La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
30%

Mónica

Más normas

Mónica

El sol empieza a asomar por la ventana de la cocina. Con el pelo alborotado y los ojos entrecerrados, me fijo en lo acogedora que es la casa. Aún no soy persona hasta que me tomo el café, así que bostezo mientras saco una taza y lo preparo lo bastante fuerte como para revivir a un muerto.

Con movimientos torpes, cojo un panecillo, lo corto sin demasiada precisión y empiezo a untar mantequilla.

Luego, busco queso, jamón y todo lo que pueda convertir ese bocadillo en algo decente.

Abro un cajón tras otro, dejando algunos entreabiertos sin darme cuenta y, de vez en cuando, un plato o una cuchara chocan entre sí haciendo demasiado ruido.

Estoy muy cansada para preocuparme. Ayer fue un día de locos y, aunque a veces soy de las que deja las cosas por el medio, no me gusta estar ocupando de más, como con las cajas.

Es entonces cuando noto una presencia. Levanto la vista y ahí está Guillaume, plantado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que roza el fastidio.

No dice nada, solo me mira y me hace sentir incómoda.

Sus ojos recorren cada uno de los cajones abiertos, el cuchillo mal dejado sobre la encimera y mi desastroso arte para hacer un desayuno.

—¿Qué? —mascullo, con la boca medio llena mientras le doy el primer sorbo al café.

No estoy de humor, pero pongo el cuchillo en el fregadero bajando la mirada. Me siento pillada infraganti.

Guillaume no se inmuta. Suspira de forma exagerada, como si necesitara dejar claro lo mucho que le incomoda mi caos matutino. Pero juro que soy de las que una vez desayuna ya es persona. Luego, sin decir nada, camina hasta la mesa, se sienta frente a mí y me observa en silencio unos segundos más.

Debo reconocer que se ha vuelto mucho más maniático de lo que recordaba.

—Tenemos que hablar —anuncia con una seriedad que me despierta más que el café.

—¿Ahora?

—Sí. Ahora. Hay que establecer unos mínimos de convivencia —suelta mientras señala un cajón medio abierto que cierro con el pie.

Aparto el bocadillo, resignada. Estupendo. Apenas llevo un día aquí y ya estamos con las reglas.

—Adelante, te escucho.

Apoyo un codo sobre la mesa y dejando caer la cara en la palma de la mano.

Guillaume se inclina un poco hacia delante.

—Para empezar, podrías cerrar los cajones después de abrirlos. Y no dejar los platos amontonados ni las cosas fuera de su sitio.

—Vaya, lo siento mucho, no sabía que vivía con el inspector de cocina —respondo con sarcasmo—. No soy…

—El baño —ignora mi comentario y prosigue cortándome a media frase—. Hay que establecer turnos. No puedes dejar las toallas húmedas colgando por cualquier lado ni olvidarte de abrir la ventana. Esta mañana parecía una sauna.

—No la abrí porque entraba aire, pero lo tendré en cuenta —respondo con un bostezo, aunque por dentro ya empiezo a sentir un ligero ardor—. También deberíamos ir a por un mueble nuevo para mis cosas, ya que apenas tengo espacio.

Achina los ojos y asiente, de acuerdo con mi propuesta.

—Las cajas del pasillo no pueden quedarse ahí. Tenemos que mantener las zonas comunes despejadas.

—Las moveré cuando acabe de ordenar mi cuarto —replico, cruzando los brazos—. Tengo intención de dejarlo todo listo hoy y no dejar nada por en medio. Ayer…

—Lo sé. Era demasiado tarde —afirma robándome una tostada—, pero me gusta el orden.

El silencio se forma entre nosotros. Guillaume me sostiene la mirada, y por un instante me gustaría saber qué le está rondando por la cabeza, pero, ahora mismo, con el sueño pegado a los párpados y el café apenas surtiendo efecto, lo único que consigo es cabrearme.

—¿Algo más? —pregunto elevando una ceja.

—Por ahora, eso es suficiente —responde él, con un tono cortante—. Bueno, no. Espera.

Del bolsillo de su pantalón saca el teléfono y estira la mano antes de sacarnos una foto.

—¿No debemos empezar a generar contenido? —me pregunta con una sonrisa ladeada.

No sé si es el café o la simple emoción de empezar a convertir este sitio en un hogar, pero hoy me despierta esa pequeña chispa de ilusión. Por primera vez desde que crucé el umbral de la casa de Guillaume, la idea de convivir con él no me parece del todo terrible. Extraña, sí, pero no imposible.

