Guillaume
La tranquilidad se ha ido al garete
Guillaume
La noche ha caído hace un buen rato. Las luces de Valldemossa parpadean como pequeñas luciérnagas atrapadas tras las ventanas, y la casa está sumida en un silencio extraño, apenas roto por el crujido ocasional de la madera envejecida bajo mis pies.
Sofía se marchó hace un par de horas, dejándonos a Mónica y a mí a solas por primera vez desde que empezó esta absurda convivencia forzada.
Y, para qué negarlo, estoy bastante acojonado.
Desde mi habitación, alcanzo a oírla en la suya.
Canturreando, por lo que parece. Reconozco el sonido de unos pies moviéndose al ritmo de la melodía que tararea, pero que no escucho salir de ningún reproductor.
No sé si reírme por lo ridículo de la situación o preocuparme aún más.
¿Cómo vamos a sobrevivir a esto? Yo necesito paz para tocar y prepararme para mis sesiones de estudio.
La cena ha sido rápida y funcional. Dos platos de pasta que compartimos en silencio, con la televisión encendida más para ocupar el espacio que por un interés real. Ahora, mientras el reloj avanza hacia la medianoche, solo queda un paso más: el baño.
El maldito baño compartido, que me tiene en ascuas desde que me he dado cuenta.
Decido ser práctico. Recojo mis gafas de la mesilla y me dirijo al baño, con la mente dándole vueltas a un millón de cosas. ¿Deberíamos establecer horarios? ¿Normas? ¿Reglas básicas de convivencia? Estoy por abrir la puerta cuando, de repente, algo ocurre.
—¡Eh! —grita Mónica desde el otro lado, cerrándola de golpe.
El pomo me da un golpe seco en la mano, haciéndome soltar el aire con un bufido.
—¿Qué demonios...? —musito, apartándome de la puerta como si acabara de toparme con un muro invisible.
—¡Estoy aquí dentro! —responde ella, como si no fuera evidente.
—Eso ya lo veo. Pensé que estabas en tu habitación —replico con los dientes apretados—. Podrías haber puesto el pestillo.
—Lo haría si hubiese uno —me reprocha—. Podrías haber llamado.
El silencio que sigue es más incómodo que cualquier discusión que hayamos tenido hasta ahora. Doy un paso atrás, pasándome una mano por el pelo mientras miro el techo, buscando paciencia donde no la hay.
—Esto no va a funcionar —susurro.
—¿Qué? —pregunta desde el otro lado.
Me siento como cuando eres pequeño y te pillan haciendo una trastada.
—Nada. —Me froto la cara con las dos manos y limpio las gafas con el bajo de la camiseta del pijama.
Esperando en el pasillo, me doy cuenta de que la gata está sentada en el último peldaño de la escalera, antes de pisar nuestro piso. Me mira con la cabeza ladeada esperando a que le cuente lo que acaba de pasar.
—¿Te has fijado? —le pregunto acercándome a ella y poniéndome en cuclillas—. Me ha robado el baño.
Amantine hace un intento de rugir y me enseña los dientes. Al no hacer ruido alguno, no sé si estoy a punto de sentir sus colmillos hincados en mi piel o si me está sonriendo.
—¿Lo encuentras bonito?
Y sin más, se pone a ronronear. Es adorable. Divertido, le rasco la cabecita mientras espero a que ella salga.
El agua empieza a correr en el lavabo. La imagino mirándose al espejo, con toda probabilidad con esa media sonrisa triunfal que pone cada vez que tiene razón, aunque esta vez no sea el caso.
Un minuto. Dos. Tres.
La puerta por fin se abre, y ahí está ella, con el pelo recogido en un moño desordenado y una camiseta amplia que apenas deja ver el borde de sus shorts . Su cara parece relajada, y un aroma a jabón junto al vaho salen por el pasillo. Lo extraño es que es una sensación que me gusta y me reconforta.
—Todo tuyo —proclama dando un paso a un lado y moviendo la mano para que entre.
—Genial —respondo con un falso entusiasmo mientras entro y cierro la puerta tras de mí—. Mañana debemos hablar sobre esto.
—Por supuesto. Lo que tú digas —esto último lo suelta desfilando por el pasillo de espaldas a mí y levantando la mano.
—¿A qué hora te levantas? —pregunto justo cuando traspasa la puerta de su habitación.
Antes de cerrar, se da media vuelta y me mira con fijeza.
