Guillaume
La semana más corta de mi vida
Guillaume
La casa está sumida en un completo silencio, salvo por el leve crujido de las paredes y el zumbido distante de la nevera. Tumbado boca arriba en la cama, con los brazos cruzados sobre el abdomen, miro el techo esperando encontrar las respuestas que se me escapan. Mañana es sábado. La mudanza.
Ha pasado una semana desde que acepté la herencia y cada día ha sido una repetición monótona de rutinas que me inventé para no pensar demasiado.
Me levantaba temprano, salía a correr por las calles adoquinadas, compraba algo rápido para desayunar y luego volvía a casa para enfrentarme a la limpieza.
Una tarea que se volvió casi obsesiva. No porque la casa lo necesitara —tía María del Carmen la mantenía impecable— sino porque el acto de fregar, ordenar y deshacerme de cosas viejas me permitía evitar otro tipo de pensamientos.
He despejado la habitación que da al jardín trasero para Mónica.
Era un despacho lleno de papeles amarillentos, libros con las páginas dobladas y cajones repletos de cartas que no me atreví a leer.
Todo eso lo metí en cajas y lo subí al altillo.
Ahora la habitación está vacía, con las paredes cubiertas por los ganchos de los antiguos cuadros y un armario viejo que chirría cuando lo abres.
Incluso dejé un hueco en la cocina para sus cosas.
Un pequeño gesto, pero suficiente para crear la ilusión de que puedo ser hospitalario cuando me da la gana.
En parte, también me hace gracia tener a su gata. Ya hemos hablado de que su reino será la tienda, que le dejaré un hueco en la trastienda para el arenero y que podrá salir al jardín a jugar. Me hace ilusión, no soy muy fan de los perros, pero los gatos… Siempre he querido uno.
Todo ese esfuerzo se desmoronó cuando, esta tarde, me di cuenta de un detalle evidente: solo hay un baño en toda la casa.
Una maldita bañera de esmalte desgastado, un lavabo con el grifo que gotea y un espejo agrietado. No hay espacio suficiente para dos personas, ni siquiera para compartirlo de forma civilizada.
¿Dónde pondrá sus cosas? ¿Tendré que hacer hueco para sus cepillos, sus cremas, su maquillaje? ¿Qué vamos a hacer por las mañanas cuando ambos necesitemos prepararnos?
Suspiro y me giro hacia un lado, cerrando los ojos con fuerza, como si eso bastara para obligarme a dormir.
Pero no funciona. Hace cinco años que no comparto mi hogar con nadie.
Desde que Sophie murió, mi vida ha sido una sucesión de noches solitarias y días demasiado largos.
Nadie ha ocupado su lugar, ni en mi corazón ni en mi casa.
Ahora tendré que compartir mi espacio con Mónica, justo cuando había decidido que lo mejor era mantener las distancias.
Esta semana apenas la he visto. Ella ha estado trabajando en la floristería y yo he evitado acercarme más de lo necesario.
No quería más discusiones, más miradas tensas ni más palabras a medio decir.
Siendo sinceros, tampoco quería enfrentarme a lo que siento cada vez que la veo: una mezcla confusa de rencor y algo más, algo que prefiero no nombrar.
Pero mañana todo cambiará. Ella llegará con sus maletas, con su ropa, sus libros y sus silencios incómodos. Y este espacio, mi refugio, dejará de ser solo mío.
Me paso una mano por el rostro, cansado, frustrado. Si al menos pudiera dormir un poco, tal vez mañana tendría fuerzas para lidiar con todo esto. Pero sé que no será así. Porque mañana, cuando ella cruce la puerta con sus cosas, será el comienzo de un año largo y complicado.
Y no estoy seguro de cómo voy a sobrevivir.
El timbre suena, estridente, a las diez en punto. Justo cuando me he sentado en el jardín trasero hojeando un libro del que no he leído ni dos páginas enteras. Lo dejo sobre la mesa del salón y aliso la camisa, como si eso fuera a cambiar algo.
Abro la puerta.
Mónica está allí, con ese gesto neutro que parece su firma personal.
A sus espaldas, Sofía se pelea con una caja enorme que apenas le deja ver por dónde pisa.
Mientras, Doña Fina, como era de esperar, está cuchicheando con Marcelo el del kiosco.
A la gente de este pueblo le gusta demasiado el salseo, y hoy les estamos sirviendo el plato principal.
—¡¿Ya estáis aquí?! —exclamo con una sonrisa forzada mientras me rasco la nuca, no me esperaba que llegasen tan temprano—. Pues nada, sed bienvenidas. Emmm… Pasad.
Mónica niega poniendo los ojos en blanco mientras Sofía salta de uno al otro con una mirada divertida desde detrás de la caja.
—Estás de buen humor, Guillaume —comenta la amiga dejando atrás el coche y subiendo a la acera—. ¿No habrás tomado un chupito para afrontar este día?
—¡Solo agua, lo juro! —contesto levantando las manos en señal de inocencia.
Mónica suspira, dejando en el suelo una maleta pequeña. Parece cansada ya y ni siquiera hemos empezado.
—¿Podemos entrar? Tenemos demasiado público y quiero dejar de ser la comidilla —susurra lanzando una mirada furtiva a nuestros vecinos.
Abro más la puerta y hago una reverencia exagerada.
—Por supuesto, adelante. Vigila los escalones.
Sofía se ríe entre dientes, mientras Mónica pasa directamente sin mirarme. No puedo evitar seguirla con los ojos desde donde estoy mientras arrastra la maleta por el suelo.
