La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Limpieza por casa que nunca falle

Mónica

Una vez cierro la tienda al mediodía y me aseguro de que las flores están bien regadas y las luces apagadas, subo al piso superior con una sola cosa en mente: limpieza general.

Esta semana me toca a mí. La semana pasada fue el turno de Guillaume, aunque él siempre acaba barriendo o fregando más de la cuenta.

Me da la sensación de que lo hace a propósito, como si le relajara más de lo que quiere admitir, y yo no me voy a quejar.

Pero hoy no. Hoy soy yo la que se pone la banda sonora del día y me adueño del escenario.

—¡Eso por freír sin tapa, pianista rebelde! —le grito al aire mientras me río sola y saco una foto para los stories .

Sigo con la escoba en la mano y me deslizo al compás de la canción que empieza a sonar: una versión acústica de I Want to Break Free .

Me río al pensar que el destino se ríe conmigo: sí, quiero liberarme ¡de las pelusas bajo el sofá!

Canturreo con voz impostada mientras barro, sintiéndome la protagonista de un musical doméstico.

—¡Guillaume, prepárate para encontrar tu calcetín perdido! —anuncio al aire triunfal, cuando la escoba tropieza con uno bajo el sillón.

El salón es siempre mi punto débil. No porque esté demasiado sucio, sino porque me distraigo con facilidad.

Veo los libros apilados en la mesita, los cuadernos de bocetos abiertos y los posavasos con frases graciosas que compramos en el mercadillo del sábado y me detengo un instante a hojear uno de los blocs.

Tiene un dibujo a medias. Una flor. Y junto a ella, en lápiz, una nota:

«para M».

Me quedo un momento en silencio, apretando los labios en una sonrisa suave, y luego vuelvo a lo mío. Paso el plumero por la estantería y tengo que resistirme a reorganizar todos los libros por colores. Otro día. Hoy tocan tareas productivas, no perderme en el mundo de lo estéticamente perfecto.

Conforme avanzo hacia el baño, cambio de canción. Ahora suena una balada romántica que me hace girar sobre mí misma con la fregona como si fuera mi pareja de baile.

Empiezo a tararear mientras echo el producto de limpieza en el cubo y remojo la fregona. El suelo está frío bajo mis pies descalzos, pero me da igual. Estoy en mi salsa. El baño huele a limón y menta y todo empieza a relucir. Me encanta este momento en que todo parece nuevo otra vez.

Cuando vuelvo al salón para repasar el polvo de la tele que se me había olvidado, me detengo. Paso el paño con cuidado, dejando todo brillante.

El horno pita. He metido pan congelado para acompañar la comida que dejé lista antes de bajar a abrir la tienda. Todo está casi en su punto. Miro alrededor y sonrío con las mejillas enrojecidas por el esfuerzo, el corazón contento y la música todavía sonando de fondo.

Al final llego a su dormitorio y me sorprende la cama medio hecha.

Guillaume ha debido levantarse tarde y ha intentado de estirarla, aunque claramente lo suyo no son las esquinas.

Una sonrisa burlona se me escapa. Me acerco, la rehago como a mí me gusta, con las almohadas mullidas y bien colocadas.

Luego paso el plumero por el cabezal, por la cómoda y me paro un segundo delante del espejo.

Paso la escoba para retirar alguna que otra pelusa. Cuando llego al pequeño escritorio y barro por debajo, me doy cuenta que hay unos papeles que se le han caído. Me agacho para cogerlos. Parecen documentos oficiales.

Antes de que pueda leer lo que pone, escucho la llave girar en la puerta. Me apresuro a dejarlos sobre la mesa y salir del cuarto.

El corazón me martillea como si me hubiesen pillado haciendo algo malo.

—¿Mónica? —llama Guillaume, riendo—. ¿Dónde estás?

—Aquí —respondo con voz fingida mientras me acerco a las escaleras—. Aunque más bien soy una especie de hada del orden que ha venido a rescatar este castillo de las garras del caos.

Él se asoma con una sonrisa cómplice y me observa de arriba abajo, sudada, despeinada, con la escoba aún en la mano y el plumero bajo el brazo.

—Estás… Sí, pareces un hada del orden —se apresura en corregir lo que sea que iba a soltar cuando llega a media escalera—. ¿Te contrato por tiempo indefinido?

—Va a ser que ni de coña —le contesto entre risas mientras le doy la escoba—. Es más, ahora tú te encargas de la cena.

—Pero si huele a comida ya hecha.

—Yo cociné, limpié y dejé la lavadora puesta. Lo justo es que tú pongas la mesa y sirvas el vino.

Se ríe y se rinde.

—Sí, hada del hogar. Lo que usted mande.

Mientras él se aleja tarareando, yo me dejo caer en el sofá, agotada pero contenta de haber dejado todo en orden. A pesar de todo, de las discusiones, del caos, de las listas de tareas y de las semanas alternas, estamos construyendo algo real. Día a día.

Canto a media voz la canción que suena ahora y cierro los ojos un momento. En ese instante algo me viene a la cabeza. ¿Qué serán esos documentos oficiales que he visto en su habitación?