Mónica
Una nueva idea
Mónica
Ha sido idea de Sofía, como casi todo lo que roza el límite entre lo brillante y lo arriesgado, y apoyada por mi hermana.
Pasamos la semana dándole vueltas a cómo podríamos mantener eso de vigilarnos el uno al otro para cumplir con las absurdas normas del testamento.
Entonces, mientras compartíamos un desayuno en la cafetería de Clove, a mi amiga se le ocurrió: abrir una cuenta en redes sociales. Sofía lo apoyó al instante.
—Podéis documentarlo todo —aclara Sofía, emocionada—. Así, si alguien duda de que estáis haciendo las cosas mal, ahí tenéis las pruebas. Fotos del negocio, vídeos de los eventos… incluso una cuenta atrás del año que tenéis que pasar juntos. ¡Será como un reality show , pero más elegante!
A mí, con total sinceridad, me pareció una idea brillante. Funcional, directa. Aunque, claro, hay un pequeño inconveniente: Guillaume. Y es que él ha desaparecido por completo de las redes.
Así que aquí estamos, sentados en la cocina de su casa —de nuestra casa, al menos por ahora— con una taza de café entre las manos y mi amiga a un lado esperando a que suelte la bomba.
—He estado pensando —empiezo tratando de sonar casual— que podríamos abrir una cuenta en redes para documentar todo lo que hacemos. Como una forma de demostrar que cumplimos las normas.
Guillaume parpadea una vez. Luego otra. Silencio absoluto.
En mi estómago se ha formado un nudo que apenas me deja respirar, pero ahora ya está, ya lo he soltado, pero no puedo parar de tamborilear con el pie, nerviosa ante su opinión.
—¿Una cuenta en redes? —repite como si no hubiese entendido.
Sofía se lanza antes de que él pueda decir algo más o de que yo pueda aportar más ideas.
—Sí, así todo el mundo podrá ver que estáis cumpliendo con las reglas: la convivencia, el negocio, los eventos… todo. Transparencia total.
Su expresión es difícil de leer. Durante un segundo, creo que va a decir que sí, que le parece bien, pero entonces la comisura de sus labios se tensa.
—¿Y exactamente a qué «todo el mundo» os referís? —Su voz ha dado un giro de la alegría de cuando nos ha recibido a la de ahora—. Porque, que yo sepa, solo debería tener constancia tu hermana y el notario, como mucho.
—A la gente del pueblo —intento calmar la situación—, a los clientes del futuro negocio… Aina también podrá seguirnos sin estar aquí cada dos por tres.
—Y al cotilla de Marcelo, y a Doña Fina, y a medio pueblo que no tiene nada mejor que hacer que comentar sobre nuestra vida —replica él, apoyando la taza con más fuerza de la necesaria— Y ya no hablemos de si esto se hace viral. ¡Tengo una imagen que mantener!
Sofía le lanza una mirada fulminante.
—¿Cuál es el problema? No tenéis nada que ocultar.
Pero Guillaume se levanta de golpe. Va hacia el salón y regresa con su teléfono. No entiendo nada hasta que empieza a deslizar fotos. Fotos de nosotros. De hace años.
Ahí estamos, Guillaume y yo, riendo con la cara manchada de pintura en lo que fue un intento fallido de decorar la antigua floristería de María del Carmen.
Otro en la playa, él con una guitarra y yo bailando sobre la arena, sin música.
Y uno más, una selfie borrosa, los dos apiñados en un rincón de la verbena del pueblo, su brazo sobre mis hombros, mi sonrisa más brillante de lo que recordaba.
Pero luego pasa a las fotos de estas semanas que ha ido haciendo de nuestras gamberradas. ¿Tenía intención de denunciarme? ¿Por qué lo guardó todo?
—¿Esto también lo vamos a publicar? —pregunta con un tono de voz suave pero cortante.
No sé qué decir. Las fotos son un golpe directo a mi orgullo y mi corazón. No recordaba que hubiera tantas, ni que nos hubieran capturado así, tan nosotros.
—No es lo mismo —susurro.
