La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Una cena de locas

Mónica

El sonido de las voces en el comedor me pone los nervios de punta.

Doña Fina habla con su tono de siempre, tan agudo y dramático, mientras que Aina responde con su lógica aplastante de abogada del diablo.

Y luego está él, Guillaume, callado pero presente, que lleva escuchándonos decir barbaridades desde que hemos salido de la notaría con la aceptación de la herencia firmada.

Sofía y yo, en cambio, estamos en la cocina. El aroma a las pizzas que estamos preparando para cenar apenas logra calmarme y eso que soy de esas que adora comer. Mi amiga tiene los brazos cruzados, mirándome con la ceja subida y riéndose entre dientes.

—Es una señal del destino —apunta, en voz baja, pero con un entusiasmo que me crispa todavía más—. ¡Vamos, Mónica! Que os hayan dejado la casa y el negocio bajo esas condiciones… Eso no pasa por casualidad.

—No empieces —susurro, con los dientes apretados, sacando un par de botellines de cerveza de la nevera—. El destino no tiene nada que ver. Es una jugarreta, una trampa con el nombre de su tía escrito en cada cláusula.

—¿Y qué tal si no lo es? —insiste, inclinándose hacia mí—. A lo mejor María del Carmen vio algo que vosotros os negáis a ver. Lo vuestro… era especial.

—Es pasado —la corto, casi escupiendo las palabras—. Guillaume y yo ya no somos lo que fuimos. Ni lo seremos. Jamás.

Sofía niega con la cabeza con ese gesto suyo tan típico, como si supiera algo que yo no sé. Y lo peor es que me irrita, porque una parte de mí teme que tenga razón, y no es buena señal. Ya caí en las garras del pianista una vez y nadie salió bien parado.

—Estabas loca por él —susurra, y sus palabras caen como una gota en un charco, haciendo que mi corazón dé un pequeño parón al recordar la verdad—. Y él te miraba como si fueras su canción favorita de Bach.

—¿Y qué importa eso ahora? —mi voz se quiebra, y me apresuro a calmarla—. Ahora él quiere volver a París y yo quiero seguir con la floristería. No hay más.

—¿Eso es lo que quieres, Mónica? —su tono cambia, volviéndose suave, casi compasivo.

No es lo que quiera, es lo que debe ser.

Yo estoy muy bien ahora, tengo mi vida tranquila como siempre soñé, alejada de mi hermana —cosa que va a volver a cambiar en nada— y con el trabajo de mis sueños.

Para nada quiero cambiar esta estabilidad para arriesgarme con Guillaume a ¿qué? ¿A otra vez una vida de incertidumbre?

Antes de que pueda responder, la puerta del comedor se abre y la voz de Aina nos llama.

—¿Podéis venir ya? —nos reclama con esa severidad que hace parecer que estamos a punto de firmar un tratado de paz o declarar una guerra.

Respiro hondo. Sofía me da un apretón rápido en el brazo y me lanza una mirada cómplice.

—Piénsalo —susurra justo antes de que cruce el umbral y ella se quede en la cocina.

Guillaume está de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados. No me mira. En realidad no mira a nadie y parece estar sumido en sus propios pensamientos. Doña Fina está sentada, suspirando de una manera demasiado teatral incluso para ella, mientras que Aina despliega papeles sobre la mesa.

No sé si esto es el destino o una broma cruel del universo, pero lo único que sé es que estamos a punto de tomar una decisión que podría cambiarlo todo.

Sofía saca las pizzas del horno con un movimiento rápido, para no perderse nada de la que puede ser la gran discusión de la historia de la humanidad.

El olor a queso fundido y tomate especiado debería ser reconfortante, pero lo único que siento es el nudo cada vez más grande en mi estómago.

Aina, con su profesionalidad cortante, vuelve a llamar la atención de todos.

—Bien —empieza, cruzándose de brazos una vez todos estamos sentados alrededor de la mesa—, he estado pensando, y podríamos explorar algunas vías judiciales para apelar ciertos términos del testamento.

Por ejemplo, el tema del negocio conjunto.

No es razonable obligar a dos personas a trabajar juntas si no hay voluntad real de hacerlo.

Teniendo en cuenta que además estáis en dos mundos laborales totalmente distintos.

—Eso suena bien —añado, más para darme algo de espacio que porque crea que funcione.

—Pero, ¡vamos! —salta Sofía, con esa chispa de entusiasmo que provoca que todos la miremos de golpe—. Esto tiene que ser una señal, una oportunidad para que os entendáis. La tía María del Carmen no era tonta.

—Sofía, por favor —murmuro, removiendo el vaso de agua delante de mí.

La voz de Aina vuelve a tomar las riendas.

—Guillaume, también está el tema de tu carrera. Tienes las giras, conciertos, compromisos... No veo cómo podría encajar eso con estar aquí un año entero y solo poder escabulliros un máximo de 48 horas seguidas.

Me giro para mirarlo. Sé cómo funciona su vida, o al menos cómo funcionaba. Siempre viajando, siempre en movimiento. Pero Guillaume apenas pestañea.

—No será un problema —masculla con una calma que me crispa.

Frunzo el ceño. ¡¿Por qué no sería un problema?! Se supone que está en lo más alto de su carrera, que tiene contratos y fechas cerradas con meses de antelación. ¿Acaso está mintiendo?

