La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Un pasito entre nuestro muro

Guillaume

Cuando salimos a la calle, el aire fresco de la noche me golpea el rostro, pero no logra deshacer el nudo que se me ha formado en el pecho. Respiro hondo, tratando de estabilizar el pulso, pero mis manos aún tiemblan.

La cercanía de Mónica hace que cada uno de mis sentidos se agudice; su abrazo de hace unos minutos sigue grabado en mi piel, tengo la sensación de que su calor se ha quedado en mi camisa.

Andamos en silencio, uno al lado del otro, sin rumbo fijo.

El eco de nuestros pasos resuena en las calles desiertas, pero el silencio entre nosotros se hace cada vez más denso, hasta que me pesa tanto que necesito romperlo.

—Lo siento —murmuro con voz ronca.

Mónica no responde de inmediato. Sigue caminando, con la vista fija en el suelo empedrado. Cuando habla, sus palabras no son las que esperaba.

—¿Es la primera vez que te pasa? —pregunta con calma, sin juicio en su voz.

La pregunta me toma por sorpresa. Me tenso de inmediato.

No es un tema del que me guste hablar. Mi instinto es esquivar la conversación, hacer como que no ha dicho nada.

Pero cuando la miro de reojo, veo en su expresión un sentimiento que me desarma: interés.

No hay lástima. No hay miedo. Solo interés.

Trago saliva, sintiendo que la garganta se me cierra.

Quiero decirle que sí, que nunca me había pasado antes, que solo ha sido un mal momento.

Pero sería una mentira descarada. Después de tanto tiempo y de todo lo que hemos evolucionado, no se lo merece.

Debe saber con el «monstruo» con el que vive.

—No —respondo con un hilo de voz.

Nos detenemos en una esquina y Mónica se apoya contra una farola. Me mira con expectación, esperando que continúe. Yo miro al cielo intentando encontrar las palabras correctas para no asustarla.

—No es la primera vez —admito sintiendo que el corazón me martillea con fuerza—.

Alguna vez me ha pasado, pero siempre a solas.

Nunca he hecho daño a nadie, pero —cierro los ojos un segundo y respiro profundo intentando serenarme— la frustración me hace perder el control.

Me siento atrapado en mi propia cabeza y no encuentro salida.

Rompo cosas. Grito. Me ahogo en mis propios pensamientos.

Sé que tengo que cambiar mi actitud —la voz se me quiebra y sacudo la cabeza—. No es tan fácil.

Cuando levanto la vista esperando encontrar miedo en su rostro, solo veo comprensión. Su mirada es suave, sin rastros de temor. Se cruza de brazos y ladea la cabeza con sutileza antes de hablar.

—No te tengo miedo, Guillaume.

Sus palabras me golpean como un mazazo. Parpadeo, desconcertado.

—No... ¿No?

Ella niega con la cabeza, una pequeña sonrisa le ilumina el rostro, haciendo que la tensión dentro de mí se afloje un poco.

—No. Eres un cabezota y a veces insoportable, pero no te tengo miedo. —Da un paso hacia mí y baja la voz—. Y si alguna vez necesitas hablar, estoy aquí.

Me quedo en silencio. Quiero agradecerle, quiero decirle que me alivia escuchar eso, que su presencia hace que la tormenta en mi cabeza sea un poco más llevadera.

Pero las palabras se me atascan en la garganta.

No estoy acostumbrado a este tipo de interacciones, a la posibilidad de compartir mis debilidades con alguien sin que me miren con lástima o me juzguen por ello.

Asiento con torpeza.

—Gracias —murmuro bajando la mirada.

Ella no insiste. No me presiona para que hable más de lo que quiero. Solo asiente y seguimos caminando, en silencio, pero esta vez es un silencio cómodo. Un silencio que no me asfixia.

No lo digo en voz alta, pero algo dentro de mí cambia en ese momento. Tal vez, por primera vez en mucho tiempo, no me siento tan solo en esta lucha.