Guillaume
El primer concierto después del desastre
Guillaume
Hoy por fin tenemos el primer concierto en la tienda de flores.
Por la mañana, hemos cerrado para colocar las sillas que hemos encontrado por toda la casa: un batiburrillo de estilos que va desde las de madera del altillo hasta un par de plegables que ni siquiera sabía que teníamos escondidas en el jardín trasero.
La verdad es que lo hemos solucionado en un momento y sin discutir mucho.
Salvo por alguna plantita que no he visto y he tirado sin querer.
No hemos hecho venta de entradas ni publicidad a lo grande. Todo ha sido muy íntimo y hecho en un santiamén. Por supuesto, Sofía ha dicho que ella se encargará de grabarlo y retransmitirlo en directo para nuestros fans.
Me siento un poco acojonado. Aunque cada vez son menos los abucheos que recibo por mi último concierto y nos cae poco hate , siento la presión de hacerlo bien a la primera.
Ahora estoy dando vueltas por el pasillo, esperando a que sea la hora y, sobre todo, a que Mónica decida salir de la habitación.
El piano ya está afinado a la perfección, las luces están atenuadas y las flores distribuidas de forma estratégica por cada rincón de la tienda, como si quisieran ser parte del espectáculo.
Todo está listo, menos yo. Las manos me sudan y, aunque hemos decidido que daré el concierto con un pantalón y una camisa de lino, siento como si la tela estuviese empapada en mi espalda.
Me paso la mano por el pelo una y otra vez.
Siento el sudor en la nuca y ese incómodo tic en el ojo que me acaba de dar por primera vez en la vida.
No debería estar tan nervioso, no es mi primer concierto ni mucho menos.
He tocado en auditorios, en cafés repletos, incluso en alguna boda al aire libre donde llovía a cántaros.
Pero esto... Esto es diferente. Es nuestro concierto. Y tenemos demasiado en juego.
Miro la puerta cerrada de la habitación de Mónica y suspiro.
—¿Vas a salir en algún momento o planeas hacer una gran entrada justo cuando toque la primera nota? —pregunto intentando sonar más relajado de lo que me siento.
No hay respuesta. Golpeo con suavidad la puerta con los nudillos.
—Mónica...
Por fin, la puerta se abre un poco y ella asoma la cabeza. Su pelo está libre y volátil, pero lleva ese vestido verde oscuro que siempre consigue que las palabras se me enreden un poco.
—Estoy buscando el broche de hojas doradas —se queja mientras rebusca en uno de los cajones de la cómoda que compramos hace unas semanas.
—¿El broche? —repito, incrédulo—. Mónica, en menos de quince minutos tenemos que empezar.
—Lo sé, pero sin el broche no me siento... completa.
Me río, aunque suene más como un jadeo nervioso.
—¿Completa? Vamos a tocar música, no a caminar por una alfombra roja. —Hago una pausa mientras doy un vistazo a una caja del tocador—. Es más, tú misma dijiste que esto era del chill .
Ella me fulmina con la mirada mientras sigue rebuscando en su mesilla de noche. Después de unos minutos que se me antojan eternos, saca el broche, triunfante, como si hubiese resuelto un misterio de gran envergadura.
—¡Ajá! Ya está. Estoy lista.
Coge un par de mechones de pelo y se los anuda con él para que no le caigan sobre la cara.
—Por fin.
Bajamos juntos las escaleras y al llegar al local, ya hay algunas personas sentadas: vecinos curiosos, algún turista despistado y Sofía con su móvil en alto, probando ángulos para el directo.
—A sonreír —me susurra Mónica rozando mi brazo con el suyo.
El estómago se me encoge aún más. El primer acorde está a punto de sonar, y no estoy seguro de si es más por el concierto o por una nueva sensación que se me instala en la boca del estómago al ver a mi compañera de piso.
Sonrío a todos los que van llegando mientras me acerco con calma al piano.
Suelto un largo suspiro cuando decido subir la tapa de las teclas y sentarme.
Antes de poner las manos sobre ellas, busco a Mónica con la mirada, que está justo en la entrada recibiendo a todo aquel que quiera vernos, y asiente para que empiece a tocar.
En ese instante, siento que nunca he estado menos preparado en mi vida.
Las teclas responden a mis dedos con una ligereza que casi me asusta.
La melodía fluye, suave como el agua de un arroyo en primavera, y cada acorde parece aligerar un poco el nudo en mi estómago.
Respiro hondo, dejo que el sonido del piano me envuelva y, por un momento, olvido las sillas mal combinadas, las plantas reubicadas a última hora y las luces que parpadearon antes de encenderse del todo.
El testamento que parecía una condena empieza a emocionarme de verdad.
El local se va llenando poco a poco. Lo noto más por las vibraciones del suelo y los murmullos que por levantar la vista, porque no quiero perder el ritmo.
Cada vez que alguien entra, siento una oleada de nervios —¿y si no les gusta?
, ¿y si piensan que esto es ridículo?, ¿y si me reconocen y empiezan a abuchearme?
—, pero las notas siguen saliendo, limpias y claras, dejando que el piano haga su efecto y me tranquilice.
Puedo ver de reojo a Sofía moviéndose por el fondo con el móvil en alto, grabando cada acorde.
Mónica, junto a la puerta, les sonríe a los recién llegados y les indica con una pequeña inclinación de cabeza dónde pueden sentarse.
Me siento como en el primer concierto que di, salvo que aquella vez estaba solo y en esta ocasión tengo a Mónica.
No sé por qué, pero su presencia hoy me transmite calma; cada vez que se me acelera el pulso cuando creo que no llego a una nota, la miro y la veo sonreír o asentir y me infunde una sensación de serenidad a la que no estoy acostumbrado.
Me hace sentir expuesto, pero en el fondo me gusta.
En un momento dado, cambio la melodía por una más animada, casi juguetona, y oigo algún que otro susurro divertido entre el público.
Eso me arranca una sonrisa. No puedo evitarlo.
Mis dedos se deslizan por las teclas, marcando un ritmo más alegre, y el ambiente también parece transformarse en una sintonía relajante.
Cuando termina la pieza, dejo que el último acorde se alargue hasta morir del todo. El silencio que lo sigue dura apenas un segundo antes de que empiecen los aplausos. Mi pecho se hincha, una parte de mí todavía no se cree de que haya gente aplaudiéndome en nuestro pequeño local de flores y música.
Mónica me lanza una mirada fugaz, su sonrisa se expande orgullosa por su rostro, y me doy cuenta de que estoy feliz. Nervioso, sí, con el estómago aún revuelto, pero feliz.
—Voy a tocar otra —anuncio, mi voz más firme de lo que esperaba.
Esta vez, al posar las manos sobre el piano, sé que lo hago no solo para ellos, sino también para mí. Porque después de dos meses por fin me siento en casa.