La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
23%

Guillaume

Acuerdos y desacuerdos

Guillaume

El silencio que queda tras las palabras del notario pesa como una losa sobre mis hombros.

Las normas se amontonan en mi cabeza, una tras otra, como si alguien las hubiera grabado a fuego.

Coexistencia obligatoria. Negocio conjunto.

Renovación compartida. Y así, una cadena de reglas absurdas que me atan a esta finca y, sobre todo, a Mónica.

—Tiene que haber alguna manera de modificar esto —mi voz suena más tensa de lo que esperaba mientras me paso una mano por el cabello, desordenándolo aún más—. Quiero decir que no es razonable. ¿De verdad no hay una cláusula que permita una renegociación?

El notario, un hombre mayor con gafas gruesas y expresión pétrea, sacude la cabeza lentamente.

—El testamento es claro, señor Guillaume Moreau. Las condiciones son inamovibles. Cualquier intento de eludirlas resultará en la pérdida inmediata de sus derechos sobre la herencia. El suyo.

Sus palabras me golpean el pecho tan fuerte que me quedo helado. Siento una punzada de frustración. No puedo permitir que algo así suceda, ya tengo suficiente con mi propio tormento como para sucumbir a los deseos de María del Carmen.

—¿Y si… si uno de los dos decide abandonar? —insisto de nuevo, notando yo mismo la desesperación en mis palabras.

—El otro heredero obtendría la totalidad de la finca, así como el negocio. —El notario me mira con severidad—. Pero si ambos incumplen las normas, la propiedad será entregada a la organización benéfica designada.

—Esto es una locura —susurro, más para mí que para él.

De reojo, veo a Mónica. Está callada, con la mirada clavada en un punto fijo de la mesa, las manos entrelazadas sobre el regazo y una pierna tamborileando con fuerza contra el parquet.

No me devuelve la mirada, y eso me irrita más de lo que debería.

¿Es que no le afecta esto? ¿O simplemente está conteniendo su propia tormenta interna?

Mi mente vuela a París. A mi apartamento vacío, a la luz grisácea filtrándose por las cortinas de lino.

A las teclas del piano cubiertas de polvo.

Ya nada me retiene allí. La música, que una vez fue mi refugio, se ha convertido en una prisión.

Desde que mi tía falleció, cada nota que toco suena hueca, desde el altercado que arruinó mi carrera, siento que no pertenezco a ningún sitio.

Pero quedarme aquí… ¿Un año entero compartiendo techo con Mónica? Los últimos quince días han sido un desfile de roces, de discusiones agotadoras, de miradas que dicen más de lo que deberían. Si un par de semanas han sido así, ¿cómo voy a sobrevivir un año entero?

—Guillaume —la voz de Mónica, suave pero firme, me saca de mis pensamientos.

Levanto la vista. Por fin, nuestros ojos se encuentran.

Hay algo en los suyos que me desarma. ¿Culpabilidad?

¿Resignación? Por un momento, el verano de hace años vuelve a mí.

Los paseos por Valldemossa, las risas en la playa, las noches compartiendo secretos al borde del acantilado.

Pero ese verano murió junto a todo lo demás.

—¿Esto cambia algo para ti? —le pregunto intentando encontrar una respuesta entre sus palabras.

Ella parpadea, confusa. Creo que necesitamos tener una conversación antes de aceptar o no. Esto no solo me afecta a mí, también a ella.

—No lo sé —admite—, pero si lo que buscas es una salida fácil, Guillaume, me temo que no la hay.

Su sinceridad me irrita y me conmueve a la vez. Estoy hecho un mar de dudas y no sé qué pensar o qué hacer. El notario carraspea, bastante incómodo con el aire cargado que flota en el ambiente.

—Imagino que necesitarán un rato para deliberar sobre estas palabras, ¿verdad? —pregunta con voz seca mientras nos escudriña con la mirada.

Me quedo en silencio. Mi mente sigue debatiéndose entre París y Valldemossa, entre la libertad y el encierro. Pero, sobre todo, entre huir de Mónica o quedarme a enfrentar lo que aún late entre nosotros.

—Si, por favor —acepta Mónica.

El notario sale de la sala sin apenas hacer ruido dejándonos en una situación de lo más incómoda. Ahora solo quedamos Mónica y yo, sentados uno junto al otro, con el testamento abierto sobre la mesa exigiéndonos que hablemos desde el silencio.

