Mónica
Tarde de chicas y cosas raras
Mónica
Estamos rodeadas de lycra , espejos traicioneros y música chill veraniega que suena bajita por los altavoces.
Sofía ya ha cogido media tienda de bikinis.
Yo intento no dejarme llevar, pero sin poder evitarlo termino con cinco bañadores colgando del brazo y la sensación de que me vendría bien haber ido al gimnasio este invierno. O esta década.
—¡Mira este, Moni! —Sofía sostiene uno con estampado de piñas y tirantes amarillos—. Si no lo usas para la playa, te vale para servir cócteles en un chiringuito.
—¿Eso es bueno o malo?
—Depende de lo buenos que estén los cócteles.
Nos reímos mientras entramos en el probador doble. Ella ya se está quitando la blusa antes de que yo haya terminado de cerrar la cortina.
—A ver —empieza mientras se desabrocha el sujetador con total naturalidad—, hoy toca tarde de chicas, y eso incluye confesiones. Te veo con cara de «necesito desahogarme y aún no me he atrevido». Así que venga, suelta.
—¿Y si solo vengo a por el bikini ideal?
—Y yo solo por mirar, no te jode —protesta alzando una ceja con malicia.
Suspiro divertida mientras empiezo a sacarme los vaqueros. Me pongo el primer bañador, negro, elegante, demasiado serio.
—La verdad es que pensaba que sería más difícil —admito dando un cuarto de vuelta para mirarme en el espejo, metiendo barriga como si eso fuera a cambiar algo—. Lo de convivir con Guillaume. Creía que acabaríamos matándonos antes de pasar una semana juntos.
—¿Y? ¿Lo estás matando o…?
—No. Me está sentando bien, en realidad. Él es ordenado, a su manera. Tiene sus rarezas, claro. Como que le molesta que cambie las cosas de sitio en la cocina. Y tiene un cronómetro mental para todo. Pero también me hace café sin que se lo pida, se acuerda de qué tés me gustan y la gata lo adora.
—Peligroso eso último. Si Amandine se cambia de bando, ya no tienes salvación.
—¡Te juro que me hace ghosting desde que él está en casa!
—No me extraña. Guillaume era un amor antaño. Y lo sabemos.
—¿Y yo no?
—Tú eres mi florista favorita.
—Qué capulla.
Me echo a reír, incapaz de defenderme. Me cambio el bañador por uno de dos piezas, rojo. Sofía ya está posando con uno con volantes que parece sacado de una película setentera.
—¿Y tú? ¿Qué tal con tus ligues?
—Eh, no estamos aquí para hablar de mí. Estamos aquí para que confieses que te estás enamorando de Guillaume por segunda vez.
Al escuchar sus palabras siento como si todo ese batiburrilo de sensaciones que tengo dentro se estrellaran a toda velocidad. Esta mujer está loca de remate.
—¿Qué?
—¡Lo sabía!
—No he dicho que…
—Pero tu cara, sí.
Me vuelvo a mirar en el espejo, ahora evitando mis mejillas que seguro que están más rojas que el bikini.
—Es distinto —murmuro, bajando la voz sin darme cuenta.
—Claro que es distinto. Porque ahora sois adultos. Más o menos. Y estáis pasando por algo juntos. Eso une. Eso, y que te cocina, te acompaña al veterinario y te deja flores de papel sin motivo.
—¿Te lo ha contado?
—No, tú me lo contaste, tontita. Y cada vez que hablas de él se te pone esa cara de «ojalá no me gustara, pero maldita sea».
Le tiro una percha con suavidad.
—Ya, bueno. A veces me dan ganas de estamparle algo en la cabeza. Pero luego lo veo con la gata dormida encima o se le queda el pelo revuelto después de ensayar y se me pasa.
Sofía se detiene, seria por un segundo.
—Mónica, sabes que está bien sentir algo otra vez, ¿no?
