La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

La gran Heren-Putada

Mónica

El eco de la puerta cerrándose tras Aina aún retumba en mi cabeza cuando me doy cuenta de lo que significa: estamos solos.

Sola con Guillaume.

Tengo la sensación de estar frente a frente con el mismísimo diablo, aunque el verdadero tormento es la maraña de recuerdos y emociones que ahora hierven dentro de mí.

No sé qué pretendía María del Carmen al insistir en que solo nosotros dos estuviéramos aquí.

¿Un castigo? ¿Una última jugarreta desde el más allá?

El notario carraspea y despliega una nota manuscrita, sus dedos arrugados deslizan el papel con un sumo cuidado.

—Esta es una carta personal que la señora María del Carmen quiso que leyera antes de proceder con la distribución de bienes —anuncia, su voz grave y solemne—. Dice así:

«Queridos Mónica y Guillaume:

Si estáis leyendo esto, significa que he empezado el viaje al otro mundo, pero antes de dejar este, quería recordaros algo que quizás ya habéis olvidado o que tal vez nunca os atrevisteis a admitir.

Este verano he sido testigo de algo hermoso, algo que hizo que mi vieja alma recordara lo que es el verdadero amor.

Os vi juntos. Os vi reír, discutir por tonterías, tocar el piano al atardecer y pasear por las calles de Valldemossa como si el mundo solo os perteneciera a vosotros dos.

Sé que, aunque las cosas ahora están bien, no siempre va a ser así, ya que el verano está llegando a su final y sabemos que Guillaume partirá pero hay amores que trascienden las peleas, el orgullo y el tiempo.

Algunos amores están escritos en las estrellas, otros en las notas de un preludio y otros, como el vuestro, en los silencios incómodos y las miradas furtivas.

No os estoy dejando esta herencia solo por lo que sois individualmente, sino por lo que podríais ser juntos, si alguna vez os permitís ver más allá de las heridas que os hicisteis.

Con cariño,

María del Carmen».

El silencio que se forma a posteriori es mucho más incómodo que la carta que acaba de leer.

No sé cómo reaccionar. Mi garganta está tan seca que cualquier palabra quedaría atrapada antes de salir. Mis manos están frías, las escondo bajo la mesa mientras fijo la vista en un punto perdido del escritorio, temiendo que, si miro a Guillaume, me desmoronaré.

En mi cabeza se han vuelto a formar las imágenes de ese verano, los paseos, los besos robados… Y mi corazón lo ha vuelto a vivir como si fuese la primera vez. Y por un instante me muero de ganas por saber si esta carta también ha revuelto a mi compañero de herencia.

Así que lo hago. Lo miro.

Me doy cuenta de que él ya tiene sus ojos clavados en los míos. Hay perplejidad en ellos, sí, pero también algo más, algo que me cuesta descifrar. ¿Culpa? ¿Tristeza? ¿O quizá una necesidad que ambos hemos intentado enterrar desde aquel verano?

El notario, ajeno a la tormenta que acaba de desatarse dentro de mí, dobla la carta con delicadeza.

—Ahora, si están listos, procederemos con el resto de la lectura contractual del testamento —anuncia, como si lo que acaba de leer no hubiera sido una bomba emocional.

Pero yo no estoy lista y me temo que nunca lo estaré.

El notario rebusca en un cajón hasta encontrar un caramelo que no duda en llevarse a la boca y comienza a leer. Una sensación de ahogo empieza a aprisionarme el pecho cuando sus palabras resuenan por la sala.

—En primer lugar —prosigue con su voz áspera—, todos los bienes económicos, las cuentas bancarias y las inversiones de la difunta María del Carmen, pasan íntegramente a Guillaume.

El sonido de su nombre es un golpe seco en mi pecho. Aunque soy consciente de que en eso yo no tengo ni voz ni voto, y que es lógico, me hace ponerme en lo peor. Guillaume no reacciona, su rostro es una máscara de piedra, pero yo sé que su mente bulle tras esa fachada.

—Ahora —continúa el notario—, respecto a la finca y el local comercial situados en Valldemossa, existen condiciones específicas que deben cumplirse para conservar la herencia.

Mi estómago se retuerce y mi corazón se detiene por un instante.