El silencio es denso. Ella juguetea con un mechón de su cabello, enrollándolo y desenrollándolo alrededor de un dedo, y yo tamborileo con el pie haciendo que cada golpe sea más seco que el anterior.

—¿Firmamos una tregua? —propongo al fin con mi voz un poco más áspera de lo que pretendía.

Mónica levanta la vista, parpadeando antes de que nuestros ojos se conecten. Su expresión es cautelosa, pero no me interrumpe.

—Solo por un momento —le proporciono este matiz—. Pongamos todas las cartas sobre la mesa. No vamos a resolver nada si seguimos lanzándonos pullas como si fuéramos adolescentes.

Ella aprieta los labios, dudando. Su ceño se vuelve a fruncir, pero al final asiente.

—Vale —responde—, pero solo porque no quiero que mi hermana se pase los próximos meses regañándome como cuando éramos pequeñas.

Dejo escapar un suspiro de alivio. Al final esto es algo con lo que vine aquí, en hacer las paces aunque solo fuese por un breve instante, aunque ahora parece que se ha convertido en un instante de trescientos sesenta y cinco días. Esto es un comienzo.

—Lo primero —empiezo, apoyando las manos sobre el testamento—, esta herencia es una putada como una catedral. No hay otra forma de decirlo.

Mónica suelta una carcajada amarga que hace que los ojos se le achinen y se le marquen los hoyuelos que hacía años que no veía.

—¿Te crees que no lo sé? —se ríe—. No pedí nada de esto, Guillaume. La floristería... Eso es lo único que me importa. Es mi vida.

La floristería. Por supuesto. Para Mónica, ese pequeño local lleno de aromas dulces y colores por donde los haya. Y ahora, gracias a las reglas de mi tía, también es mi cárcel.

—Yo no sé nada de flores ni de plantas ni de llevar un negocio así —confieso, midiendo cada una de mis palabras—. Si vamos a hacer esto, ese punto tendremos que hablarlo.

Mónica alza una ceja.

—¿Negociar? —repite—. ¿Quieres abrir una tienda de pianos en medio de Valldemossa y joderme mi razón de vivir?

—No es eso. Solo digo que tendremos que encontrar un término medio. Yo no voy a regar plantas sin saber lo que hago, y tú no vas a querer que toque tus rosas con mis partituras.

Ella aprieta la mandíbula, y por un segundo creo que va a saltar de la silla para empezar una nueva discusión. Pero en lugar de eso, suelta un largo suspiro.

—Mira —suelta al fin—, perdona si estos últimos quince días he sido... difícil, pero eso no significa que te guarde rencor —añade con una sonrisa tensa—. Lo que pasó entre nosotros... Eso no desaparece solo porque tengamos que compartir una casa ahora.

Y ahí va todo. Éramos demasiado jóvenes y ella apenas es consciente de todo lo que me sucedió en ese momento de mi vida como para que me juzgue tan a la ligera. Admito que no fue lo mejor y que le rompí el corazón, aunque a mí me rompieron hasta el alma.

Me paso una mano por el pelo, nervioso. ¿Por qué cada conversación con Mónica tiene que ser un campo de minas?

—Lo sé —respondo con un hilo de voz.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero esta vez hay algo diferente. Algo más pesado.

—¿Y qué hacemos con las normas? —pregunto al fin.

Mónica se cruza de brazos.

—Empezar por asumir que mi hermana va a ser nuestra niñera —concluye con sorna—. Estará encima de nosotros cada vez que respiremos, Guillaume. Y si nos salimos un milímetro de lo que dice mi tía, adiós finca. Yo no voy a renunciar a mi felicidad.

Ella no va a renunciar, pero yo debo joderme, ¿no? Aprieto los dientes. Pero ¿qué remedio me queda? No tengo nada ni nadie que me ate a otra parte del mundo.

—Estamos metidos en un buen berenjenal —admito.

Mónica se encoge de hombros.

—Solo nos queda decidir si saltamos juntos o nos arrastramos el uno al otro al fondo.

Nos miramos en silencio un segundo, pero entonces caigo en la cuenta de algo.

—Norma uno —puntualizo levantando un dedo de la mano.

—Más normas no, si us plaaaaau —gruñe.

Le sonrío al ver esa clásica reacción suya.

—Espera, que te va a gustar. Sobre la norma uno. Viviremos en la misma finca, pero te dejaré la habitación de invitados.

—Ni loca iba a meterme en la misma cama contigo —resopla, indignada.

La tregua sigue en pie, pero las grietas ya empiezan a mostrarse.