La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Adaptándonos sin remedio

Guillaume

Los primeros días de convivencia con Mónica pueden resumirse con una sola palabra: caóticos.

Pero si tengo que confesar por todo lo que estoy pasando, entonces empezaré por el principio: finales de mayo, calor húmedo, alergias, pelos de gato en todas partes y demasiados tés de sabores extraños rondando por la cocina.

Nuestra rutina no se parece en nada a lo que yo me esperaba de dos adultos funcionales.

Ella se levanta haciendo el máximo ruido posible mientras yo intento reunir el valor para volver a ponerme con la música, desayuna como un colibrí —picoteando aquí y allá— y deja la cafetera sucia como si fuera parte de la decoración.

Yo intento mantener el orden. Subrayo: intento.

Porque entre las flores, la gata, las cajas de cartón que todavía no han encontrado su lugar y la tendencia natural de Mónica a dejar las ventanas abiertas —con lo que implica eso en relación a bichos voladores con los que no he pactado compartir espacio —, vivir aquí es como coexistir en medio de un catálogo de IKEA donde alguien decidió mezclar todas las páginas.

Al principio pensé que exageraba, que me estaba dejando llevar por mis manías. Pero hace un par de días me encontré una ramita de lavanda en el piano y supe que este caos va para largo.

—Es para que inspire calma —dijo ella, como si arriesgar la vida de un Steinway de cola fuera una causa noble.

Hacer eso es un sacrilegio para un instrumento que puede llevar a mil complicaciones, empezando por si una de esas diminutas flores cae entre las teclas.

Pero así vamos. El desayuno es una coreografía de tazas que cambian de lugar, de platos que aparecen en sitios insólitos —como encima del microondas. ¿Por qué?— y de la gata, Amandine, que parece haber desarrollado una fijación con mis tobillos.

Luego está la música. Intentar ensayar mientras ella se pone a hablar con sus plantas en voz alta es… frustrante, por decir lo mínimo.

—¡Guillaume! ¿Te has llevado mis tijeras de podar?

—¿Qué? ¡No!

—Pues alguien las ha cogido y no he sido yo.

—¿Crees que me dedico al cultivo clandestino en mis ratos libres?

—¿Lo haces?

A veces no sé si lo dice en broma. Otras veces, lo sé con certeza y me sigue pareciendo alarmante, porque una parte de mí se está acostumbrando a ello, y me gusta.

Hoy es jueves y hace un calor sofocante. Estoy limpiando la encimera de la cocina cuando, de pronto, escucho un ruido a mis espaldas. Me doy la vuelta con calma para ver cómo Mónica entra hecha un basilisco.

—¡Guillaume! ¿¡Qué le has dado a Amandine!?

Me giro confundido. La gata está sentada sobre la encimera junto a mí, lamiéndose una pata con la calma de un monje budista.

—¿Perdona?

—¡Ha vomitado! ¡Y estaba en tu regazo hace media hora!

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Le diste un trozo de queso. ¡Te vi!

—Era un fragmento minúsculo de queso curado. Francés, de calidad.

—¡Tiene intolerancia a la lactosa, Guillaume!

Resoplo. Me acerco a Amandine y le paso la mano por la cabeza. La muy traidora ronronea como si fuera su amante de toda la vida.

—¿A ti te da problemas la leche? —murmuro, poniendo la voz que se le pone a los bebés.

Amandine ronronea de manera afirmativa para luego lamerme la mano por haberle dado de comer a escondidas.

—Lo que me faltaba —resopla Mónica.

—Si en realidad le sentara tan mal, no estaría tan… —hago una pausa dramática mientras ella se acurruca entre mis dedos— reconciliada con el universo.

Mónica frunce el ceño.

—Claro, claro. Ahora te adora. Porque le das lo que no debe comer. Igual que los niños que adoran al abuelo que les da caramelos antes de cenar.

Me encojo de hombros, complacido.

—Qué puedo decir. Tengo mis encantos.

Ella cruza los brazos, gira sobre sí misma y se va al piso de abajo sin decir nada más.

—¡Y no le vuelvas a dar lácteos! —grita desde las escaleras.

Me quedo ahí, en silencio. Amandine se despereza y salta al taburete de la cocina. Se me queda mirando con esos ojos que juzgan y a la vez te hacen sentir como un dios.

—Parece que tú y yo nos llevamos mejor que con tu madre —murmuro, rascándole detrás de las orejas.

El resto del día, Mónica lo pasa sin dirigirme la palabra más que lo necesario. Nada de bromas, ni miradas, ni el típico empujoncito cuando pasamos por el pasillo. Solo una especie de digna indiferencia.

Y claro, todo esto me irrita. Porque al final la gata sigue viva, no ha vomitado más y claramente me prefiere a mí.

Pero no soy idiota. Sé que está molesta, que detrás de esa rabia hay miedo. Y eso, aunque no lo diga, me pincha.

Al caer la noche, mientras estoy terminando de revisar unos papeles importantes del notario, Mónica abre la puerta de mi habitación con paso lento.

No habla. Me apresuro a recogerlo todo como si me hubiesen pillado in fraganti.

Ella me mira extrañada cuando meto los documentos en el cajón de mi escritorio.

Entre nosotros se hace una pausa tensa mientras mi corazón bombea con fuerza.

—He estado pensando —dice al fin—. Quizá deberíamos tener un protocolo.

—¿Protocolo?

—Para Amandine. Lo que puede y no puede comer. Qué medicinas darle si pasa algo. Cosas básicas. Así no volvemos a discutir.

Asiento en silencio, agradecido de que esté dispuesta a hablar.

—Me parece bien. Aunque sigo creyendo que ese queso era un manjar digno de reyes.

Ella me mira, ladea una sonrisa y niega con la cabeza.

—Eres imposible.

Pero ya no hay ira en su voz. Solo resignación divertida.

Pasamos el resto de la noche hablando de temas tontos: cómo se ha adaptado al nuevo rincón que ha montado en la tienda, cómo Aina sigue preguntando si ya nos hemos peleado a muerte, cómo doña Fina le manda memes sobre la vida en pareja cada noche.

Pequeñas cosas que, si lo pienso bien, no hacíamos hace apenas una semana.

Así que, si tengo que sacar una conclusión de estos primeros días de convivencia, es que sí, son un desastre.

Pero un desastre compartido. Uno en el que, poco a poco, vamos encontrando un ritmo.

No perfecto. No armonioso. Pero uno que —en medio de refunfuños, ronroneos y alguna que otra flor de papel en mi café— empieza a sonar a hogar.

Y aunque no lo diga en voz alta, sé que esta rutina caótica, lenta y desordenada me está empezando a gustar.