—Cuando lo haga.
Cierra tras de sí de un portazo.
Agotado, me apoyo en el lavabo y miro mi reflejo.
Ojeras marcadas, una tensión en la mandíbula que no recuerdo haber tenido antes y mi pelo largo rubio cae desmadrado fuera de la coleta que me he hecho a media tarde mientras organizaba la cocina con las novedades de Mónica. Esto no es una buena señal.
La única certeza que tengo es que esta primera noche ha sido una declaración extraña de guerra no pronunciada. Y que, si quiero sobrevivir al año que tenemos por delante, necesitaré más que paciencia y una red social para no mandar a la mierda la herencia de mi tía.
Me despierto con una extraña sensación de descanso, algo casi inusual en estos tiempos que corren. La luz matutina se filtra a través de las cortinas y, por un momento, todo parece normal. Hasta que salgo de la habitación.
El pasillo, que ayer estaba más o menos despejado, ahora tiene dos cajas grandes plantadas justo al lado de la puerta de Mónica.
Una de ellas abierta, con libros apilados a medias y un jersey que asoma por un lado junto a un par de sujetadores mal tirados.
Perfecto. ¿Cómo se supone que voy a moverme por aquí si cada vez que giro una esquina tengo que esquivar algo suyo?
¿Estamos otra vez igual? Debo de estar soñando.
Con un bufido, decido dejarlo pasar —por ahora— y me encamino al baño. Abro la puerta sin pensarlo demasiado, pero me detengo en seco.
El baño parece otro. No el mío. No el que he estado utilizando hasta que llegó el huracán Mónica.
Media encimera está invadida por productos: cremas, cepillos, perfumes, y un artilugio extraño de piedra rosácea que rueda.
Hay una toalla colgada de cualquier manera de la barra de la bañera, todavía húmeda y la ventana, por supuesto, sigue cerrada.
El aire está denso, cargado de humedad, como si el vapor de su ducha de anoche siguiera flotando.
Y juro por Chopin que cuando ayer salí del baño esto no estaba así.
—Genial —murmuro entre dientes.
Me muevo con torpeza, apartando un bote de acondicionador para hacer sitio a mi pasta de dientes.
Cada movimiento me crispa más. Esto no va a funcionar.
Me repito una y otra vez pensando que Mónica había cambiado para el bien de todos, pero no.
Cada espacio que compartimos acaba absorbido por su presencia, su desorden y el caos absoluto.
Cierro el grifo con más fuerza de la necesaria y salgo del baño. Camino por el pasillo y, al pasar por delante de su puerta cerrada, me detengo un segundo. Las cajas siguen ahí. Las miro con desdén.
Respiro hondo, aunque no sirve de mucho.
Al final, golpeo con suavidad la puerta con los nudillos. Y espero lo que se me antoja una eternidad a que abra.
—Mónica —mi voz suena más cortante de lo que pretendía—, ¿te importaría si desayunamos y establecemos algunas normas?
Silencio.
Doy un paso atrás, cruzándome de brazos. Estoy a punto de llamar de nuevo cuando la puerta se abre. Aparece mi compañera de casa, todavía con el pijama puesto, el pelo revuelto y los ojos medio cerrados.
—¿Qué pasa? —bosteza.
—Tus cajas —respondo, señalándolas— ocupan medio pasillo. Lo entiendo, pero apenas puedo llegar a la cocina. ¿Piensas dejarlas ahí para toda la eternidad?
Ella entrecierra los ojos, intentando enfocarme, como si estuviera demasiado dormida para comprender.
—Guillaume, son las ocho de la mañana. Me mudé ayer.
—Son las ocho y media —corrijo, aunque no sé por qué, ya que tiene pinta de que se van a quedar en este pasillo hasta la eternidad siguiente.
—Vale, las moveré luego —afirma sin gran entusiasmo, encogiéndose de hombros.
—Luego ¿cuándo? ¿Después de que alguien tropiece con ellas? Entiendo que todavía no lo hayas desembalado todo, pero dejarlo aquí es un peligro.
Sus labios se tensan y ese destello de irritación que conozco demasiado bien cruza por su rostro. Y debo admitir que en el fondo lo echaba de menos.
—Voy a hacer café —responde esquivándome mientras camina hacia la cocina.
Me quedo plantado en el pasillo, con las cajas y la humedad del baño todavía aferrándose a mi piel.
Esto no ha hecho más que empezar.