La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Empiezan las apuestas

Mónica

Si algo no ha cambiado son los desayunos en la cafetería de Clove.

El aroma a café recién hecho y las tostadas crujientes siguen siendo la mejor manera de comenzar el día, aunque ahora con un toque añadido: las charlas a cuatro voces que resuenan por la pequeña terraza.

Sentada junto a Sofía y doña Fina, saboreo mi capuchino mientras deslizo el dedo por la pantalla del móvil.

—Diez mil seguidores —anuncio con una sonrisa radiante, levantando el teléfono para mostrarles nuestro pequeño triunfo—. ¡En menos de un mes! Y ni un solo comentario de odio por ahora.

—Porque sois encantadores —añade Sofía con una risita mientras unta mermelada de higo en su croissant —. La gente adora las historias peculiares. Una florista y un pianista obligados a convivir. Es como una de esas comedias románticas, pero con buen gusto.

Doña Fina entrecierra los ojos, dándole un sorbo a su té. Por mi parte los hago rodar frustrada. El shippeo que tiene mi amiga entre Guillaume y yo no es ni medio normal.

—No os confiéis, los haters siempre acaban saliendo cuando menos te lo esperas —nos señala Fina con la cucharilla para advertirnos—. El vídeo de Guillaume etiquetando los tarros de semillas de la semana pasada es pura fantasía.

No puedo evitar reírme. Fue un reel espontáneo, capturando a Guillaume en plena misión organizativa con cara seria mientras pegaba etiquetas alineadas con minucioso cuidado en cada bote y me enseñaba la mejor manera de hacerlo. La gente lo adoró.

—Es que él tiene ese aire de «todo tiene que estar en su sitio» que a la gente le encanta —bromeo, guiñándole un ojo a Sofía.

—Menos a ti —me apuñala ella con una ceja alzada.

Abro la boca para protestar, pero Guillaume, que hasta ahora había estado más callado, removiendo su espresso , por fin habla. Estos desayunos se han convertido en un chequeo de que seguimos con el trato supervisado por mi antigua vecina.

—Alguien tiene que mantener cierto orden —su tono es neutral.

Las comisuras de sus labios tiemblan un poco y por unos instantes dudo si va a sonreír o a regañarme por haber dejado el tapón de la pasta de dientes sin colocar.

—Por cierto —comenta Sofía—, ahora que ya tenéis una comunidad considerable, deberíais empezar a pensar en cómo capitalizarla. Ya sabéis, colaboraciones, productos... ¡Incluso podríais hacer directos mientras Guillaume toca el piano y tú compones ramos de flores!

La idea me hace abrir los ojos como platos.

—¡Eso sería genial! Podríamos hacer algo como «Flores y notas». Yo preparo arreglos mientras él toca. ¿Qué opinas, Guillaume?

—¿Puedes dejar de meterle título a cada cosa que pienses? —murmura a regañadientes.

Es un pequeño toc que tengo. Es como si ponerle título lo hiciese todo más real aún.

—Céntrate —le regaño.

Él ladea la cabeza, pensativo, y por un segundo temo que vaya a echar por tierra la idea con uno de sus discursos sobre «seriedad y profesionalidad». Pero, para mi sorpresa, solo dice:

—Podría funcionar, siempre que no interrumpas mis ensayos.

Doña Fina suelta una carcajada ronca.

—Esa es su manera de decir que le gusta.

El ambiente se llena de risas y por un momento siento que todo encaja: las redes sociales, el negocio, la convivencia caótica pero divertida con Guillaume. Puede que esto aún esté en sus primeras fases, pero la energía es contagiosa.

—Vale, entonces, ¿empezamos este domingo con el primer directo? —pregunto con emoción.

Sofía asiente entusiasmada y doña Fina nos lanza un «yo os veré desde casa» mientras Guillaume, sin decir nada, da otro sorbo a su café. Solo, negro, amargo… como su alma, vamos.

Pero hay algo en su silencio que esta vez, por extraño que suene, me parece menos distante y mucho más... prometedor.

Un poco más tarde y de camino a la floristería, pasamos cerca del kiosco con la mala suerte de que escuchamos la conversación entre Saúl, Marcelo y un par de vecinos más.

Guillaume y yo no decimos nada, nos quedamos a una distancia prudente, fingiendo que miramos la portada de una revista mientras las palabras flotan en el aire.

—Yo digo que dos meses —afirma uno de los vecinos con toda la seguridad del mundo.

—¿Dos meses? —se burla otro—. ¡Una semana más y punto! ¿Has visto cómo se miran? Como el gato y el ratón. Eso no llega ni al sábado que viene.

Guillaume a mi lado suelta un suspiro tan profundo que casi lo confunden con el viento.

Yo, en cambio, tengo que morderme el labio para no reírme.

Hay algo en la seriedad de sus apuestas que me parece tan absurdo como divertido y no me puedo creer que tengamos a todo Valldemossa viciado a nuestras aventuras y desventuras.

—Pues yo digo que cumplirán el plazo —añade Marcelo—. No sé, Mónica tiene pinta de aguantar. Pero él…

—Él parece a punto de estallar —remata Saúl.

Casi me atraganto con mi propia saliva ante la ocurrencia. Giro la cabeza poco a poco hacia Guillaume, que tiene la mandíbula tensa y las manos metidas en los bolsillos, además de una mirada de pocos amigos que fulminaría a cualquiera que pasase por ahí.

—¿Te han llamado dinamita? —le susurro, divertida.

—No. Y pienso darles el gusto de escucharme ahora mismo y decirles que…—contesta con los dientes apretados.

—Tú no vas a decirles nada —afirmo, tapándome los labios con la mano para que no me salga cualquier barbaridad.

No puedo evitarlo, su expresión ceñuda y lo mucho que intenta mantener la compostura me arrancan una risita. Él me lanza una mirada de advertencia, pero eso solo consigue que la risa se me escape más fuerte.

—Están apostando sobre nosotros, Guillaume —susurro—. ¡Sobre cuánto tiempo duraremos! Es como un reality show .

—Me alegra que te haga gracia —cuchichea él, más seco de lo habitual.

—Un poco, sí.

—Pues a mí no —añade él tajante..

El momento se vuelve más intenso cuando uno de los vecinos cotillas continúa:

—De todos modos, lo que más me intriga es cómo piensan hacer funcionar esa mezcla rara de floristería y… ¿qué era lo otro? ¿Música? ¿Conciertos? Suena a receta para el desastre.

—Bueno, a veces las recetas raras sorprenden —comenta Saúl, encogiéndose de hombros—. El otro día probé a hacer churros con chorizo y…

Me planto las manos en las caderas al escuchar la última idea culinaria del ayudante del kiosquero y miro a Guillaume con una sonrisa traviesa.

—¿Qué te parece si les damos una sorpresa? —le propongo, guiñándole un ojo y ladeando una ancha sonrisa.

—¿Cómo cuál? —pregunta él, mirándome con desconfianza.

—Demostrarles que no solo vamos a durar más de una semana, sino que vamos a montar el negocio del año.

Su ceño fruncido se suaviza solo un poco, lo suficiente para que me dé cuenta de que he tocado un punto débil: su orgullo.

—Perfecto —concluye poniendo los ojos en blanco—, pero si vamos a hacerlo, lo haremos bien.

—¡Hecho! —respondo con una sonrisa enorme.

—Tenemos que ponernos las pilas con el evento.

Mientras nos alejamos del kiosco, ya estoy pensando en todas las formas posibles de dejar a esos vecinos cotillas con la boca abierta.