Me quedo callada. El ruido de las cortinas, del probador vecino, del ventilador del techo, llenan el silencio.
Me miro de nuevo. Mis caderas, mis muslos, mi barriga.
Y aún así, algo dentro de mí no se detiene en eso, sino en la sensación cálida que tengo al recordar cómo Guillaume me miró ayer mientras pelaba una naranja como si fuera la escena más interesante del mundo.
No me estoy enamorando de él. Lo sé. El amor no se siente así. Pero si es cierto que pasamos muchas horas juntos, la cuenta de Instagram crece como la espuma y cada vez me siento más segura junto a él.
Pero ¿enamorarme? No. He tenido otras parejas aparte de él y todas me han terminado rompiendo el corazón. Claro que sé que él puede ser diferente, pero ni de coña. Aún quedan muchos meses juntos por delante y no.
—Sí —respondo, al fin—. Sí, lo sé.
—¿Y te da miedo?
—Mucho.
—¿Él sabe algo?
—Pero ¿qué dices? —Ahora sé que se ha vuelto loca de remate—. Sofía, que le esté cogiendo cariño no implica que me esté enamorando de él. Además, apenas hablamos si no es para discutir sobre el plato que no he recogido o cualquier cosa que haya hecho mal.
—Se está haciendo el duro.
—Ni duro ni dura.
—Bueno… —se ríe Sofía, colgando otro bikini del gancho y poniéndose uno nuevo—. A veces los que parecen más duros son los más blanditos por dentro. Como los croissants .
—Comparar a Guillaume con un croissant debería ser ilegal.
—¿Y si es un croissant francés?
—Bueno —le doy la razón con una sonrisa—, ahí sí.
Salimos a probarnos otro más frente a los espejos grandes del pasillo. Un par de chicas a nuestro lado también ríen y comentan. Hay algo reconfortante en esa intimidad de mujeres que se ríen de sí mismas, que se hacen cumplidos, que se sostienen con una sola mirada.
—Ese te queda brutal, Sofía.
—Y tú pareces una diosa griega dispuesta a conquistar la playa —suelta antes de meterse de nuevo en el probador.
Nos miramos, hinchamos el pecho y hacemos una pasarela improvisada entre risas. Mientras me acomodo los tirantes del bikini de rayas y me giro frente al espejo, lo veo.
Guillaume.
Va caminando por la acera de enfrente, con paso rápido, la camisa blanca remangada hasta los codos y esa manera suya de andar que mezcla elegancia con urgencia.
Me quedo quieta un segundo, sin saber si lo estoy imaginando. Pero no, es él. Lo reconozco por cómo lleva el pelo recogido en una coleta baja. Me sorprende porque no me había dicho que saldría hoy. Tampoco tiene nada de raro, claro, pero... no sé. Me llama la atención.
Entonces entra en el portal justo enfrente de la tienda.
El de la notaría.
Mi corazón se acelera un poco. Frunzo el ceño y me acerco al escaparate, apartando con cuidado una percha con sombreros de ala ancha para poder mirar mejor.
—¡Sofía! —llamo sin apartar la vista de la portería—. ¡Sofía, ven, corre!
—¿Qué pasa? ¿Has visto una oferta del 70% y tu vida ha dado un giro?
—¡No! Guillaume. Acaba de pasar por aquí.
—¡¿Qué?! —exclama, saliendo del probador con un bikini verde en la mano—. ¿Guillaume aquí? ¿Dónde?
—En la acera de enfrente. Entró en la notaría.
Ella se me une junto al escaparate, pero cuando busca con la mirada ya es tarde.
—Yo no veo a nadie.
—¡Porque ya ha entrado! Te he dicho que corrieses —le reprocho con una sonrisa nerviosa.
Sofía entrecierra los ojos y luego me mira con una mezcla de diversión e intriga.
—¿Qué hace Guillaume en la notaría un sábado por la tarde?
