Mónica
Esto es más grave de lo que creía
Mónica
Unos días después de la conversación en la cocina, por fin tengo el adorno floral frente a la puerta de entrada y a Guillaume refunfuñando a mi lado por su excesivo tamaño.
Sus brazos están cruzados y su expresión es de pura resignación mientras observa la estructura de madera y enredaderas que he diseñado.
—Mónica, te lo digo con todo el cariño del mundo, pero esto es una barbaridad —suelta lanzándome una mirada de incredulidad.
—Exagerado —me burlo, dándole un golpecito en el brazo—. No es tan grande.
—No, claro que no —responde con sarcasmo—. Ocupa la mitad de la fachada. Con dos escaleras no podremos con él.
Pongo los ojos en blanco, pero en el fondo sé que tiene razón. No calculé lo engorroso que sería subirlo y asegurarlo siendo solo dos. Lo miro de reojo y veo cómo tamborilea los dedos contra su antebrazo, pensativo.
—Vale, genio de la logística, ¿cuál es tu propuesta? —pregunto, cediéndole la palabra.
Guillaume suspira hondo y mira alrededor.
—Podemos desmontar parte de la estructura para aligerarla. Luego la subimos por partes y la volvemos a unir arriba. Pero necesitamos más manos.
En ese momento, Doña Fina aparece con su bastón y su mirada de halcón, analizándonos de arriba abajo.
—¿No os habéis enterado todavía de que en este pueblo no se puede hacer nada sin que acabe siendo un evento comunitario? —señala, con su tono de siempre, entre severo y divertido.
Al instante, como si hubieran estado esperando una señal divina, Sofía aparece para ayudarnos.
—¡Cuidado con eso, que pesa como un demonio! —grita Guillaume cuando una de las piezas se tambalea.
—A ver, que alguien pequeño se suba por aquí a enganchar las flores —ordena Sofía, con una eficiencia sorprendente.
Guillaume me atrapa de la cintura cuando intento subir por la escalera sin pensarlo dos veces.
—Ni hablar. ¡No quiero que te mates cayéndote de ahí!
—Tengo experiencia subiendo escaleras, gracias —le espeto, poniendo los ojos en blanco.
—Yo tengo experiencia en verte tropezar sin necesidad de que haya algo en el camino —responde haciendo una mueca infantil.
Después de sudar la gota gorda y con la ayuda de todos, logramos colocar el adorno justo donde quería. Desde abajo, lo contemplo con una sonrisa orgullosa mientras el sol de la tarde resalta los colores de las flores y las ramas que caen con gracia.
—No era tan mala idea, ¿eh? —le comento con sorna a Guillaume, dándole un codazo.
Él me observa con una mezcla de fastidio fingido aunque sé que en el fondo me adora.
—Acepto mi derrota. Ha quedado precioso —afirma, pasando un brazo por mis hombros—. Aunque si nos cae encima con la primera tormenta, te haré pagar por ello.
Sentir el roce y peso de su brazo sobre los hombros hace que dé un respingo.
No estamos familiarizados con las muestras de cariño, pero reconozco que algo en mí se despierta, aunque sacudo la cabeza para negarlo y pensar que solo ha sido una ilusión por la falta de muestras de cariño que tengo estos últimos años.
—Oh, vamos, la estructura está bien puesta. Y si se cae, lo reconstruimos —le aseguro.
El pitido de su teléfono rompe la magia del momento. Guillaume lo saca y, al revisar el número que hay en la pantalla, se tensa antes de soltarme y hacer un gesto con la mano para que lo excuse.
Extrañada, lo miro y veo que se ha puesto nervioso. Se ha ido un par de árboles más abajo hablando en un murmullo. No logro entender de lo que habla y una sensación extraña se me filtra en las entrañas. ¿Será una mujer?
¿Estoy celosa?
Al final del día, nos quedamos solos frente a la tienda, contemplando nuestra obra. El adorno floral es más que un simple decorado; es el símbolo de todo lo que hemos construido aquí juntos, y me parece precioso.
—Lo hicimos —susurro dejando caer mi mano sobre su hombro.
—Lo hicimos —responde, y da un respingo cuando entramos en contacto.
Y en ese momento, mientras el viento mece calmado las flores y la luz dorada del atardecer envuelve la escena, todo en mi mundo está en el lugar preciso donde debe estar.
Hasta que un maullido extraño llama nuestra atención.