Condiciones. Claro, la tía María del Carmen nunca haría las cosas fáciles.

Ya no lo hacía en vida, menos una vez hubiese puesto un pie en el otro mundo.

Si hasta cuando nos daba calderilla para comprar piruletas nos hacía resolver algún acertijo o prueba por el estilo.

—Primera condición: coexistencia obligatoria. Ambos herederos, Mónica y Guillaume, deberán vivir juntos en la vivienda de la planta superior durante un año entero como mínimo, sin abandonarla más de 48 horas seguidas, salvo emergencias justificadas.

Siento como si el aire se detuviera antes de salir de mi cuerpo. ¿Compartir casa con Guillaume por un año?

El notario no se detiene.

—Segunda condición: el local de la planta baja deberá convertirse en un negocio común. Podrá ser un café, una librería, un taller artesanal… Ambos deberán contribuir económicamente y con su trabajo diario durante un mínimo de seis meses.

—No me jodas —murmura mi compañero de herencia.

Echo un vistazo a Guillaume. No parece más aliviado que yo. Un negocio juntos. Esta mujer se había vuelto loca por completo. Si apenas han pasado quince días y no sé cómo el local sigue en pie.

—Tercera condición: cualquier reforma o mejora en la finca deberá ser aprobada y consensuada por ambos, y las decisiones importantes solo se validarán si hay un acuerdo mutuo.

Suelto un leve suspiro. Con nuestra capacidad para ponernos de acuerdo, ya puedo imaginar lo que eso significará. La casa no aguantará ni dos días.

—Cuarta condición: en caso de disputa grave, deberán acudir a un mediador designado por la testadora antes de tomar acciones legales. En este caso se ha propuesto a la señora Fina como mediadora.

¿Un mediador? ¿Doña Fina? Esto roza lo absurdo. Esa mujer, aunque la quiera con locura, es una metomentodo y…

—Usted debe de estar… —empiezo, pero enseguida me corta para seguir con la lectura.

—Quinta condición: deberán organizar al menos cuatro eventos públicos en el local durante el primer año —continúa el notario—. Un mercadillo, una lectura de poesía, una jornada solidaria… Lo que sea.

Mi mente da vueltas. ¿Eventos? Apenas puedo respirar. ¿Qué coño vamos a hacer?

—Sexta condición: si alguno decide vender su parte de la finca, pierde ipso facto su derecho a la herencia, que pasará al otro heredero en su totalidad.

Mis manos tiemblan sobre mi regazo. Guillaume sigue imperturbable. Pero por dentro yo me estoy martirizando a más no poder.

—Séptima condición: ambos deberán mantener viva una tradición específica de la difunta, como plantar un árbol cada primavera en el jardín o leer una carta especial escrita por ella en el aniversario de su muerte. Ustedes sabrán cuál es esa tradición que ella más impartía para tenerla en cuenta.

Trago saliva. La tía de Guillaume siempre nos decía que las raíces eran importantes, pero esto va más allá. Esto no tiene sentido ninguno.

—Octava condición: no podrán ceder sus derechos a un tercero para cumplir estas normas. Solo ustedes dos pueden tomar las decisiones y ejecutar las tareas.

Una chispa de frustración brota en mi pecho. Estamos atrapados en este juego y lo más jodido es que nada ni nadie podrá estar a mi lado.

—Por último —dice el notario, levantando la mirada de los papeles—, hay una cláusula secreta. Solo será revelada si ambos cumplen todas las condiciones. De lo contrario, si al cabo de un año no han cumplido, la finca será donada a una organización benéfica elegida por la testadora.

Silencio absoluto. Por fin el hombre ha dejado de hablar y mi cabeza puede empezar a pensar, creo. Mi mente es un caos y la información salta de una a otra sin conexión alguna.

Guillaume mantiene la mirada fija en el escritorio, pero su mandíbula tensa lo delata. La tía María del Carmen ha tejido una red tan fina como inquebrantable, y ahora estamos atrapados en ella.

Mi negocio depende de ello. Mi vida entera está en nuestras manos, pero sobre todo, en las de él. Si yo acepto, pero Guillaume no lo hace, estoy vendida. Y en este caso, no sé si quiero gritar o reír. Quizás ambas cosas.