—¿Te parece si empezamos por el altillo? —propone él tras publicar la foto en redes.

Todavía tiene el móvil en la mano, pero ya está enfocando su mente en una idea nueva. Lo veo en sus ojos. Guillaume no sabe estar quieto.

Asiento con entusiasmo. Antes de subir, paso por mi habitación para ponerme unas mallas y una camiseta vieja y nos encaminamos a las escaleras que crujen bajo nuestros pies.

El altillo está lleno de polvo y muebles antiguos.

Hay un armario de pie que me llama la atención, perfecto para el baño, y también un par de estanterías que podrían quedar bien en mi habitación.

—¿Este armario? —pregunta Guillaume, señalándolo con el dedo.

—Sí, para el baño. Así podemos organizar las cosas y que no haya «desorden» —resalto la última palabra con una sonrisita y poniendo un tono burlón que hace que sus ojos se tornen blancos de la desesperación.

—Me parece bien. —Su tono es neutro, pero cuando empezamos a bajar el mueble, ya está hablando de cómo organizarlo.

Una vez lo colocamos en el baño, se queda un momento mirándolo con una mano en la cadera y la otra frotándose la barba de dos días que no se ha afeitado, como si planeara la distribución de un museo.

—Vamos a dividir los estantes —declara, sacando un rollo de cinta adhesiva y un rotulador de alguna parte.

¿Dónde guarda estas cosas?

—¿Vamos a qué? —repito entre divertida y sin entender nada.

—Organización, Mónica. Un estante para cada uno. Etiquetas para que no haya confusiones. —Empieza a escribir «G» y «M» en pequeños trozos de cinta que pega en los bordes de cada balda.

Saco el móvil y le hago una foto.

—«Convivir es dividir el espacio... literalmente» —murmuro mientras lo subo a nuestra cuenta y se la muestro con una sonrisilla.

No queda ahí la cosa. Cuando pasamos a la cocina, hace lo mismo con la nevera. Pega trozos de cinta en cada estante: arriba el suyo, abajo el mío. Luego repite el proceso en la alacena y hasta en el ropero de la entrada.

—¿Y si quiero un yogur tuyo? —bromeo, cruzándome de brazos.

—Lo pides —su respuesta es tan seria que me echo a reír—. Otra regla: cada uno coge lo suyo y nunca se roba.

—¿Bajo ningún concepto?

—Ni aunque mi balda esté llena y venga un apocalipsis zombi.

Para contrarrestar tanto control, decido darle un toque de vida al lugar.

Mientras él sigue etiquetando cada armario, cajonera o espacio que podamos compartir, subo algunas de mis plantas.

En mi habitación coloco un par para purificar el aire, dejo unas aromáticas en la cocina —menta, albahaca, romero…

— y una pequeña planta de bambú en el baño para que absorba la humedad.

Cada vez que coloco una, Guillaume las va sacando.

—Esto aquí no —me regaña quitando el bambú de la repisa de la bañera.

—¿Por qué no?

—Porque el vapor del agua puede hacer que se pudra.

—Es una planta de humedad, Guillaume. Le encanta el vapor del agua.

Silencio.

—Ah. —Y vuelve a colocarla con una mueca.

No puedo evitar sacar otro vídeo de la escena:

«Cómo educar a tu compañero de piso en el arte de las plantas».

Para cuando terminamos, mi habitación tiene un aire más acogedor, la cocina huele a hierbas frescas y el baño parece una especie de invernadero minimalista. Guillaume sigue con su perfección cuadriculada. Hay algo curioso en cómo encaja con mi pequeño caos.

Mientras edito otro vídeo para las redes sentada en el taburete del mostrador, una parte de mí se pregunta si, después de todo, esta convivencia forzada podría ser algo más que una simple obligación.

Escucho como la puerta de la habitación de Guillaume se abre y como al poco suenan sus zapatos por las escaleras. Reconozco que me va de perlas que baje para enseñarle lo que acabo de hacer y que le dé el visto bueno.

—¡Ei!

Mi compañero apenas se para al escucharme llamar su atención.

—Llevo prisa —gruñe antes de bajar el escalón de la tienda y adentrarse por las calles de Valldemossa.

Extrañada por sus escuetas palabras, abandono mi puesto y salgo tras él hasta llegar a la calle. La verdad es que reconozco que va más tieso de lo normal y su tono no era para nada amigable. También me fijo en que lleva una carpeta bajo el brazo y se dirige hacia el centro.

«¿Qué estará tramando?», me pregunto mientras cruzo los brazos sobre el pecho antes de que una clienta me pregunte si tengo espatifilos.