Al entrar en la tienda, me encuentro a Amandine con un objeto extraño en la boca, algo con pelos y púas. Una procesionaria. Mi estómago se encoge y un escalofrío me recorre la espalda. No, no, no. Esto no puede estar pasando.
—¡Guillaume!—grito con la voz quebrada por el miedo.
Él ya está a mi lado, ha entrado corriendo y se arrodilla junto a Amandine en el mismo instante en que suelta el insecto como por arte de magia. Mi gata se lame la boca y sacude la cabeza porque le molesta.
—¿Qué hago? ¡Mónica, dime qué hacer!
Mi mente se queda en blanco. No tengo ni idea. No sé cómo actuar en este tipo de situaciones. Me han hablado de lo peligrosas que son las orugas procesionarias para los gatos, pero nunca me imaginé que podría pasarle a ella.
Amandine vuelve a sacudir la cabeza. Su lengua sale un poco de su boca y me doy cuenta de que está babeando. Mi pulso se acelera y el miedo me paraliza por un segundo.
—¡Tenemos que llevarla al veterinario, ya!
Guillaume asiente y la toma con cuidado en sus brazos, pero ella se revuelve y suelta un maullido de dolor.
—¡Mierda, mierda! —murmura él tratando de sujetarla sin hacerle daño.
Corro hacia el mostrador y agarro el transportín de Amandine. Guillaume logra meterla dentro mientras ella sigue sacudiendo la cabeza y maullando de forma extraña. No puedo soportarlo. Me siento impotente.
—Yo la llevo —afirma Guillaume mientras me roza el rostro con los dedos para que le mire a los ojos y tranquilizarme por un instante.
—No, voy yo. Es mi gata.
—Mónica, alguien tiene que quedarse aquí para revisar que no haya más procesionarias en la tienda. Si hay una, podría haber más.
—¿Y si la ha cogido fuera? —razono recordando que las procesionarias no deberían estar solas en el local—. Quizás mientras estábamos colocando esto se ha ido a dar una vuelta y…
El hipo por el llanto viene a mí de nuevo y no me puedo ni imaginar lo que le habría podido pasar a Amandine si la hubiesen atropellado o robado o…
—Tranquila —dice rozándome la pierna para que note su contacto—. Ahora lo que importa es ella y saber si hay más bichos aquí o no. La charla de gata adolescente y rebelde ya la tendremos cuando se ponga bien.
¡Mierda! Tiene razón, pero no quiero dejar a Amandine sola en esto.
—Voy yo —repite Guillaume que ya está encaminándose hacia la puerta.
Me quedo mirando cómo se aleja con mi gata dentro del transportín y el corazón en un puño. No puedo hacer otra cosa que confiar en él. Es más rápido y tiene más fuerzas que yo en este instante.
Respiro hondo y me obligo a centrarme. Busco en mi teléfono información rápida sobre las orugas procesionarias y lo que debo hacer. Lo primero: revisar que no haya más. Lo segundo: si hay alguna, no tocarla. Sus pelos son peligrosos, pueden provocar reacciones graves incluso en humanos.
Sujeto un palo de escoba con fuerza y empiezo a revisar cada rincón de la tienda, moviendo con cuidado las macetas, las cajas de envíos, revisando las esquinas del suelo y las repisas.
Mi respiración está agitada y cada vez que veo una sombra sospechosa, el corazón me da un vuelco.
Por suerte no encuentro ninguna otra, pero sé que debo seguir revisando.
Tomo el insecto que Amandine soltó y lo coloco dentro de un frasco de vidrio, asegurándome de que esté bien sellado. No quiero correr riesgos.
El sonido de mi teléfono me sobresalta. Es Guillaume.
—¿Cómo está? —pregunto saltándome el protocolo de saludar..
—La están atendiendo. Tienen que darle corticoides y lavarle bien la boca. Dicen que si tragó algún pelo urticante podría complicarse, pero por ahora está estable.
Aprieto los labios y asiento, aunque él no pueda verme.
—Voy en cuanto cierre aquí.
—No, quédate y revisa bien la tienda. Tenemos que asegurarnos de que no haya más.
Cuelga antes de que pueda decir algo más. Suspiro y me paso la mano por la cara.
La tienda me parece inmensa de repente. El miedo sigue en mi pecho, pero me obligo a seguir revisando. No pienso dejar que esto vuelva a ocurrir.