Guillaume
Mañana nos vemos en la notaría
Guillaume
Estamos los tres sentados frente a la mesa de madera oscura, un mueble sólido, pesado, llevando sobre él el peso de generaciones y generaciones de notarios. El aire en la habitación es denso, apenas roto por el sonido rítmico de las hojas siendo giradas por las manos del hombre.
Mónica está justo enfrente de mí. Aunque intenta mantener la vista fija en el documento, la noto inquieta.
En más de una ocasión, sus ojos se deslizan hacia los míos, pero cada vez que nuestras miradas conectan, ella las desvía, apresurada.
Como si mirar más de un segundo significara admitir algo que ninguno de los dos quiere poner en palabras.
Yo también aparto la mirada, clavándola en el bolígrafo que el notario tiene sobre la mesa. Mis dedos tamborilean de forma casi imperceptible sobre mi rodilla, un reflejo involuntario de la tensión que llevo encima desde esta mañana.
Aina, la hermana de Mónica, mantiene los labios apretados.
Sé que todavía está molesta. Cuando me ha preguntado antes sobre las pequeñas, digamos, «batallas» diarias entre su hermana y yo, lo he contado con una especie de sonrisa nostálgica, casi con cariño.
Pero ella no lo ha visto así. Para Aina parecía más bien la confirmación de que soy parte del problema, otro elemento que complica la vida de Mónica. Y para nada esa era mi intención.
El notario carraspea, enderezándose en la silla.
—Bien, como iba diciendo —su voz es grave, neutral, profesional—, la señora María del Carmen ha dejado estipulado que la herencia debe ser aceptada bajo una de las siguientes formas: pura y simple, con beneficio de inventario, o bien puede ser rechazada.
Cada uno de ustedes tiene el derecho de decidir cómo proceder.
La sala parece encogerse a mi alrededor y por tal como se agita Mónica en el asiento, presiento que a ella le pasa lo mismo.
—El señor Guillaume —continúa— ha sido designado como heredero universal, según lo indicado por la señora María del Carmen en su testamento. Por lo tanto, le pregunto manteniendo las formas si acepta la herencia según alguna de las formas mencionadas con anterioridad.
La garganta se me cierra por un instante.
La palabra «universal» pesa más de lo que creí.
La casa, las tierras… todo lo que alguna vez le perteneció a mi tía ahora está a punto de pasar a mis manos.
No sé si estoy preparado para esa responsabilidad, pero lo único que tengo claro es que rechazarlo sería traicionarla.
Noto la mirada de Mónica. Esta vez, no la esquivo.
—Sí —respondo al fin, con la voz algo más firme de lo que esperaba—. Acepto la herencia.
El silencio que sigue es ensordecedor.
Mónica parece aguantar la respiración, pero cuando la miro a los ojos, ella levanta una ceja y puedo escuchar su voz gritando un «Me has jodido la vida». Pero en realidad lo único que quiero hacer es dejar las cosas tal y como están y seguir con mi vida, si es que tengo alguna.
El notario ajusta las gafas sobre el puente de la nariz y retoma el testamento, sus dedos tamborilean sobre las páginas amarillentas como si cada palabra que está a punto de pronunciar cargara un peso invisible. Me tenso en la silla, sintiendo cómo el aire en la habitación se espesa.
— Molt bé . En ese caso —pasa la página—, vamos a proceder con la lectura del testamento. Este documento fue escrito y firmado por la señora María del Carmen el 18 de agosto del 2008 —anuncia, su voz firme y cortante como el filo de una navaja.
Agosto. El último verano que pasé en Valldemossa.
El recuerdo me golpea como un latigazo: las tardes interminables en la vieja casa de mi tía, el sonido del piano flotando entre las paredes agrietadas y las citas robadas con Mónica que, aunque nunca llegamos a intimar, siempre ardían debajo de la superficie.
Me paso una mano por la nuca, tratando de aflojar la tensión, pero el nudo en mi garganta se hace más grueso.
El notario pasa a una hoja distinta y extrae una nota manuscrita. El papel cruje al desplegarse.
—Antes de proceder con la distribución de bienes, hay una cláusula especial. La señora María del Carmen dejó instrucciones explícitas: la lectura íntegra del testamento solo se realizará si Guillaume y Mónica están a solas en la sala.
El silencio cae como una lápida sobre nosotros y no puedo más que echar un vistazo a la hermana de mi compañera de herencia.
Aina reacciona primero, con sus ojos abiertos de par en par y su mandíbula apretada.
—¿Perdón? —su voz vibra con incredulidad—. Soy su abogada, tengo derecho a estar presente.
El notario levanta la vista con calma profesional.
—Estoy cumpliendo con las últimas voluntades de la difunta. Ella fue muy clara: solo Guillaume y Mónica.
Aina se vuelve hacia Mónica, esperando a que su hermana intervenga, pero ella está demasiado ocupada mirando sus propias manos y evitando cruzar miradas con cualquiera de nosotros.
—Esto es absurdo —protesta Aina—. ¿Qué pretende tu tía? ¿Un espectáculo? ¡Esto no tiene sentido!
El notario, impasible, señala la puerta.
—Por favor, señora, le ruego que espere fuera.
La rabia de Aina se propaga por el espacio. Se inclina hacia Mónica y le susurra algo al oído, demasiado bajo para que lo capte, pero puedo ver la forma rígida en que Mónica asiente.
Al final, con un último vistazo que podría fulminar hasta el más pintado, Aina recoge sus cosas y sale, dando un buen portazo para demostrar su enojo.
El eco de ese ruido retumba en mi pecho.
Ahora estamos solos.
Mónica y yo. Y el testamento de mi tía María del Carmen entre nosotros, como una bomba a punto de estallar.