Mónica
Noche de pánico
Mónica
Con prisas abro la puerta de la tienda. Fina, Marcelo y Sofía se quedan fuera, murmurando entre ellos. Sus voces se disuelven en el aire cuando entro y veo lo que tengo delante.
Guillaume está de espaldas, arrodillado en el suelo. Llora, llora a moco tendido y con una intensidad que me deja paralizada por un momento. Nunca lo he visto así. Ni a él ni a nadie.
El piano, ese viejo instrumento que tanto adora, tiene la tapa levantada y una de sus cuerdas vibra de manera muy sutil, como si acabara de ser golpeada. El cristal de la ventana tiene un agujero astillado y puedo ver rastros de tierra por el suelo.
Por un instante me vienen imágenes de que alguien haya podido entrar a robar o que haya aparecido un duendecillo de las montañas y se haya divertido. Pero ¿Guillaume? ¿Qué coño ha pasado aquí?
El pecho me duele al verlo de esta manera. Tengo la sensación de que alguien o algo me está apretando el corazón para que deje de respirar. Siento un impulso irrefrenable y sin pensarlo dos veces, me aproximo a él.
—¡Guillaume!—lo llamo intentando poner la voz más firme que puedo reunir.
No responde.
Me acerco más, me agacho a su lado y noto que tiene los puños tan apretados que los nudillos están blancos, como si hubiese estado conteniendo un sentimiento mucho más grande que las lágrimas.
Con la cabeza gacha, no consigo verle los ojos y, aunque intento levantarla, hace demasiada fuerza para mí.
—Eh... estoy aquí, háblame.
Sin previo aviso, me abraza.
Es un abrazo feroz, desesperado. Tengo la sensación de que va a desmoronarse por completo si no me agarra con todas sus fuerzas. Me aprieta contra él, con su pecho temblando contra el mío y por un momento creo que me va a espachurrar, pero no me aparto. No podría aunque quisiera.
—No... no puedo... no puedo... —murmura entre sollozos, una y otra vez.
Las palabras le salen a trompicones y juro que tengo que hacer un esfuerzo casi titánico para entenderlo.
—No puedes ¿qué? ¿Qué ha pasado?
Solo repite esas mismas palabras como un mantra.
Su angustia lo oprime cada vez más. Siento pánico. No sé qué hacer, no sé cómo ayudarlo, no sé nada. Y esto me acojona de verdad.
Con suavidad, le acaricio la espalda, intentando calmarlo, pero también tratando de tranquilizarme yo. Porque verlo así me destroza. Es como si de repente hubiera dejado de ser ese Guillaume contenido y elegante y hubiese explotado como un torbellino de emociones reprimidas.
—Isabel... me ha llamado —consigue decir, por fin.
Me aparto un poco, lo justo para verle la cara. Tiene las mejillas rojas, los ojos hinchados y los labios temblorosos.
—¿Isabel? ¿Qué ha pasado?
Se frota la cara con las manos con tanta fuerza que me preocupa que acabe haciéndose daño.
—El concierto de otoño. —Traga saliva y suelta un suspiro roto—. Lo han cancelado.
Me quedo sin palabras. ¿Y por eso se ha puesto de esta manera? ¿Por un concierto?
—¿Qué? ¿Por qué?
—No lo sé —grita con una rabia que me sobresalta—. No... no lo sé, Mónica. Dicen que han cambiado la programación, que prefieren una música más moderna, con más proyección. Que mi música... que no encaja.
—¿Cuándo te lo han dicho?
—Me llamó Irene hace un par de días.
Lo veo desmoronarse otra vez. La desesperación vuelve a apoderarse de él.
—Pero eso no tiene sentido —suelto, no sé si refiriéndome a su comentario o a mi pensamiento.
Sea lo que sea, no servirá de nada.
—Esto no tiene sentido —escupe las palabras—. No importa cuánto trabaje, no importa cuánto me esfuerce, nunca es suficiente. ¡Nunca!
Golpea una de las piezas de cerámica y el sonido seco me hace dar un respingo.
—Guillaume... —intento decir algo, pero no sé qué.
Por primera vez la que se queda sin palabras soy yo. Solo quiero que deje de destrozarse así.
—¿Para qué seguir? ¿Para qué molestarse? Al final siempre... siempre acaba así.
Lo observo, mi corazón latiendo rápido, y siento que las palabras se me acumulan en la garganta, pero ninguna parece la correcta.
El silencio que sigue es brutal.
Pero no me quiero quedar quieta y hago lo único que se me pasa por la cabeza: lo abrazo. Guillaume se pone rígido ante la muestra de afecto, pero poco a poco me envuelve.
Aunque él está sentado y yo de pie, una oleada de sensaciones se me cuela bajo la piel. Su llanto se calma hasta dejar un reguero de hipidos que me recuerda a antaño y no puedo más que echar de menos esos momentos de complicidad entre los dos.
Cuando se acomoda mejor, su oreja se acopla en el hueco de mi pecho, como si estuviese escuchando el ritmo frenético de mis latidos. Y aunque suene extraño, me gusta. Me hace sentir que aunque con palabras no sé qué decir, este gesto es mucho más importante.
No sé cuánto tiempo estamos así, quizás sean segundos, pero para mí se torna una eternidad que no…
Espera. Doy un respingo al darme cuenta de que estamos demasiado cerca el uno del otro. Que esto está durando más de lo que pretendía y que…
Él parece notar mi cambio de actitud porque poco a poco se separa hasta que sus manos se quedan posadas sobre mi cadera y le veo esbozar una sonrisa.
—Saldremos de esta —le prometo, aunque no tenga ni idea de cómo solucionar nada.
Con alguna lágrima todavía rodándole sobre la mejilla, veo que mira a un lado y otro del desastre que ha formado en la tienda.
—Juro que lo recogeré todo.
—No te preocupes ahora por la maceta. Vamos a dar una vuelta y a despejarnos. Luego ya lo haremos.
Y allí estamos los dos, entre trozos de cerámica, un piano herido y las sombras de una noticia que ha arrasado con la calma de la tarde.