La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Una noche para la reflexión

Mónica

En cuanto llegamos a casa después del paseo, me meto en la ducha y reflexiono sobre él, sobre nuestra historia hasta ahora y me doy cuenta de que, aunque haya sufrido ese ataque de frustración, no le tengo miedo.

Y una necesidad brutal de ayudarle me nace de lo más hondo de mi ser.

Mientras el agua me resbala por el cuerpo, siento que no quiero verlo así.

No por mí, sino por él. No quiero que se hunda en esa espiral de angustia y rabia que lo consume por dentro.

Me quedo un buen rato bajo el chorro de agua caliente, dejando que el vapor se lleve mis pensamientos más oscuros.

¿Cómo puedo ayudarlo sin hacerle sentir que lo trato como si fuera frágil?

Guillaume no es frágil. Es fuerte, orgulloso y terco, y quizá por eso mismo le cuesta tanto aceptar su vulnerabilidad.

Sus palabras resuenan en mi cabeza: «Nunca he hecho daño a nadie, pero la frustración me hace volverme loco y romper cosas».

Siento un nudo en el estómago. No porque me asuste, sino porque duele imaginar cuánto ha sufrido en silencio.

Lo peor es que no he estado en ninguno de esos momentos para saber qué debo hacer ahora.

Unos toques en la puerta me sacan de mis pensamientos. Me sobresalto un poco y respiro hondo antes de responder.

—¿Sí?

—He pedido comida china a domicilio —anuncia Guillaume desde el otro lado sin abrir la puerta—. Está ya aquí.

Me apresuro a quitarme el jabón del pelo, envolverme en la toalla y salir con el cabello mojado y revuelto.

Lo encuentro en la cocina, sacando platos y palillos de madera de la última vez que pedimos.

Sus movimientos son pausados, como si se tomase su tiempo para meditar en cada acción que hace.

Sus ojos, sin embargo, lo delatan: está agotado.

—Gracias —confieso mientras me apoyo en la encimera.

—No sabía qué querías, así que pedí un poco de todo.

Me mira de reojo intentando averiguar si lo ha hecho bien o mal.

—Eres un desastre con las cantidades, y lo sabemos.

Aunque lo he dicho en un tono sarcástico para destensar la situación, él se encoge de hombros y, aunque no sonríe del todo, noto que mis palabras lo han sacado de sus pensamientos por un segundo.

Pero el silencio vuelve, y lo veo inquieto.

No puedo ni imaginarme por todo lo que está pasando, ya que nunca he tenido un brote de ansiedad tan fuerte como el suyo.

Decido no presionarlo. Se lo dije antes: si quiere hablar, que lo haga cuando se sienta listo.

Nos sentamos a la mesa y empezamos a comer en un silencio más cómodo. Los fideos humeantes y el arroz nos envuelven con su aroma familiar. La comida siempre tiene algo de reconfortante, algo de hogar. Guillaume juega con los palillos antes de soltar, casi en un susurro:

—Gracias por no salir corriendo.

Levanto la mirada y lo encuentro observándome con lo que parece incredulidad en la mirada.

—¿Por qué habría de salir corriendo?

—Porque no ha sido un gran espectáculo —contesta haciendo una mueca.

Dejo los palillos a un lado y me inclino un poco hacia él.

—Guillaume, todos tenemos malos momentos. Lo que pasó hoy no te define. Lo que hagas con ello, sí.

Él baja la vista al plato, su mandíbula se tensa. Sé que está procesando mis palabras, pero también que le cuesta creerlas del todo.

—No quiero que pienses que estoy roto —confiesa después de un rato.

—No lo hago.

Levanta la mirada, buscando en la mía. Verificando que lo que digo lo pienso de verdad, ya empiezo a conocer sus miradas y en el fondo una pizca de esperanza se cierne en mi estómago. Lo conozco.

Terminamos de cenar sin más conversaciones profundas, pero noto cómo poco a poco se relaja.

Después de recoger la mesa, nos sentamos en el sofá, cada uno con una taza de té caliente en las manos y las dos galletitas de la suerte que nos han puesto en el pedido.

Es curioso cómo estos pequeños rituales han ido surgiendo entre nosotros, sin siquiera darnos cuenta.

—¿Sabes? No tienes que enfrentar esto solo. Si necesitas ayuda…

Guillaume cierra los ojos y suspira. Durante un instante temo haber dicho algo que no debía, pero entonces habla con la voz más serena de lo que esperaba:

—No sé cómo hacerlo.

—¿El qué?

—Pedir ayuda sin sentir que estoy fallando —admite en voz baja.

Mi pecho se aprieta con ternura y tristeza a la vez. Me acerco a él en el sofá y apoyo una mano en su brazo. Aunque es un contacto inocente, siento que una pequeña descarga me recorre y me reconforta a partes iguales.

—Pedir ayuda no es fallar, Guillaume. Es permitirte mejorar.

Él asiente despacio sin decir nada más. No lo presiono. Sé que este es un proceso lento, y lo único que puedo hacer es estar aquí cuando me necesite.

—Por cierto —cambio de tema y lo miro cara a cara—, ¿vas a comerte tu galletita de la suerte?

Él mira donde señalo con el dedo y esboza una sonrisa que me calienta por dentro.

—Por supuesto. Eso ni se pregunta.

De un impulso, coge las dos y me las tiende para que coja la que más me guste.

—Esta misma.

Tiro de una de ellas y la saco del envoltorio. La rompo por la mitad dejando que el papelito se revele y lo leo.

—»Mañana te tocará limpiar el baño, pero encontrarás algo perdido».

La carcajada que suelta Guillaume hace que me ría de inmediato. Será puñetera la galleta.

—Creo que no quiero abrir la mía —habla cuando puede parar de troncharse—. Más limpieza no quiero, suficiente tengo con la tienda.

Me regala la otra, que dejo sobre la mesilla para comérmela más tarde.

—Anda, va. Voy a poner la tele un rato —acepto mi destino como limpiadora del baño por un día mientras niego con la cabeza.

Pongo la serie que estamos viendo por las noches y nos quedamos así, en silencio, con nuestras tazas de té humeante entre las manos y la voz de fondo de la televisión.

Poco a poco, la ansiedad en su rostro se suaviza.

Sé que esto no se soluciona de la noche a la mañana, pero lo que importa es que está dispuesto a intentarlo.

Yo estaré aquí para recordárselo cada vez que lo olvide.

No sé por qué, pero esa afirmación hace que un pequeño muro que había entre nosotros se rompa un poco.