—No lo sé —respondo en voz baja, sin dejar de mirar el portal como si fuera a salir de nuevo en cualquier momento—. ¿Y si es algo importante?
—¿Como qué?
—No sé. ¿Papeleo de la herencia? ¿Un cambio? ¿Algo que no me ha contado?
—Mmm... Quizá solo ha venido a firmar algo rutinario. O ha venido a hablar con el notario. O... —me mira de reojo—. O igual te ha visto desde fuera y ha querido darte un toque de misterio.
—¡No seas tonta!
Niego con la cabeza ante su ocurrencia.
—¿Yo? Nunca. Pero tú tienes esa cara de «mi corazón ha hecho pum» y eso no se te da bien disimular.
—Es que me ha sorprendido. Ha sido como verle en otro contexto. Como cuando ves a tu profe del cole fuera del aula.
Sofía se ríe mientras vuelve a meterse en el probador.
—Bueno, profe sexy , ¿vas a seguir probándote bikinis o te vas a quedar haciendo guardia en el escaparate como una acosadora?
—Voy, voy —respondo, aún mirando por última vez hacia la notaría antes de cerrar la cortina.
Me pongo otro bikini, esta vez azul, con bordes de crochet blanco. Me queda bien. De hecho, me hace ilusión que me quede tan bien. A veces una se acostumbra a mirarse con lupa, pero hoy me veo y pienso «estás guapa, estás viva, estás feliz».
—¿Sabes qué? —le confieso desde dentro—. Me encanta que estemos haciendo esto. Hacía mil que no teníamos una tarde para nosotras.
—Y nos la merecemos. Además, después de la que pasaste con Amandine y el susto, esto era obligatorio. Tarde de bikinis, cafés helados y cotilleos. Por prescripción médica.
Pero mi cabeza no para de darle vueltas al mismo tema.
—¿Y si Guillaume está organizando algo raro? ¿Y si quiere cambiar el testamento? ¿Y si quiere poner la finca a su nombre?
—¿Y si ha ido a preguntar si puede casarse contigo sin que te enteres?
—¡Sofía!
—¡Ay, qué sé yo! —responde entre risas—. Eres tú la que le ha visto y ya estás armando una serie de Netflix en tu cabeza.
—Pero es raro, ¿no? No me ha dicho nada.
—Igual es algo personal. O confidencial. No todo el mundo va contando cada paso que da.
—Pero Guillaume suele decirme si sale.
—O igual quería sorprenderte luego.
Me pongo la ropa de nuevo con una sensación rara. No son celos. Tampoco es desconfianza. Es más bien esa punzada de curiosidad que se mezcla con la sensación de que algo se está gestando y no sé qué es.
Pagamos los bikinis y salimos a la calle, justo a tiempo para ver cómo la puerta de la notaría se cierra detrás de un hombre que no es Guillaume.
Nada. Se ha esfumado.
Nos vamos caminando calle abajo y, aunque charlamos sobre otras cosas —sobre un chiringuito nuevo, sobre lo bien que me quedan las flores en el pelo—, mi cabeza vuelve una y otra vez al mismo sitio.
Cuando llegamos a casa, me encuentro una nota en la cocina. Guillaume ha pasado antes que yo.
«He salido a hacer unas gestiones. Volveré pronto. Si llegas antes, hay tarta de almendras en la nevera. —G».
Sonrío sin querer.
—¿Sabes? —llama mi atención cuando deja de leer el trozo de papel—. Si yo fuera tú, le diría algo. A tu ritmo, sin presión. Pero no te calles. Que los trenes no pasan tantas veces.
Y aunque no lo haya, me gusta que haya vuelto a revolverme el pecho, aunque sea con una nota, con una mirada desde lejos, con una tarta en la nevera.
Y por primera vez, en mucho tiempo, estoy dispuesta a dejar que ese misterio siga creciendo. Porque no todo hay que saberlo al momento. Algunas cosas, algunas personas, merecen ser descubiertas poco a poco.