Mónica
Una avería por San Juan
Mónica
Cuando me levanto la mañana de la verbena de San Juan, lo primero que hago es ir a revisar mis plantas. Aunque todavía sigo pensando cómo Amandine ha subido a dormir conmigo ya que siempre lo hace en la camita de la trastienda, pero no le doy mucha importancia.
La rutina me calma: rociar las hojas, comprobar si alguna necesita un poco más de luz o menos agua…
Todo mientras pienso que hoy será un día tranquilo pero demasiado largo.
Mi hermana, su marido y sus tres hijos llegarán para pasar la vigilia aquí y se alojarán en mi antigua casa, por supuesto.
Ya me imagino el barullo, los niños correteando por las calles del pueblo y mi cuñado preguntando por el wifi y quejándose de la mala comunicación que hay en este rincón del mundo.
Mis pensamientos se disuelven cuando un líquido me empapa los pies descalzos. Parpadeo. Miro hacia abajo.
El agua cubre el suelo. Más bien el agua me llega a los tobillos.
No es una pequeña filtración ni un charco insignificante. El techo de esta zona está intacto. Algunas macetas pequeñas y ligeras flotan en ella, hay hojas por todas partes y lazos que adornan el desastre.
—¡Guillaume! —grito provocando que mi voz se quiebre entre el eco del espacio de la escalera.
No hay respuesta.
El agua sigue saliendo. No sé de dónde vendrá, pero hay un sonido constante de gorgoteo del que no me había percatado hasta ahora y que me pone los pelos de punta.
Corro hacia la trastienda, las plantas olvidadas, mis pies chapoteando como cuando era pequeña y saltaba los charcos en días de lluvia.
Rodeo el biombo que se cae al suelo y ahí está: una tubería rota escupiendo agua con furia contra la pared.
—¡Guillaume! —vuelvo a gritar, pero esta vez con más fuerza.
A los pocos segundos, lo veo aparecer con el pelo revuelto y sin atar, una camiseta vieja y cara de no haber procesado aún lo que está ocurriendo.
—¿Qué…? —empieza a decir.
Sus ojos se abren de par en par y sus labios se aprietan con fuerza hasta formar una ligera línea.
—¡La tubería! —señalo porque el desastre habla por sí solo.
Él reacciona al fin, pisa con fuerza el agua, resbala un poco y maldice. Abre el mueble donde guardamos las herramientas y saca una llave inglesa, como si eso fuera a solucionar el caos en un segundo.
—¿Dónde está la llave de paso? —pregunta, apremiante.
—¿Cómo voy a saberlo? —respondo, agitada, mientras niego con la cabeza—. Se supone que tú eres el organizado.
—¡No sé dónde están las llaves de esta casa! —gruñe forcejeando con la tubería como si pudiera cerrarla a mano.
El agua sigue brotando, extendiéndose por el suelo, acercándose al piano, donde ya cubre los pedales.
—¡El piano, Guillaume! —exclamo, ya que parece que él no ha reparado en eso.
Aunque por un lado a veces lo maldiga por estar hasta los fines de semana tocando aquel instrumento del diablo, me siento muy responsable ahora mismo.
—¡Lo sé, lo sé! —responde en lo que parece un gruñido gutural.
Deja caer las herramientas y se sujeta el cabello para poder ver con tranquilidad sin que se le caiga en medio de la cara. Me pongo a buscar con desesperación por las esquinas del local, levantando alfombras mojadas, abriendo puertas que chirrían.
La puerta de entrada suena. Es Sofía.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta con los ojos como platos.
—¡Inundación! —chillo, y siento que la desesperación me sube por la garganta.
Guillaume se gira a ella como si fuera su salvación.
—¿Sabes dónde está la llave de paso?
—¿La qué?
El suelo sigue cubierto de agua bajo mis pies mientras intento mantener el equilibrio, los cubos de agua de las rosas flotan entre el mobiliario y cada vez que Guillaume pisa fuerte para moverse, el agua salpica a nuestro alrededor como si estuviéramos en medio de una tormenta.
