Guillaume
Pensando demasiado alto
Guillaume
A media tarde, la hermana de Mónica, Aina, llega con su marido Lluc y sus tres maravillosos y ruidosos hijos.
Lo de maravillosos lo digo porque así es como Mónica los llama con sarcasmo, y empiezo a entenderlo ya que, ahora mismo, parecen un pequeño ejército de huracanes entrando por la puerta, desparramando mochilas, toallas y juguetes como si la tienda fuera un parque de atracciones.
Mónica, que hasta hace un momento trataba de escurrir una fregona empapada con más fuerza de la necesaria, se pone rígida, con una sonrisa tirante que parece a punto de desmoronarse.
—¡Hola! —exclama Aina, con esa energía inagotable que la caracteriza y ese tono de escepticismo tan peculiar.
Los niños ya están correteando alrededor del piano, lo que hace que se me acelere el pulso.
—Eh, ¡cuidado con eso! —grito tratando de sonar amable mientras bloqueo el acceso a las teclas con el cuerpo.
El más pequeño me mira con cara de querer descubrir qué pasa si golpea una de ellas con el puño. Le escudriño con los ojos en una mirada de «tócalo y te convierto en cuerda pinzada».
Mónica suelta la fregona y me mira de reojo cuando siento esa sensación de que alguien te observa.
—Ve a cambiarte —le murmuro—. Yo termino de mover los jarrones. Ya casi hemos sacado toda el agua.
—Pero… —empieza a decir cuando ve a uno de sus sobrinos estirando las hojas de una de las plantas del mostrador.
—Hazlo —insisto, más firme esta vez.
No quiero que estalle frente a su hermana. Ella me fulmina con la mirada, pero desaparece escaleras arriba. Me froto el rostro con las manos mojadas y me giro hacia Aina, que ahora inspecciona el lugar con una ceja arqueada.
—¿Ha llovido aquí dentro? —pregunta con los labios formando una delgada línea.
—Algo así —respondo, tomando el primer jarrón que encuentro y colocándolo junto a los otros, alejados del rincón que aún gotea.
Mientras muevo las plantas y los objetos más delicados, los niños siguen revoloteando por la tienda. Lluc, por su parte, está más pendiente del teléfono que de sus hijos. Respiro hondo. No puedo perder la paciencia. No ahora. Pero ¿cómo se puede estar tan pancho?
Cuando por fin coloco el último jarrón, Aina se cruza de brazos, observando cada rincón del local.
—La verdad —comenta con lo que parece un deje de asco en su voz—, me imaginaba algo más… organizado.
Suelto un suspiro quedo.
—Ha sido un día complicado. —Hago una pausa para revisar las escaleras un instante antes de seguir—. No seas muy dura con ella. Se está esforzando mucho.
Reconocerlo en voz alta me deja con una sensación extraña pero ligera en el cuerpo. En el fondo, por muchas riñas y excentricidades que tengamos, es cierto, nos estamos dejando la piel para que esto salga adelante.
—Querrás decir «nos» —puntualiza.
Justo entonces, Mónica baja las escaleras con el pelo que parece todavía húmedo y un vestido blanco que ondea alrededor de sus piernas. Por un momento, hay un silencio incómodo. O quizá soy yo el único que lo siente.
—¿Qué? —pregunta ella al mismo tiempo que sus mejillas se enrojecen al descubrir que la estoy mirando más tiempo del necesario.
—Nada —respondo con rapidez—. ¿Lista para la verbena?
Antes de que pueda contestar, uno de sus sobrinos tira del bajo de su vestido.
—Tía Mónica, ¿puedo tocar el piano?
Ahí vamos otra vez. Serán tocapelotas…
—No, corazón —comenta ella cogiéndole de la mano y llevándoselo hacia la puerta principal—. Quizás otro día. Por cierto, he dejado algunas macetas en el balcón de tu habitación, Guillaume. No las toques, quiero que se sequen al sol.
Antes de que salga, le guiño un ojo y asiento ante el cable que me ha tirado. De esta forma me doy cuenta de que está igual de preciosa que siempre y que esa sonrisa de felicidad sigue causando mella en mí.
Cuando veo que Mónica y su familia se van, me fijo en que Amandine, la gata, ronronea feliz y se coloca de un salto en su rincón favorito de la estantería, justo entre un libro de botánica que Mónica dejó abierto y una pequeña maceta con un esqueje de lavanda.
El silencio que deja la partida de su hermana, Lluc y los niños es una bendición caída del cielo.
—Por fin, Amandine —susurro, agachándome para pasar la fregona por enésima vez—. Ahora sí que estamos en paz.
La gata me mira con esos ojos ámbar y ladea la cabeza como si en realidad comprendiera la odisea de las últimas horas. Al menos alguien aquí tiene sentido común.
—¿Sabes? —sigo murmurando mientras arrastro las macetas más grandes lejos del charco persistente—. Mónica puede ser un torbellino, pero no sé cómo lo hace. Ha conseguido que sus sobrinos no me toquen el piano ni una sola vez. Eso ya es una hazaña.
Amandine cierra los ojos, ronroneando más fuerte, y yo lo tomo como un gesto de aprobación. Estoy colocando las macetas alrededor del instrumento, creando una especie de fortaleza improvisada para protegerlo del agua, cuando Sofía aparece sin previo aviso.
—¿Estás hablando bien de Mónica? —pregunta con una sonrisa socarrona mientras se apoya en el marco de la puerta—. Esto merece ser grabado.
Doy un respingo y casi dejo caer una de las macetas.
—No me jodas, ¿desde cuándo estás ahí? —pregunto sintiendo un nerviosismo extraño recorrer mi espalda.
—El tiempo suficiente como para oírte decir que Mónica es un torbellino, pero que hace «hazañas» —imita mi voz con un tono exagerado y se cruza de brazos—. Vaya, vaya, Guillaume. ¿No será que empiezas a apreciarla más de lo que admites?
—No digas tonterías —respondo, volviendo a concentrarme en el charco que se resiste a desaparecer—. Solo digo que tiene cierta habilidad para mantener el caos bajo control. Más o menos.
Sofía suelta una carcajada.
—¿El caos bajo control? ¿Estás seguro de que estamos hablando de la misma Mónica?
—¿Quieres ayudarme o solo has venido a cotillear? —gruño ofreciéndole otra fregona.
—Un poco de ambas —confiesa, pero la acepta y empieza a mover el agua hacia la trastienda—. Aunque admito que, a vuestra manera, hacéis un buen equipo.
Frunzo el ceño, pero no respondo. Me concentro en limpiar los últimos rastros de agua mientras Amandine, impasible, nos observa desde su rincón.
Sofía tiene razón, aunque no pienso afirmarlo. Mónica y yo somos como dos corrientes opuestas, pero, de alguna manera, hemos encontrado una forma de avanzar sin anularnos el uno al otro. Aunque a veces, más que avanzar, parece que solo estamos intentando no ahogarnos.