Guillaume
Nuevas ideas que no terminan de encajarme
Guillaume
Para cuando junio asoma, la floristería empieza a ser un caos de gente que viene y va.
El calor parece haber despertado a todo el pueblo y con él a los turistas que comienzan a invadir las calles empedradas, las terrazas de las cafeterías y, por supuesto, nuestro local.
Para ser sincero, no entiendo que los guiris decidan llevarse flores.
Lo más normal sería el pan de patata o las ensaimadas, pero ¿plantas?
No lo entenderé nunca, y eso que ya me lo advirtió Mónica, pero creí que era una exagerada.
Al final, conseguimos trasladar el piano a la parte trasera del local, justo en un rincón demasiado apartado de los curiosos para asegurarme de que nadie le ponga la mano encima o se hagan los graciosos intentando simular el famoso Claro de luna .
Mónica insistió en poner una especie de biombo con hojas secas —según ella, para crear un ambiente acogedor—, pero lo único que hace es acumular polvo y me da más sensación de claustrofobia que otra cosa.
Lo peor de todo es que ya no puedo ensayar mis diez horas diarias.
Apenas consigo sacar dos, a veces, tres, si tengo suerte y no hay alguien rondando cerca durante el mediodía, intentando asomarse entre las plantas para ver qué estoy haciendo.
El sonido del piano ya no resuena como antes; ahora se mezcla con el timbre de la puerta, las risas de los clientes y las conversaciones que Mónica mantiene con todo el mundo.
Porque, claro, ella tiene que ser el alma del negocio.
A mí no me queda nada más que joderme. La chica que saluda a todos, que recuerda nombres y que siempre tiene un comentario ingenioso a mano me saca de mis casillas siempre que puede. Incluso en redes.
Esta mañana, mientras intentaba repasar una pieza para el concierto de otoño —si es que llego a tiempo para prepararlo y no me lo cancelan a última hora—, un grupo de tres mujeres mayores entró y se quedó mirando cómo deslizaba los dedos sobre las teclas haciendo que la melodía sonase como por arte de magia.
Una de ellas incluso le hizo una foto. Mónica, como si fuera lo más normal del mundo, se acercó sonriendo.
—¿A que lo hace bien? —comentó con ese tono ligero y encantador suyo—. Es Guillaume, un pianista profesional.
Me quedé helado. No quiero ser el espectáculo de nadie, mucho menos una atracción más en este desfile de curiosos. Pero la calidez de sus palabras me ablandó un poco el corazón de hielo.
Después de que las mujeres se fueran, le pedí a Mónica que no hablara de mí como si fuera parte del mobiliario. Por supuesto, sigo con mi fachada de «te voy a hacer la vida imposible tanto si te gusta como si no». Ella frunció el ceño, confundida.
—Solo quería darte visibilidad —contestó—. A la gente le gusta saber quién eres.
—No soy un tema de conversación —gruño.
La tensión quedó flotando en el aire entre nosotros.
En cierto modo sigue siendo así. Todavía tengo demasiado reciente el accidente en el recital y me siento presionado.
A veces incluso tengo miedo de que alguien me reconozca y pueda jugarnos una mala pasada.
Al final, volví al piano, pero las teclas me pesaban como piedras.
Por otro lado, Amandine no me quita ojo. No es que le tenga tirria ni nada por el estilo, mientras ella se quede en la tienda a mí me da igual. Pero es que ha encontrado su lugar favorito en el último estante de plantas y así puede controlar todos y cada uno de mis movimientos.
Por la tarde, cuando el bullicio baja un poco, intento reorganizar el almacén de la parte trasera.
Hay cajas sin abrir, sacos de tierra y estanterías que parecen a punto de venirse abajo.
Mónica entra de vez en cuando, dejando macetas por aquí y allá, tarareando alguna canción.
Cada vez que la veo moverse con tanta facilidad entre el caos, me hierve la sangre.
Yo necesito orden, necesito estructura, y aquí solo hay improvisación.
—Podríamos poner un cartel fuera —sugiere de repente—. Algo como «Vivero y melodías».
La miro sin saber a qué ha venido ese giro de la situación.
—¿Qué?
—Sí, podríamos hacer pequeños conciertos aquí cuando las plantas florezcan del todo. Sería precioso.