Una vez dentro, la casa se siente más pequeña. El aire pesa un poco más y, aunque estoy de mejor humor, no dejo de pensar en las horas de sueño que me faltan.
—He dejado la habitación trasera libre para ti —le comento, más serio ahora, mientras cierro la puerta tras de mí. —Saqué todo lo de mi tía y te hice hueco en la cocina. Pero...
Me detengo, porque noto que lo que voy a decir no va a gustarle.
—Pero ¿qué? —pregunta Mónica girándose de golpe para mirarme con fijeza por primera vez esta mañana.
—Solo hay un baño —confieso soltando la gran noticia.
Silencio.
Sofía suelta una carcajada.
—¡Oh, esto promete ser divertido! ¿Ya habéis decidido quién tendrá derecho exclusivo a la ducha a las ocho de la mañana?
—Deberemos hacer turnos, por supuesto—me apresuro en apuntar, intentando restarle importancia.
Mónica cierra los ojos un segundo y asiente con una tensión oculta.
—Perfecto —responde sin más—. ¿Dónde dejo el resto de mis cosas?
Señalo hacia el pasillo.
—Te lo enseño..
Ella toma la maleta y la caja que su amiga acaba de dejar y me sigue. Detrás, Sofía se apoya en el marco de la puerta y susurra lo bastante alto como para que ambos la oigamos:
—Esto va a ser más interesante de lo que pensaba.
Finjo no escucharla, pero el falso entusiasmo que me ha sostenido hasta ahora empieza a tambalearse.
Cuatro viajes más y la habitación de Mónica parece más un almacén que un dormitorio.
Cajas apiladas contra las paredes, una maleta abierta sobre la cama y una pequeña bolsa que supongo lleva lo esencial.
Ella sale de la habitación, se limpia las manos en los vaqueros y comenta que va a aparcar el coche.
La puerta de la entrada se cierra con un chasquido suave y, de pronto, Sofía y yo estamos solos.
Amantine, la gata, ya ha inspeccionado toda la tienda a su antojo.
Mónica le ha colocado su cama y todos sus bártulos en la planta inferior y le ha «hablado» sobre que no puede subir a la planta de arriba.
La verdad es que verla me ha hecho mucha gracia y tengo la sensación de que este animalillo y yo nos vamos a llevar bien.
Hay un silencio incómodo que intento disolver con una sonrisa forzada mientras salimos de ahí y nos metemos en la cocina.
—¿Un café? —pregunto señalando la cafetera sobre la encimera.
Sofía asiente con una sonrisa amable, aunque noto que también está un poco tensa. Preparo dos tazas y le ofrezco una, invitándola a sentarse conmigo en la mesa de la cocina.
—Bueno —empiezo con voz ligera—, supongo que esto ya es oficial. Mi nueva compañera de piso ha invadido mi territorio personal.
Sofía deja escapar una risa suave mientras remueve el café con la cucharilla.
—No sé si decirte «enhorabuena» o «lo siento» —responde, con un destello divertido en los ojos—. Mónica no es precisamente fácil. Y menos contigo.
—No hace falta que me lo digas —bromeo—. Lo estoy descubriendo por mí mismo. Pero ¿cómo está? Quiero decir... ¿cómo lo lleva?
Sofía suspira y mira el líquido negro en su taza como si buscara las palabras adecuadas.
—Está bien, supongo. Sé que se siente extraña —admite—. Dejar la casa donde ha vivido siempre, la floristería que no sabe cómo va a terminar... Todo. Nuestra amiga nunca ha sido fan de los cambios drásticos, ya lo sabes.
Asiento despacio. Sí, lo sé. Mónica siempre ha sido de raíces firmes y costumbres marcadas. Cualquier sacudida en su rutina es como un terremoto personal. Y parece que yo soy el centro de todos ellos en su vida.
—La entiendo —respondo con una risa amarga—. La verdad es que yo también me siento extraño. He vivido solo durante años, y ahora... esto.
Tomo un sorbo de mi bebida mientras Sofía me observa, ladeando la cabeza.
—¿Seguro que estás bien con todo esto? —pregunta—. No me refiero a la herencia o a las normas absurdas de María del Carmen, sino a Mónica.
Mi sonrisa se tambalea un segundo, pero la reconstruyo al instante. Llevo haciéndome esa misma pregunta desde que supe que ella estaba en el testamento y, conociendo a mi tía, lo que ello implicaría.
—Claro que sí —respondo con un entusiasmo forzado—. Estamos siendo adultos civilizados. Esta semana no nos hemos matado, así que todo irá bien.
El silencio vuelve, aunque esta vez es muy incómodo. Antes de que pueda añadir algo más, la puerta principal vuelve a abrirse y Mónica entra, sacudiéndose las manos.
—El coche ya está —anuncia—. ¿De qué habláis?
Sofía y yo intercambiamos una mirada rápida.
—De lo mucho que me alegra compartir baño contigo —respondo irritado por todo lo que conlleva ese hito.
Mónica me lanza una mirada afilada, pero hay algo en sus labios que amenaza con convertirse en una sonrisa. Solo amenaza.
—Tranquilo, que antes de usarlo daré tres toques para asegurarme de que no estés dentro —comenta tan mordaz como he sido yo—. ¿Quién quiere más café?
Sofía oculta una risa tras su taza. Yo me recuesto en la silla y trato de convencerme de que sí, todo irá bien.
—Ya parece que esta sea su casa —me burlo señalando cómo se mueve por la cocina con soltura.
—Tengo algo que contarte y no sé si te gustará mucho.