La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Celebrando nuestro primer éxito

Mónica

Para celebrar el éxito de nuestro primer concierto, Guillaume y yo hemos decidido darnos un respiro y pasar el domingo entero en Alcúdia.

Hace un día espléndido, con el sol acariciándonos la piel y una brisa marina que nos refresca justo lo suficiente para que el calor no resulte asfixiante.

Paseamos tranquilos por las calles empedradas, entre fachadas de colores tierra y buganvillas que trepan por las paredes.

Hay un ambiente relajado, con turistas y locales disfrutando del día, de las terrazas llenas y de los aromas de pan recién horneado y café flotando en el aire.

—Es curioso —comenta Guillaume con esa sonrisa ladeada y sus gafas de sol redondas que me recuerdan a los guitarristas de rock —, pero a pesar de haber viajado hasta la otra punta de la Sierra de Tramuntana, nunca había venido aquí.

—Prepárate, porque hoy vas a descubrir una de mis zonas favoritas de Mallorca —le respondo con entusiasmo.

Nos detenemos en cada pequeño rincón que nos llama la atención. En una tienda de artesanía, me enamoro de unos pendientes de cerámica pintados a mano y Guillaume insiste en comprármelos.

En otra, nos quedamos un buen rato observando a un hombre tallar figuras en madera, hasta que el artesano se percata de nuestra fascinación y nos deja probar con sus herramientas.

Guillaume, siempre tan meticuloso, intenta hacer una pequeña clave de sol, pero termina pareciendo más un garabato.

Por supuesto, lo grabo para colgarlo más tarde en redes y hacer un pequeño vlog sobre nuestra aventurilla.

Yo, en cambio, ni siquiera logro que la madera no se me resbale de las manos. Terminamos riéndonos a carcajadas y comprándole al hombre un pequeño delfín tallado como recuerdo.

Antes de ir a comer, nos encontramos con una pequeña tienda de vestidos boho . Nada más entrar, siento que pertenezco a este lugar: las telas ligeras, los bordados delicados y los colores suaves que parecen sacados de un sueño veraniego.

—Tengo que probarme al menos tres —le anuncio a Guillaume.

Levanta una ceja en plan: «¿en serio?»

Como respuesta, fuerzo una sonrisa exagerada hasta enseñar todos los dientes y achinar los ojos para reforzar mi autodeterminación.

—Tres... seguro —murmura cruzándose de brazos—. Adelante, estrella de las flores. Sorpréndeme.

Me meto en el probador con un par de opciones, pero a medida que avanzo en mi elección, sigo encontrando más vestidos que quiero probarme.

Uno blanco con encaje, otro verde menta con mangas acampanadas, otro de lino con bordados florales...

Para cuando me doy cuenta, tengo una pila de al menos ocho prendas.

—Menos mal que solo… —empieza a gritar él detrás de la cortina.

—Shhh… —le ordeno callar antes de soltar una pequeña risilla.

Salgo con el primero, un vestido largo de color crema con tirantes finos y vuelo ligero. Guillaume asiente con aprobación.

—Me gusta. Te da un aire de diosa griega.

—¿Diosa griega o turista emocionada? —bromeo girando sobre mis esparteñas de tacón.

Vuelvo al probador y salgo con un segundo vestido, este de color lavanda con mangas vaporosas. Guillaume levanta una ceja.

—Este es peligroso. Si lo compras, tendremos que asegurarnos de que nadie más que yo te vea con él.

Pongo los brazos en jarras al escucharle.

—¿Y por qué solo tú, si se puede saber?

—Convivencia conjunta hasta mayo del año que viene, ¿recuerdas? —Hace una pausa para mirarse las uñas antes de seguir—. Si sales con él puesto y un alcudiano se enamora de ti, vas a romper las normas al mudarte tan lejos. Entonces convertiré la tienda en una cueva de música siniestra.

¿Si un alcudiano se enamora de mí? Sus palabras me sorprenden. Sí que es cierto que en estos últimos días Guillaume ha bajado la guardia y no está tan quisquilloso, pero ¿celoso de que alguien se fije en mí?

Un remolino se me forma en el estómago ante esa posibilidad y, aunque no quiero admitirlo, quizás, solo quizás Sofía tenga razón. Pero… Nah, no puede ser.

Río y sigo con mi desfile improvisado mientras niego con la cabeza ante su ocurrencia. Cada nuevo vestido provoca un comentario suyo, algunos más halagadores, otros ridículos sin más. Cuando me pruebo uno amarillo mostaza, pone cara de pocos amigos.

—Ese color no es para ti. Me recuerda a un mantel que tenía mi tía. Si hurgamos en el desván seguro que lo encontramos.

—¡Guillaume!—exclamo entre risas.

El verdadero caos llega cuando intento probarme un vestido de lino de una sola pieza, de esos que se anudan en la espalda.

Trato de colocármelo en el pequeño probador y, en algún punto, me doy cuenta de que he metido la cabeza por el lugar equivocado.

Ahora estoy atrapada, con los brazos torcidos y el vestido enredado como un ovillo de lana en un gato hiperactivo.

—Guillaume —murmuro tratando de salir del embrollo. —, necesito ayuda.

—¿Perdona? —responde desde fuera con tono divertido.

—Estoy atrapada.

Se escucha un suspiro teatral antes de que descorra la cortina unos centímetros. Solo asoma la cabeza, mirándome con los labios apretados para no reírse. Sus ojos, ahora libres de las gafas de sol, dicen todo lo contrario.

—¡No te rías! —le advierto.

—No me estoy riendo. —Su mirada brilla con demasiada diversión.

Me saca una foto a traición antes de troncharnos de la risa y terminar con dolor de brazo por lo apretada que llevo la tela.

Con paciencia y un par de momentos en los que me pellizca sin querer en su intento de ayudarme, logramos sacar mi cabeza del lugar incorrecto y anudar el vestido como se debe. Para cuando salgo, las vendedoras nos miran con una expresión entre curiosidad y diversión.

—Creo que nos vamos a llevar este —sentencia Guillaume, señalándolo—. Le ha costado tanto ponérselo que al menos debe servir para algo.

Termino comprándome dos vestidos, el lavanda y el terrible vestido de lino. Al salir, la risa floja todavía nos persigue.

El resto del día lo pasamos entre playa, helados y fotografías espontáneas. Cuando cae la tarde, nos sentamos en una terraza con vistas al puerto, compartiendo una copa de vino blanco mientras miramos el sol ocultarse en el horizonte.

—Hoy ha sido un día perfecto —susurro relajándome en la silla.

Guillaume me mira con una expresión pausada que no le había visto hasta ahora:

—Digamos que hay imágenes que no me podré sacar en años de la cabeza. —Se lleva una mano al pecho exagerando el dramatismo—. Si esta noche tengo pesadillas, espero que recaigan sobre tu conciencia.

Nos volvemos a sumir en una calma perfecta para terminar la semana.