Guillaume
Todo está roto
Guillaume
El peso de las teclas bajo mis dedos es reconfortante.
Cada nota brota con la suavidad de una hoja al caer, llenando el local vacío con un eco cálido.
La tienda huele a lavanda y tierra húmeda, una mezcla peculiar pero tranquilizadora.
Me dejo llevar, tocando una pieza de Chopin que fluye como un suspiro.
El concierto de otoño sigue más presente que nunca siendo el faro al que me aferro mientras todo lo demás —la convivencia forzada, las redes sociales, las apuestas encubiertas del pueblo sobre nuestra derrota— queda en un segundo plano.
Respiro hondo con los ojos cerrados mientras mis manos vuelan por las teclas. Estoy aquí, en el momento, sintiendo cada acorde como si fuese una extensión de mí. Es un instante de armonía pura, de equilibrio. Me permito sonreír. Está siendo un buen ensayo.
Hasta que el móvil vibra sobre la tapa del piano. Sigo tocando, ignorándolo, dejando que la melodía acabe su ciclo natural. Cuando la última nota se desvanece, recojo el teléfono sintiendo el orgullo de haberlo hecho perfecto. Mi prima.
—Hola, Isabel —respondo con voz serena, todavía impregnada de la calma del ensayo.
Al otro lado, el silencio es breve, lo suficiente para que mi estómago se tense.
—Guillaume —titubea—, me acaban de llamar de San Petersburgo. El concierto de otoño... Lo han cancelado.
El mundo parece tambalearse.
—¿Qué? —mi voz refleja la incredulidad que siento por dentro.
—Lo siento muchísimo. El patrocinador principal se ha retirado. Dicen que no pueden seguir adelante sin la financiación. No hay concierto.
El teléfono casi resbala de mi mano. Me pongo de pie de golpe, haciendo chirriar el banco contra el suelo. El eco de la melodía anterior parece burlarse de mí, aún flotando en el aire.
—No, no... Isabel, ¿cómo que no hay concierto? —mi tono sube, quebrándose—. Llevamos meses preparando esto. No pueden... no pueden anularlo así como así.
—Sé que es una putada, Guillaume. Yo también estoy en shock .
La tienda, que hace un minuto era mi refugio, ahora la siento como una jaula. El aire pesa. Las macetas, las flores, el piano... Todo parece apretarme el pecho. Mis dedos, que antes danzaban con gracia, ahora tiemblan, crispados.
—¿Y qué hago ahora? —pregunto, la voz quebrada, el pánico reptando por mi garganta.
Silencio.
Cuelgo antes de que pueda responder. Necesito aire. Necesito gritar. Necesito... No sé ni lo que necesito en realidad.
Pero lo único que hago es quedarme allí, las manos clavadas en las teclas, como si pudieran salvarme de este vacío que de repente me envuelve.
No hay nada. No me queda nada de todo lo que he estado años construyendo con mi esfuerzo, con mis horas, con mis lágrimas. Pero ya no puedo más, ya no.
Lanzo el móvil contra el suelo y grito de rabia, de impotencia.
El sonido seco del golpe rebota por las paredes del local vacío de gente.
Estrello las gafas que uso para tocar contra la tapa abierta de la cola del piano, haciendo que una de las cuerdas vibre con un chirrido agudo y desgarrador.
El sonido me araña los oídos, pero no me detiene.
Que le jodan al piano, a las horas de ensayo, a los jurados que me negaron sus puertas.
Me tiro del cabello con ambas manos con tanta fuerza que los mechones se deslizan de la coleta que Mónica dice que me da ese aire sofisticado.
Ya no queda nada de sofisticado en mí ahora.
Solo quiero llorar, derribar el mundo, volver atrás.
Pero lo más jodido es que soy consciente de que seguiría los mismos pasos. Una y otra vez.
La gata, Amandine, ronronea desde su rincón en la estantería, observándome con esos ojos dorados que parecen juzgarme. No le presto atención. Ni a ella ni a nada. Solo siento este nudo hirviente en el pecho que amenaza con asfixiarme.
—¡Todo es por mi culpa!— escupo haciendo que mi voz retumbe más fuerte de lo que esperaba—. Mi culpa por pensar que podía manejar esto. Por creer que, por una vez, no todo estaba perdido.
Me giro sobre mis talones y le pego una patada a la banqueta del piano, que se tambalea y cae de lado con un golpe sordo. El piano, mi piano, me devuelve su silencio solemne, como si también me reprochara mi arrebato.
Mi culpa por aceptar esa jodida llamada que desató todo el resto.
Mi culpa por haber creído que podía escapar de la sombra de mi padre.
Mi culpa por cada vez que me dijeron que no era suficiente, que mi forma de tocar necesitaba más perfección, más precisión, más disciplina. La voz de mi profesor del conservatorio está resonando en mi cabeza: «La música no es arte, Guillaume, es matemática pura».
—¡Mi culpa por estar aquí! —bramo con la garganta ardiendo.
Por estar atado a esta tienda. A esta maldita herencia. A esta vida que no elegí.
Por estar atado a Mónica.
Mi pecho sube y baja demasiado rápido como para controlarlo. El sudor me resbala por las sienes. Siento que el aire no entra en mis pulmones. Todo da vueltas.
Entonces, sin saber cómo, mis dedos agarran una de las macetas de Mónica. Una de esas con flores que no sé ni nombrar, las que cuida con tanto esmero, con tanto amor. Las que riega mientras canta bajito y a destiempo con la música de fondo. Ya podía afinar de una puta vez.
—¡Y también su culpa!
El pensamiento me golpea más fuerte que cualquier sonido. Antes de poder detenerme, lanzo la maceta contra la ventana que da al jardín trasero.
El cristal estalla en una lluvia de astillas brillantes. La maceta, ahora hecha trizas, esparce tierra y tallos mutilados por el suelo.
El silencio que sigue es absoluto.
Mi respiración se convierte en un eco desgarrado.
Al mirar el desastre frente a mí, me doy cuenta de lo que acabo de hacer. Me dejo caer de rodillas al suelo y bramo en un llanto descontrolado. La he jodido. La he jodido en todos y cada uno de los días de mi vida.