella asiente contra mi pecho, pero sigue llorando. Cada tanto se le escapa un hipo. Yo me balanceo con lentitud de un lado a otro para calmarla ni que sea un poco. Le paso una mano por la espalda, haciendo círculos con los dedos, esperando que eso le ayude.

—Es mi culpa —murmura con la voz quebrada—. No vi la oruga. No revisé la tienda antes de dejarla sola. Si le pasa algo...

—No es tu culpa, Mónica. No lo es. No podías saberlo. Nadie podría haberlo previsto.

Ella niega con la cabeza contra mi pecho. Su respiración empieza a calmarse, pero sigue aferrándose a mí como si soltarme significara desmoronarse aún más. Yo no la suelto. No hasta que ella lo decida.

Después de un rato, su cuerpo deja de temblar tanto y sus lágrimas empiezan a menguar. Se aparta lo justo para mirarme a los ojos. Los suyos están hinchados y rojos, pero siguen siendo los ojos más bonitos que he visto en mi vida.

—Gracias —susurra con voz ronca.

—No tienes que agradecerme nada. Estoy aquí. Siempre estaré aquí.

Ella intenta sonreír, pero se le quiebra en las comisuras. Con cuidado, le limpio una lágrima que le resbala por la mejilla. Suspira, cierra los ojos un instante y se recarga contra mí otra vez, pero esta vez parece más liviana y sé que ahora es ella la que me da el apoyo a mí.

—Voy a quedarme con ella —suelta de pronto, con determinación en la voz.

—No puedes. Dijeron que no permiten visitas largas.

—Pues me quedaré en la sala de espera. No pienso dejarla sola aquí.

Yo sé que no tiene sentido discutir con ella, pero debo hacerlo.

—No va a estar sola —comenta la chica de la recepción—. Aquí siempre se queda algún que otro médico por si pasa algo. Iros a casa y descansad.

—Pero… —intenta protestar ella.

—No hay peros hoy, Mónica. Vamos a casa y mañana por la mañana volvemos.

Sus ojos me miran intentando descifrar algo en mí. Tarda unos instantes en asentir con la cabeza y esta noche, si es necesario, me quedaré en el sofá pendiente de si nos llaman o no.