Guillaume
Las flores que nacen del caos
Guillaume
Aporreo las últimas notas en el piano y me frustro porque no consigo encontrar el equilibrio en el ritmo.
O mis manos van demasiado lentas o no logro sacarlo.
Aprieto los dientes y vuelvo a empezar desde el principio, pero la misma sensación de descontrol me invade y al final dejo caer las manos sobre las teclas con un sonido desafinado y abrupto que me chirría en las orejas.
Me paso una mano por el pelo, resoplando.
Es primera hora de la mañana y Mónica sigue durmiendo. Por suerte, esta vez he conseguido un piano eléctrico que tengo en mi dormitorio y me puedo poner auriculares para no molestar en mis noches de insomnio.
Pero ni así consigo calmarme. Agobiado, lanzo las partituras al suelo con la mala pata de que una de ellas se rompe por la mitad.
Frunzo el ceño y me inclino para recogerlas, intentando que no se desordenen demasiado.
Me siento en el suelo y suelto un suspiro mientras mis dedos juegan con el trozo de papel rasgado.
Un ruido me dice que Mónica se ha levantado y se ha metido en el baño.
Refunfuño. No quería despertarla, aunque a decir verdad no sé si he sido yo o no.
No quería que me viera así. No hoy. Pero entonces, mientras mis manos siguen doblando con frustración la partitura rota, me doy cuenta de que ha tomado una forma curiosa.
Como una flor. Me quedo mirándola, dándole unas vueltas entre los dedos.
Y de repente, se me ocurre una chorrada.
Con más cuidado, termino de doblar el papel hasta que consigo darle la forma de una pequeña flor. Una rosa pentagrafiada. No es la cosa más bonita del mundo, pero tiene su encanto. Al menos me ha sacado de mi nube de oscuridad, y eso siempre es bien.
Escucho el sonido del colchón cuando Mónica vuelve a la cama.
Es demasiado temprano para ella. Tiene sentido.
Ha tenido una semana de locos, sin parar ni un segundo con la floristería, la resaca postconcierto y los pedidos de decoración para eventos.
Y yo he estado tan metido en mis propias neuras que apenas le he hecho compañía.
Dejo la flor de papel a un lado y me pongo en pie con un propósito.
Si no puedo tocar bien el piano esta mañana, al menos haré algo útil.
Le voy a preparar el desayuno. Salgo de la habitación con pasos silenciosos y me dirijo a la cocina.
Enciendo la cafetera y saco pan y fruta.
Una comida sencilla pero que quede bonita: tostadas con mermelada, un café con leche espumoso y unas fresas cortadas en rodajas que coloco con cierto esmero en el plato.
Siento un pequeño alivio al hacer esto por ella.
Un gesto sencillo, pero necesario porque al final todos desayunamos.
Coloco la flor pentagrafiada en un pequeño jarrón improvisado junto a la bandeja y dejo una nota a su lado: «Voy al súper.
Luego ya me encargo de pasar la mopa y fregar los cacharros».
Agarro las llaves y salgo de la finca, respirando hondo el aire fresco de la mañana. Quizá, con suerte, cuando regrese, me sienta un poco menos frustrado.