Guillaume
Algo raro pasa
Guillaume
Mientras desayuno con Mónica, ella da un sorbo a su café y deja la taza sobre la mesa con una energía que ya me hace sospechar que una nueva idea, no sé si buena o mala, se le ha pasado por la cabeza.
—He estado pensando —empieza, removiendo la cucharilla con demasiada calma para no alterar mis nervios, pero consigue el efecto contrario— que podríamos hacer un adorno floral grande para la zona de los focos de la tienda.
Un cartel o una pequeña exhibición que llame la atención desde fuera.
No sé, me imagino un pequeño jardín vertical con ramas secas y flores silvestres, que tenga un aire natural pero llamativo.
La idea me gusta. Sin pensarlo demasiado, le respondo con un tono burlón.
—Bueno, pero primero tendrías que pedir permiso al dueño de la finca.
Ella me mira con una ceja arqueada, aunque hay un brillo divertido en sus ojos. Se reclina en la silla, cruzando los brazos.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es ese dueño tan importante al que tengo que pedir permiso? Que yo sepa, yo soy la futura propietaria de la tienda, ¿recuerdas?
Me cruzo de brazos sobre la mesa para acercarme más a ella.
—Ya —por un segundo pierdo lo que iba a decir cuando mis ojos se fijan en los labios de Mónica, que me imita el gesto y se acerca peligrosamente—, pero la fachada está en la zona de jurisdicción del propietario de la finca.
—¡Oh! —suelta en una exhalación que hace que se me pare el corazón por un instante—. En ese caso, ¿sabes dónde podría encontrarlo?
—No sé si lo conoces —respondo, retándola con la mirada—, pero es un pianista bastante guapo, aunque algo maniático con el orden y las cosas bien hechas. Se rumorea que tiene una gata que lo acompaña en sus ensayos.
Mónica suelta una carcajada, una de esas auténticas, que siempre me recuerdan a esos maravillosos momentos de antaño.
—¡Vaya, pues qué suerte! Porque yo tengo una gata que hace justo eso.
Seguimos desayunando entre charlas tranquilas y bromas, disfrutando de esa calma matinal. Entre mordiscos a su tostada y sorbos a su café, Mónica divaga sobre las flores que podría usar: lavanda para el aroma, girasoles por la luz, tal vez unas enredaderas secas para darle textura.
—Aunque, claro, —dice con fingida seriedad—, sin permiso del dueño, no puedo hacer nada.
—Ya te digo. La burocracia de esta finca es un asunto serio —respondo, mordiéndome el labio para no reír.
Ella se levanta con determinación y desaparece por el pasillo.
Yo me quedo sentado, observando cómo su silueta se escabulle por el marco de la puerta y escucho el sonido de cajones abriéndose.
Vuelve después de unos minutos con un trozo de papel en la mano, que empieza a doblar con paciencia, con movimientos cuidadosos y concentrados. Me quedo mirando, intrigado.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, apoyando los codos en la mesa y la cabeza en mis manos.
—Pidiendo permiso, claro está —contesta sin mirarme y frunciendo el ceño cuando hace una doblez demasiado pequeña.
La observo con atención. La dobla una vez y otra. Sus dedos trabajan con seguridad y poco a poco el papel va tomando forma. Tardo unos segundos en darme cuenta de lo que está haciendo. Es una flor. Igual que la que le hice yo aquella mañana de insomnio.
Se muerde el labio inferior, centrada en el último pliegue. Luego, coge un bolígrafo y escribe algo en uno de los pétalos de papel antes de alzar la vista y extenderme la flor.
—Aquí tienes. Mi solicitud formal al dueño de la finca.
Cojo la flor con delicadeza y leo lo que ha escrito.
«Se solicita autorización para llenar de vida este lugar — y de paso hacer que el dueño sonría más —».
Las comisuras de mis labios se alzan y siento que mi corazón da un pequeño brinco.
—Voy a tener que evaluar esta solicitud con mucho detenimiento —carraspeo para guardar la compostura y le doy un par de vueltas a la flor entre los dedos.
—Tómese su tiempo, señor —responde ella con un aire de fingida formalidad, aunque la sonrisa no se le borra del rostro.
Yo tamborileo los dedos sobre la mesa como si estuviera considerando en serio la propuesta.
Mirando por encima de mis lentes, veo cómo Mónica se pone de rodillas sobre la silla para sentarse mientras apura el café.
Veo como finge un nerviosismo excesivo que me hace gracia.
Aunque a veces pienso que necesito mi propio espacio, compartir este lugar con ella me está haciendo más feliz de lo que imaginaba.
Cuando ya ha cambiado de postura tres veces, decido que es momento de dejar de hacerla sufrir.
—Bien, tras un exhaustivo análisis, el dueño de la finca considera que esta solicitud está bien fundamentada y es de vital importancia para la armonía del lugar. Así que —me inclino hacia ella y dejo la flor de papel sobre la palma de la mano que tiene extendida en la mesa—. Autorizada.
Mónica suelta una risa, cierra la mano sobre la flor y se pone a dar saltos de alegría por toda la cocina. Sin previo aviso y, con la felicidad que me contagia, se acerca a mí, me rodea y me planta un sonoro beso en la mejilla que desequilibra mi estabilidad emocional.
—Gracias, señor propietario. Ha sido usted muy razonable.
No sé cuánto tardo en responder y recobrar la compostura de ese beso fugaz.
—Soy conocido por mi gran capacidad de discernimiento —respondo quitándole hierro al asunto mientras me encojo de hombros.
Nos quedamos así, mirándonos con complicidad, sintiendo esa calma serena que nos envuelve.
Es en momentos como este cuando me doy cuenta de lo feliz que soy aquí, con ella, con nuestra finca, con nuestras bromas tontas sobre permisos y flores de papel.
Y, por supuesto, con nuestras risas, que llenan la cocina como la mejor melodía.