—¿Qué significa eso? —pregunto notando cómo mi voz ha salido más afilada de lo que pretendía.

Guillaume baja la vista a la mesa por un segundo antes de responder. Y lo hace sin mirar a ninguna de nosotras.

—No tengo nada programado para el próximo año.

La frase queda suspendida en el aire, como si nadie supiera cómo procesarla. Aina entrecierra los ojos, analizando cada matiz de su voz.

—¡Vaya! —comenta Sofía intentando salvar la situación, aunque solo consigue que la tensión suba de tono más aún—. Eso facilita las cosas, ¿no?

—Claro, ¡perfecto! —Aina aplaude ante el giro de los acontecimientos—. Entonces solo falta organizar el reparto de tareas para el negocio.

Pero yo no me quedo para nada tranquila ante la respuesta de mi «nuevo compañero de piso». No entiendo cómo puede tener todo el resto del año libre. Es lo primero que averiguaré en cuanto ponga un pie en casa de María del Carmen. Y por ese motivo, decido cambiar de tema.

—Aina —empiezo, sintiendo la necesidad de rebajar las expectativas—, no puedes estar aquí todo el tiempo vigilándonos.

—Ya, bueno, tampoco podré dedicarme a esto las primeras semanas —admite—. El bufete sigue siendo mi prioridad y tengo a mis hijos. Pero para inicios de junio estaré más libre.

Hago cálculos rápidos. Quedan quince días para eso. Por lo que mi excusa para librarme de mi guardaespaldas ha sido un fracaso total.

—Quince días —murmuro, más para mí que para los demás.

Guillaume no dice nada, solo tamborilea los dedos sobre la mesa. Yo intento buscar su mirada, pero la esquiva. Por un segundo, me pregunto si este testamento es solo una trampa más de la tía María del Carmen para obligarnos a enfrentarnos a algo más grande que una simple herencia.

Ya tenemos todo más o menos claro cuando el reloj marca alrededor de la medianoche. La mudanza será este fin de semana y Aina se ha encargado de repasar con una precisión británica las normas de la herencia.

Guillaume y yo debemos instalarnos en la casa de la tía María del Carmen cuanto antes y empezar a planear lo del negocio conjunto.

La idea es que yo traslade la floristería al local delantero y deje la trastienda para él, aunque eso implica embalar todas las plantas, herramientas, decoraciones y los pedidos pendientes.

Mientras que él no sé cómo hará para meter el piano en ese rincón.

Mi futuro compañero, por su parte, se ha mantenido callado toda la noche mientras Aina hablaba de repartir las tareas.

Doña Fina ha insistido en que contemos con su ayuda —«para vigilar que no os matéis el uno al otro»—, mientras que Sofía ha ofrecido su coche para hacer los viajes.

Mi hermana, por supuesto, ha dejado claro que vendrá cada vez que pueda, aunque ahora parece un poco agobiada con la idea de tener que supervisar el circo que promete ser esta convivencia forzada.

Guillaume ha sido el primero en levantarse de la mesa, recogiendo su chaqueta, demasiado rígido e incómodo.

Su mandíbula parece más apretada de lo normal y sus pocas palabras están muy medidas.

Algo le pasa, aunque no sé qué. Antes, al menos, había cierta chispa entre nosotros, aunque fuera para lanzarnos pullas.

Ahora, su silencio es como un muro de piedra.

Lo acompaño hasta la puerta, más por instinto que por otra cosa, y cuando llegamos al umbral, dejo escapar un suspiro. Sé que tengo que decir algo. Ya que si vamos a vivir juntos —aunque sea a la fuerza—, no podemos seguir así.

—Oye... —empiezo, provocando que sus ojos se claven en los míos, fríos, como si solo esperara que acabara para largarse—, quiero disculparme por todo lo que ha pasado estos días en la floristería.

Lo de las partituras, lo de la tierra en el piano...

Sé que me pasé. Si hay algo que reparar del piano, dímelo. Lo pagaré.

Guillaume ni siquiera parpadea. Hay un segundo de silencio incómodo y creo por un instante que se va a arrepentir de haber aceptado nuestro futuro «juntos». Luego, su voz se torna más cortante que nunca:

—No hace falta. Ya está arreglado.

Su respuesta es tan seca que me deja helada. Esperaba una burla, una de sus sonrisas torcidas, incluso un comentario sarcástico. Pero no esto.

—Aun así, lo siento. De verdad.

—Está bien. —Hace como que se quiere ir, pero antes de empezar a bajar las escaleras, se da media vuelta—. Una última cosa, ¿soy yo o me ha parecido ver un gato esconderse en tu habitación antes?

—Oh, una gata, Amandine. ¿Te importa?

¿Cómo no se me ha ocurrido que Amandine también se va a mudar conmigo y con él, por supuesto? Debo de poner una cara de susto, ya que él parece sonreír después de mi reacción.

—Mientras no se suba a mi cama, también es bienvenida —responde, aunque su tono dice lo contrario. Da un paso hacia la puerta—. Nos vemos el sábado.

Sin más, baja las escaleras, dejándome allí, con las disculpas aún colgando de los labios y una sensación extraña por todo el cuerpo. Cierro la puerta despacio, con el estómago revuelto. Ahora soy yo la que siente que algo se ha roto.