Mónica
No hay nada como un buen chisme
Mónica
Las noches de verano tienen ese ambiente especial que siempre me calma.
El calor del día se atenúa conforme el crepúsculo se va formando, el aire es más ligero y las calles del pueblo, aunque están en pleno bullicio de gente pasando sus vacaciones, adoptan un ritmo más pausado.
Caminamos de regreso a casa, con las luces tenues de las farolas proyectando sombras suaves en el suelo.
Fina va a mi lado, hablándome sobre las nuevas recetas que ha probado para la próxima visita de sus nietos.
Mientras, Marcelo comenta el último chisme del barrio: su kiosco funciona más para la novela rosa de los vecinos que para las celebrities .
Sofía, en cambio, parece estar en una burbuja aparte. Sonríe mirando su móvil y de vez en cuando suspira haciendo que su mirada se torne más brillante si cabe. Al final, incapaz de contenerse más, suelta:
—Eun-Ji y yo hablamos todos los días. Me ha mandado un vídeo de su último desfile y ¿sabéis qué? ¡Me ha dicho que le gustaría venir al concierto de otoño de la tienda si todavía está por aquí el mes que viene!
—¿La influencer de moda de Seúl? —pregunta Marcelo arqueando una ceja—. ¿La que tiene más seguidores que habitantes este pueblo?
Sofía asiente radiante mientras yo niego con la cabeza. Marcelo es peor que una portera.
—¿Y no será solo un amor de verano? —bromea Fina con cariño.
—¡Pues claro que es un amor de verano! —responde Sofía, y las mejillas se le tiñen de un leve rubor—. O no. No sé. Hablamos de todo, no solo de moda, también de libros, de viajes… Es muy dulce. Y tiene un sentido del humor increíble.
La escucho mientras miro las ventanas iluminadas a lo largo de la calle. Cada casa parece un pequeño universo, con risas, luces y sonidos que se mezclan con la noche. Es como si cada uno tuviera su propia historia vibrando en silencio.
—¿Vas a invitarla a la tienda? —le pregunto con un tono suave.
—Si todavía está aquí en septiembre, sí —responde Sofía, soñadora—. Me dijo que quería ver más del pueblo, más allá de los clichés turísticos. Le hablé de las flores, de la música… Guillaume tocando el piano, tú con las plantas… Le pareció romántico. Todo le parece romántico.
—Parece una chica con buen gusto —bromeo haciendo que todos los demás se rían.
Cuando llegamos a la calle donde vivo, me detengo un segundo, respirando hondo. La noche tiene ese olor a jazmín y tierra húmeda, y la conversación de Sofía me deja una sensación cálida.
—Si viene, le preparamos una velada inolvidable —añade Fina, cómplice.
—Eso seguro —respondo, con una sonrisa tranquila mientras abro la puerta. El verano apenas empieza y las noches aún guardan muchas historias por contar—. Cambiando de tema, ¿qué tal va la puja de los vecinos, Marcelo?
En este instante, chincho a Marcelo para que confiese sobre la puja y saber quién ha ganado por el momento sobre el testamento. Además, quito un poco el foco de Sofía que parece agobiarse con tanta pregunta.
—Venga, Marcelo —le insto, poniéndome pillina mientras tamborileo los dedos en el brazo—. Guillaume y yo sabemos que lo sabes.
Fina se ríe entre dientes mientras Sofía, distraída mirando el teléfono, vuelve a suspirar con una sonrisa bobalicona. No me cabe la menor duda de quién ha sido ese último pling . Pero ahora mismo tengo otro objetivo: Marcelo y su habilidad para enterarse de todo.
—Yo no sé nada —responde, pero la curva traviesa en la comisura de sus labios lo delata.
—Vamos —insisto—, si ya escuchamos las apuestas en el kiosco en cuanto os enterasteis de mi mudanza. La del testamento tiene que estar por las nubes.
Marcelo carraspea y desvía la mirada hacia la plaza, donde algunas luces de las farolas tintinean.
—Dicen que hay dos grupos claros —empieza, por fin—. Los que creen que no aguantáis ni hasta el otoño y los que apuestan por Navidad.
Fina suelta una carcajada. Por mi parte niego con la cabeza.
—Que preparen sus monederos porque les vamos a callar la boca a todos.
—¿No hay nadie apostando a que lo consigan? —pregunta Sofía guardando el teléfono en el bolsillo trasero del short .
Marcelo se encoge de hombros.
—Hay un par de optimistas. Tu tía Berta ha puesto dinero a que llegáis a la primavera —comenta señalando a mi amiga.
—¡Hombre, qué detalle! —exclamo, soltando una risotada—. Una fan entre tanto aguafiestas.
—Vaya moral que hay por aquí —masculla Fina.
Al final, esta situación es hasta absurda.
Seguimos caminando, la noche nos envuelve con su brisa cálida y el aroma dulzón de las flores que asoman por las rejas de algunas casas. Hay un ambiente tranquilizador en este paseo, en esta rutina de risas compartidas y confesiones a medio susurrar.
—¿Y tu influencer —le pregunta doña Fina— cuándo viene a comer a casa?
Su sonrisa se tambalea un poco.
—De eso ni hablar —responde Sofía negando con la cabeza.
—Debemos conocer a quién te ha robado… —comienza a protestar.
—Ni. De. Coña —la corta Sofía.
Fina y yo nos miramos de reojo. Sabemos que está más pillada de lo que quiere admitir.
Y entonces, justo cuando estamos doblando la esquina hacia la tienda, un sonido seco nos congela a todos. El cristal roto resuena como un latigazo en la quietud de la noche.
Me quedo inmóvil, sintiendo el latido acelerado y una sensación de ahogo en el pecho.
—¿Ha sido... dentro? —susurra Marcelo.
Guillaume.