La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Buscando el repertorio

Guillaume

—Es muy lúgubre para un concierto de verano.

Levanto la mirada de las teclas y allí está Mónica, con las manos cubiertas de tierra y una regadera goteando en el suelo de madera. Su ceja arqueada es la personificación de la crítica. La melodía, suave y melancólica, muere entre mis dedos.

—Es una pieza clásica —respondo seco para zanjar el tema.

—Es deprimente —insiste ella dejando la regadera sobre el mostrador de la tienda.

Resoplo. Llevamos toda la mañana así. Dos días para San Juan y, aunque la fecha del concierto esté fijada para el 15 de julio, parece que hay una necesidad urgente de planificar todo al dedillo.

Me cruje el cuello mientras flexiono los dedos y comienzo a tocar otra pieza, algo más animado pero no lo suficiente para ella, al parecer.

No tarda ni dos minutos en empezar a mover las macetas pesadas de la entrada para reubicarlas.

Una, dos, tres… El sonido de la cerámica arrastrándose contra la madera hace que pierda los nervios.

—¿De verdad tienes que hacer eso justo ahora? —pregunto, apretando los dientes y sin dejar de tocar.

—¿De verdad tienes que tocar eso justo ahora? —responde ella igual de rápido y usando las mismas palabras.

Pongo los ojos en blanco antes de ponerme en modo pataleta de niño haciendo sonar una serie de notas discordantes. ¿Que es infantil? Sí. ¿Que me importa? Ni de coña.

—¡Guillaume! —exclama girándose con brusquedad y salpicando agua de una maceta a la alfombra.

Sonrío con fingida inocencia. Ella aprieta los labios y yo retomo una melodía que, admito, suena como el comienzo de una marcha fúnebre.

—Te odio —murmura volviendo a sus plantas.

—¿Ah, sí? Pues a tus begonias les encanta mi arte.

—Se están marchitando por tu culpa.

La tensión vibra en el aire, no de una manera desagradable, sino como esas chispas que surgen cuando dos polos opuestos se acercan demasiado.

Yo toco más fuerte; ella mueve las plantas más rápido.

Y así seguimos un rato, cada uno ocupando su espacio, cada uno intentando sobresalir por encima del otro.

Entonces, sin previo aviso, empiezo a tocar una melodía más suave, un vals sencillo que encaja con el ritmo del agua al caer de su regadera. Mónica frena y, sin girarse, comienza a tararear.

—Esa sí me gusta —murmura sonriendo.

—Vaya, todo eso que hemos conseguido.

Ella se vuelve, apoyándose en el marco de la puerta, con una sonrisa ladeada.

—Tal vez deberíamos ensayar juntos alguna canción para el concierto. ¿Qué te parece?

Mis dedos se detienen sobre las teclas. El eco de su propuesta me desarma un poco. Compartir escenario, compartir más cosas que esta absurda convivencia forzada…

—¿Podríamos? —pregunto sin entenderla mucho.

Y aunque intento sonar neutral, la idea no me desagrada del todo.