Pero el daño ya está hecho. Ahora, la idea de la cuenta en redes me pesa como una piedra. Él se queda allí, mirándome, y yo solo quiero que la tierra me trague.
Sofía carraspea con esa seguridad que siempre me hace sentir que tiene un plan aunque el mundo entero esté en medio de un apocalipsis zombie.
Está sentada a mi lado, con las manos cruzadas sobre la mesa de la cocina, y entre nosotros, un cuaderno abierto lleno de anotaciones coloridas y post-its pegados en los márgenes.
—Vamos a calmarnos un poco —rompe el hielo con firmeza—.
La idea no es una locura. De hecho, es práctica.
Si contamos vuestra historia en redes, matamos varios pájaros de un tiro: mantenemos a raya a Aina y a doña Fina, mostráis que estáis cumpliendo con las normas y, además, podría ayudarnos a promocionar el negocio que montemos. Bueno, que montéis.
Guillaume, sentado frente a nosotras, sigue con los brazos cruzados. Su expresión es una mezcla de incredulidad y fastidio, aunque hay algo en su mirada que me dice que está pensando, evaluando cada palabra de Sofía. Pero no las tengo todas y sigo moviendo el pie, histérica.
—Promocionar ¿el qué exactamente? —resopla—. Ni siquiera hemos decidido qué vamos a hacer. ¿Cómo pretendes promocionar algo que no existe?
Sofía sonríe de lado, esa sonrisa de «ya lo tengo todo pensado».
—Es cierto, aún no hemos definido el concepto —admite—, pero creo que justo por eso es una gran oportunidad.
Podemos empezar documentando el proceso: la mudanza, las ideas, las reformas…
La gente adora las historias reales, las tramas con altibajos.
Cuanto más auténtico, mejor. A día de hoy, ser creador de contenido es una profesión.
Yo asiento, aunque noto una especie de nudo en el estómago. Sofía tiene razón, pero eso no quita el temor de que esto acabe siendo un desastre. Guillaume sigue sin decir nada y la tensión en la cocina podría cortarse con un cuchillo.
—Además —añade Sofía, aprovechando el silencio—, si no lo hacemos, ya sabes lo que pasará. Tendremos a Aina revisando cada paso que damos y a doña Fina asomada a la ventana cada vez que entres o salgas de la casa. ¿Quieres eso?
Guillaume aprieta los labios. Creo que la mención de doña Fina ha sido un golpe bajo pero maestro. Nadie quiere tener a la vecina más chismosa del pueblo cronometrando nuestras idas y venidas y contándoselo a todo el mundo a boca llena.
Después de unos minutos que se me antojan eternos, él suspira, como si se rindiera ante la evidencia.
—Está bien —responde, aunque su voz sigue cargada de reticencia—, pero no esperéis que sonría a la cámara como si esto fuera un capítulo más de una serie.
Sofía aplaude con alegría, triunfante, y yo le lanzo una mirada de agradecimiento. Todos los nervios se van de un plumazo y me siento llena por dentro. Si lo hacemos así, ya estamos cumpliendo con más de una de las cláusulas del testamento, y es genial. Sin embargo, la calma dura poco.
—Por cierto —murmura Guillaume mientras vuelve a pasar las imágenes de cuando éramos unos adolescentes—. Ya que vamos a ser tan públicos con esto, ¿por qué no recordamos un poco nuestras viejas historias?
Empieza a deslizar las fotos de su galería, y sigue mostrando más recuerdos de aquellos buenos tiempos que compartimos.
Mi corazón da un vuelco. La cocina me parece más pequeña de repente, como si las paredes se cerraran sobre nosotros.
—¿Tú crees que podrías hacer un vídeo de inicio con estas fotos y contarlo todo desde ahí? —pregunta él con una sonrisa que ilumina sus ojos.
Sofía se emociona y grita que sí, que ella se encarga de editar varios vídeos y que necesita hacernos fotos.
También nos pide nuestros teléfonos para abrir la cuenta de redes, así como nos obliga a sacarnos una foto de los dos para ponerla de perfil.
Y en menos de lo que canta un gallo, la aventura empieza de nuevo.