La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Una verbena asfixiante

Mónica

Cuando la noche cae, mi familia y yo ya hemos cenado con tranquilidad.

La mesa sigue ocupada por restos de pan, trozos de coca y copas a medio vaciar.

He notado, entre bocado y bocado, que Lluc no ha levantado la mirada del teléfono en toda la cena.

Apenas ha participado en las conversaciones sobre los niños, las vacaciones o las recetas familiares.

Mi hermana, en cambio, está más radiante que nunca.

—¿Está todo bien con Lluc? —le pregunto en voz baja mientras recogemos los platos.

Aina sonríe de oreja a oreja y asiente sintiéndose superorgullosa de lo que va a soltar.

—Está cerrando un trato con una empresa de las grandes —me responde con esa manera suya de remarcar «las grandes», como si esas dos palabras fueran un sello de prestigio..

Asiento, aunque en mi cabeza resuena un: «¿y no puede cerrar el trato mañana?». Pero me lo guardo. No es el momento y no quiero montar un pollo con su perfeccionismo.

Salimos todos a la calle poco después. Los niños corren delante de nosotros, persiguiendo las primeras chispas que vuelan desde las hogueras que ya arden en varios puntos del pueblo.

El aire huele a humo y a pólvora. Las risas y las voces resuenan por todas las calles de Valldemossa, mezclándose con las canciones populares que alguien ha puesto desde un altavoz.

La verbena de San Juan está en pleno auge.

Aina camina a mi lado más tiesa que un palo de escoba y vigilando que los niños no se desmadren más de la cuenta. Pero me fijo en su naturalidad para ser así. Parece que incluso con un vestido sencillo y unas sandalias cómodas, brilla más que nadie.

—He visto vuestra cuenta de redes —Aina deja caer el comentario sin dejarme responder con algún gruñido de aprobación —. Diez mil seguidores en menos de un mes. No está mal, aunque, con el ritmo que lleváis, os vais a quemar enseguida.

Me detengo un momento para encender una bengala, intentando que su comentario no me afecte más de la cuenta y termine por quemarme a mí.

—Vamos bien —respondo con una sonrisa tensa. —. Tenemos un plan y lo estamos siguiendo.

—¿Un plan? —Aina arquea una ceja—. Además de las redes, tenéis que mantener el negocio, organizar los eventos... cumplir con todas las normas del testamento. No quiero ni imaginar el estrés.

Mi mandíbula se aprieta un poco, pero intento mantener el tipo. Ella nunca ha sido capaz de ver que puedo conseguir las cosas por mi propio pie. Se le ha subido a la cabeza que María del Carmen la dejase como guardiana nuestra, y se cree, como siempre, con derecho a opinar. Mejor dicho, a juzgar.

—Nos organizamos —respondo con firmeza.

Ella suelta una risa suave para destensar el momento, pero ya solo con respirar el mismo aire, me crispo.

—Claro, claro —musita—. Oye, ¿y Guillaume? ¿Él también tiene un plan o solo improvisa?

El comentario me saca de mis casillas y, aunque intento disimular, me sale mal. Sé que lo dice con esa maldita sorna que siempre usa cuando algo le parece un juego de niños.

—Guillaume y yo estamos alineados —zanjo el tema, y me sorprende lo segura que sueno, a pesar del revoltijo de emociones que me bulle por dentro.

En ese momento, una explosión ilumina el cielo, y los primeros fuegos artificiales estallan en una lluvia de colores sobre nuestras cabezas. Agradezco el estruendo, porque durante un segundo, me da la excusa perfecta para no tener que responder a nada más.

Mientras miro el firmamento, la ansiedad me corroe por dentro y casi habría preferido quedarme en la tienda, embarrada hasta las cejas, que seguir aguantando a mi hermana.

Porque Aina, aunque me saque de quicio, tiene razón en algo: aún no tenemos todas las respuestas.

Y las normas del testamento no piensan darnos tregua.