Nuestra amiga se fija en la fachada antes de entrar y por unos instantes desaparece de mi visión. «Qué gran ayuda», pienso. Escucho ruidos que me hielan la sangre, creo que la finca está a punto de colisionar.
—¡Aquí! —grita Sofía desde fuera, señalando una pequeña placa metálica oxidada a un lado de la fachada—. ¡Es la llave de paso!
Guillaume se lanza hacia ella, resbalando pero sin perder la compostura. Yo me muevo hacia donde están ellos y empiezo a llenar cubos y vaciarlos sin tregua, pero cada vez que vuelvo a sumergirlos, el agua parece haber subido un poco más.
—¡Date prisa! —le grito con la voz quebrada por la desesperación.
—¡Estoy intentándolo! —responde él, forcejeando con la llave que parece no haberse movido en años.
Sofía se agacha junto a él, sujetando la placa para que no se cierre de golpe, mientras que Guillaume empuja con todas sus fuerzas. Por fin, suena un crujido metálico y la manecilla intuyo que cede. El agua deja de brotar, pero el desastre ya está hecho.
—Genial —resoplo, apoyándome contra la pared y pasando las manos por la cara empapada—. Ahora solo queda lo peor.
—Achicar el agua —remata Guillaume, con una expresión tensa.
—Sí —responde Sofía con una sonrisa sacando el teléfono—, pero esto se merece una foto y unos vídeos mientras os ponéis manos a la obra.
Tendrá morro, la jodida.
—¿Tú no piensas ayudar? —Soplo un mechón de pelo que me ha caído frente a los ojos.
—Alguien tiene que documentarlo todo —hace una pausa dramática— por el bien de la herencia.
Nos quedamos unos segundos en silencio, con el eco de las gotas cayendo de nuestras ropas al suelo, antes de reírnos por la ocurrencia alocada de mi amiga. Guillaume, siempre eficiente, ya ha cogido una fregona y un par de trapos, repartiéndolos como si fuéramos un equipo de limpieza profesional.
—Mi hermana llega en menos de dos horas —murmuro, más para mí que para ellos.
—¿Y? —pregunta Guillaume moviendo la fregona, que no sirve para mucho.
—Que es perfecta. Todo tiene que estar en orden —replico, agachándome para absorber el agua con un trapo empapado—. No puedo dejar que vea esto.
—¿Perfecta cómo? —insiste él.
—Perfecta como en: ‘Hola, soy Aina, madre de tres hijos impecables, con una casa reluciente y una vida de ensueño’. Esa clase de perfección.
Guillaume suelta una carcajada amarga.
—Quisquillosa es, pero esto no es culpa tuya —responde dejando el mocho y cogiendo un cubo para sacar el agua más rápido—. Tendrá que aguantarse.
—No suena a un plan que tenga ella en mente —responde Sofía por mí.
—No tienes ni idea —resoplo escurriendo el trapo en el cubo.
El agua parece interminable. Guillaume trabaja en silencio, sus movimientos calculados y casi furiosos son de gran ayuda. Mientras, Sofía murmura planes sobre ventilar el lugar y evitar que el olor a humedad lo invada todo.
—Esto tiene que estar seco antes de que ella ponga un pie aquí —me repito como un mantra.
Me pongo a sacar macetas a la calle para salvar las plantas que han quedado afectadas.
—Tranquila, Mónica. Lo arreglaremos —responde Sofía con su tono calmado.
Pero Guillaume solo me lanza una mirada cargada de escepticismo antes de volver a empujar la fregona con más fuerza.
Mi hermana no puede ver esto. No puede ver que estoy luchando por mantener mi vida a flote mientras ella sigue siendo la imagen de la perfección.
El agua sigue corriendo por las rendijas del suelo, como un recordatorio implacable de que la tormenta aún no ha terminado.