La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Un sábado con mi prima

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Desde que aterricé en Mallorca he evitado ciertos encuentros.

No porque no quisiera ver a Irene, sino porque sabía que verla sería como mirar de frente todo lo que dejé en pausa: mi carrera, mis compromisos, mis giras, mis notas aún flotando entre los muros del conservatorio.

Hoy, sin embargo, no hay excusas que valgan.

Hemos quedado en Palma, frente a la catedral, justo al mediodía.

La ciudad siempre ha sido una mierda para encontrar aparcamiento, y lo sabemos.

Desde que hicieron la remodelación del casco antiguo y pusieron las calles peatonales, casi no se puede dejar el coche en la calle.

Y eso es lo que me está pasando ahora, que no hay ni un puto puesto donde dejar el coche.

—¿Por qué demonios es tan difícil aparcar en esta ciudad? —refunfuño, dando vueltas por lo que parece la cuarta vez.

Aprieto el volante, tenso. La ansiedad se me cuela por la ventanilla abierta junto con el olor a mar. Indignado y cabreado, al final decido dejarlo en un parking cerca del centro.

Cuando finalmente encuentro un hueco, apenas cabe el coche.

Es una de esas plazas con columna que son demasiado pequeñas y te quedan en el ángulo muerto.

Maniobro como puedo y dejo el coche mal pero aparcado, que ya es algo.

Camino rápido, intentando sacudirme el sudor de la frente. Al menos lo he conseguido.

Cuando llego a la plaza, Irene ya está allí, apoyada contra la verja de la catedral, con unas gafas de sol enormes y un vestido de lino que se mueve al ritmo del viento. Me sonríe cuando me acerco.

—¡Te has superado, Guille! Solo media hora tarde —bromea mientras me da un abrazo reconfortante—. Ya pensaba que me habías dejado plantada.

—Lo intenté, créeme. Pero no había escapatoria —le contesto, medio en broma medio en serio.

Nos miramos un segundo y ambos sabemos que bajo las pullitas hay una tensión extraña entre nosotros.

—¿Vamos a comer? —propone.

—Llévame a algún sitio que no haya cambiado, por favor.

Terminamos en la vieja taberna donde solíamos colarnos cuando teníamos diecisiete. Aún huele igual: a pan caliente, a aceite de oliva y a recuerdos. Nos sentamos junto a la ventana. Irene pide sin mirar la carta.

—Dos pa amb oli , uno con jamón y otro con queso. Y una botella de agua con gas —le ordena al camarero.

—Como si el tiempo no hubiera pasado —comento apoyando los codos en la mesa. Dibujo una sonrisa cargada de nostalgia.

Ella me clava la mirada.

—Sí ha pasado. Y mucho. Mira, voy a ir directa: desde que decidiste quedarte en la finca y montar tu negocio con Mónica, has perdido tres patrocinadores.

Y la gira europea está oficialmente cancelada salvo un concierto en octubre en Lyon, que no consigo que te confirmen ni cambiar de fecha porque nadie me responde.

Trago saliva. No esperaba que empezáramos por ahí. Claro que a Irene siempre le ha gustado ir directa al grano. Es muy maja y sociable, pero al final es demasiado hueso cuando se trata de temas importantes.

—Lo sé. Me lo imaginaba —admito, bajando la mirada a la mesa—. Irene, lo siento. Sé que esto no es lo que planeamos. Pero necesitaba parar. Necesitaba aire. La música por sí sola ya no era suficiente. No cuando me estaba rompiendo por dentro.

—No te estoy culpando, Guille. Solo estoy preocupada. ¿De verdad estás bien?

Asiento, pero es un gesto lento, meditado.

—Estoy aprendiendo a estarlo. Mónica me está enseñando, aunque no lo sepa.

La mención de su nombre hace que Irene levante una ceja.

—Así que convivencia, ¿eh? ¿Cómo va eso?

Suelto una risa sarcástica.

—¿Quieres la versión bonita o la real?

—Dame la jugosa, por favor, y no te dejes ni un detalle.

—Es complicado. Tiene una gata que me odia a ratos y me ama a otros.

Me deja pelos por todas partes. Y Mónica...

Bueno, es un terremoto desorganizado. Una mañana me levanto con flores por todo el fregadero, al día siguiente hay partituras por el suelo.

Nos estamos acoplando. Chocamos. Pero también nos reímos.

Y hay ratos, los mejores, en los que nos entendemos sin palabras.

Irene sonríe con ternura.

—Suena a convivencia real. No de postal.

—Exacto. No es perfecta. Pero es... viva.

—¿Y tú? ¿Sigues componiendo?

—Cuando no estoy frustrado, sí. A veces me despierto en mitad de la noche con una melodía en la cabeza. Y otras veces no consigo encajar ni una sola nota. Al menos ahora tengo motivos para componer que no son los de antes.

—¿Y el concierto de octubre?

—No lo sé, Irene. No quiero decir que no, pero tampoco puedo decir que sí. Si voy, quiero hacerlo bien, sentirlo de verdad.

Ella asiente, seria.

—Lo entiendo. Solo necesito que me lo digas en algún momento para poder ayudarte, para que no tenga que perseguirte por toda Europa.

Reímos los dos y, por un momento, siento que todo va a estar bien. Aunque esté lejos del escenario, aunque mi nombre no esté en carteles luminosos, mi interior ha encontrado un lugar donde echar raíces.

—Gracias por seguir ahí —le confieso de pronto.

—Siempre, tonto. Soy tu prima, tu representante y tu fan número uno. Aunque seas un desastre a veces.

El camarero nos sirve los platos y el pan cruje cuando lo corto. Irene se relaja. Yo también.

—Oye —llamo su atención—, ¿tú qué tal con ese tío? Emmm… ¿Joan?

Mi prima se echa a reír mientras deja los cubiertos en el plato cuando ha terminado.

—Eso fue un rollo de fin de semana. Nada importante.

—¡Oh!

No entiendo el amor moderno. Siempre me he considerado un clásico en este ámbito, o sea, no un machista de la mujer en casa y tal, pero nunca me ha llamado eso de un amor en cada puerto ni las relaciones abiertas.

Cuando he querido a alguien, siempre me he sentido a gusto con una sola relación a la vez.

Entre confidencias y nostalgia, los dos terminamos de pasar la tarde juntos.