Suelto el destornillador que tengo en la mano.
—¿Quieres convertir esto en un circo?
Mónica parece herida, pero enseguida se recupera.
—No. Quiero que la gente venga, que les guste, que compren. —Hace una pausa para colocarse un mechón rebelde detrás de la oreja—. Además, es parte de nuestro trato, ¿recuerdas? Cuatro eventos al año, negocio conjunto…
No respondo al instante. Solo me apoyo en una de las cajas y cierro los ojos por un momento, intentando controlar la frustración. Esto no es lo que imaginé cuando firmamos ese maldito testamento.
Tengo la sensación de que el negocio florece, pero la música se marchita.
—Esto no tiene ningún sentido —respondo al final mientras cierro la tapa del piano con más fuerza de la necesaria.
Las teclas se ocultan tras el barniz oscuro, como si al desaparecer ellas también pudiera desaparecer el agobio que me recorre por no poder mantenerme en forma como estaba acostumbrado a hacerlo.
Mónica, que se ha ido junto a la puerta para cerrar por hoy la tienda, gira la cabeza hacia mí y me observa con las cejas arqueadas.
—¿A qué te refieres? —pregunta con una falsa calma que me da escalofríos.
Apoyo las manos en las caderas y miro a mi alrededor.
Las flores, los ramos improvisados, las macetas apiladas en una esquina...
Y, por otro lado, el archivo de partituras, la cafetera que aún ni hemos probado para los cafés de media mañana y el piano, que parece más un adorno que un instrumento.
Todo luce como una mezcla caótica sin pies ni cabeza.
—¿Qué somos, Mónica? —pregunto con una sensación que me oprime el pecho cada vez que le doy vueltas al tema—. ¿Una floristería con música de fondo? ¿Una sala de chismorreros donde vendemos plantas y les ofrecemos un ensayo gratuito? Porque ahora mismo esto parece el salón de una abuela excéntrica.
Ella resopla, cruza los brazos y se apoya contra la puerta. Su gata también gruñe para apoyarla.
—Somos lo que queramos ser —contesta con los ojos en blanco—, pero tenemos que ponernos en serio con esto. Hay que definirlo, Guillaume. Tenemos un mes hasta el primer evento y seguimos sin decidir qué demonios vamos a ofrecer.
Me paso una mano por el pelo, tirando suave de las raíces para aliviar la presión en la cabeza. El pasado fin de semana se acercó Aina, su hermana, para presionarnos con poner fecha al primer evento para que no se nos juntaran todos al final de nuestra condena.
—¿Cuándo quieres que lo haga? —espeto—. No puedo ensayar mis diez horas diarias si cada vez que me siento al piano hay alguien entrando a curiosear o preguntando si puedo tocarles el último hit de reguetón a piano.
Ella alza las manos, exasperada.
—¡Pues ensaya mientras la tienda esté abierta y suda de los clientes! —exclama como si fuera la solución más obvia del mundo.
La miro, incrédulo.
—¿Mientras la tienda esté abierta? —repito con sorna—. Sí, claro, porque un concierto de piano clásico combina a la perfección con el sonido de las vecinas que entran a cuchichear, las tijeras cortando tallos y las conversaciones sobre quién necesita un ramo para el cumpleaños de su suegra.
Mónica frunce los labios y noto cómo su paciencia se va desgastando. Igual que la mía. Desde la primera noche, soy consciente de que esto ha sido una mala decisión.
—Guillaume, tenemos que adaptarnos. Si este trato no funciona, nos quedamos sin la finca. Y entonces no tendrás ni piano ni tiempo para ensayar.
Sus palabras me saben a un jarro de agua fría que me devuelve a la cruda realidad. Abro la boca para responder, pero las palabras se me atascan en la garganta. Sé que tiene razón, pero eso no hace que me sienta menos atrapado.
—Necesitamos un plan claro —resuelvo al final con la voz más tensa de lo que pretendía.
—Lo sé —contesta ella suavizando el tono—. Y lo haremos. Juntos.
El silencio cae entre nosotros. Afuera, el pueblo empieza a sumergirse en la tranquilidad de la noche, mientras aquí dentro, las paredes parecen demasiado estrechas para todo lo que nos estamos jugando.