La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Primera sorpresa del día

Mónica

—¡No, no, no! —musito, saltando de la cama como si el suelo quemara—. ¡Mierda!

Tengo cinco minutos. Cinco miserables minutos para vestirme, coger lo esencial y salir corriendo a la notaría.

Las palabras «lectura del testamento» giran en mi cabeza como un eco martilleante.

¿Cómo he podido ser tan estúpida? Ayer, mientras veía un capítulo más de Las chicas Gilmore , me quedé hasta las tantas y se me olvidó por completo poner la alarma.

El recuerdo me golpea mientras me meto a la fuerza en unos vaqueros y una blusa arrugada.

Guillaume. La floristería. El preludio de Bach flotando entre nosotros como un puente invisible.

Estuve a punto de quedarme, de dejar que esa sonrisa cautelosa y sus palabras suaves me arrastrasen, como si el tiempo no nos hubiera separado.

Pero estábamos justo donde la última vez, en medio del caos.

—¡Basta! —me regaño a mí misma mientras me cepillo el pelo de cualquier manera.

Cojo las llaves y el bolso y salgo disparada por la puerta. Las calles de Valldemossa, que en sus días de invierno son acogedoras y tranquilas, se convierten en un laberinto imposible mientras intento esquivar a los primeros turistas y vecinos que pasean sin prisa.

—¿Otra vez tarde, Mónica? —la voz de Fina me golpea como un jarro de agua fría.

La encuentro justo cuando doblo la esquina. Mi querida vecina de abajo, con su delantal floreado y su expresión de desaprobación perpetua, me clava los ojos.

—No tengo tiempo, Fina —respondo sin detenerme.

—Nunca tienes tiempo. Siempre con prisas, siempre con la cabeza en las nubes. Así no llegarás lejos, niña —masculla, pero ya estoy a medio camino de la siguiente calle.

El aire salado me arde en los pulmones cuando, al fin, alcanzo la notaría. La puerta de madera oscura está entreabierta. Respiro hondo, tratando de recomponerme antes de entrar pero es inútil. Como puedo, abro la puerta.

Mi hermana de pie, con los brazos cruzados, hablando en voz baja con Guillaume.

El tiempo parece detenerse. Mis dedos aún están cerrados alrededor del pomo de la puerta y mi mente se queda en blanco.

—¿Qué…? —murmuro para mis adentros.

Ellos no me ven todavía, pero algo en su lenguaje corporal —la inclinación sutil de sus cabezas, la tensión flotando entre ellos— me dice que esa conversación no es casual.

El reloj de la pared marca las 10:05. Llego tarde. Y no solo para la lectura del testamento, por lo que ven mis ojos.

Aina me saluda con una mirada que podría marchitar hasta los cactus de medio Sahara si quisiera. Su ceño fruncido es un muro infranqueable y, antes de que pueda abrir la boca para dar una excusa, ya me está sermoneando.

—¿De verdad, Mónica? —se impone en voz baja con ese tono cortante que me hace sentir como si tuviera cinco años—. Las pintas que llevas, la hora que es… ¿Algún día harás algo bien a la primera?

Me echo el pelo detrás de la oreja, evitando sus ojos, pero ella no ha terminado. Bajo la mirada mientras jugueteo con uno de los botones de la blusa.

—Y no pongas esa cara, que te conozco. Además —me toma del brazo y me aparta un poco del pasillo—, tenemos que hablar.

El corazón me da un vuelco. «Tenemos que hablar» nunca ha sido el comienzo de nada bueno. Sin poder evitarlo, levanto la cabeza y sigo su mirada, y entonces lo veo.

Guillaume.

Se ha sentado en una de las sillas del pasillo, con las manos entrelazadas y la cabeza baja, como si quisiera fundirse con el suelo.

Su perfil, tan familiar, todavía me causa un nudo incómodo en el estómago.

Por unos instantes vienen a mi mente imágenes de ayer tocando su piano con tal pasión que me emocionó por dentro.

No levanta la vista, pero sé que ha notado mi presencia.

—¿Qué haces aquí? —susurro, aunque una parte de mí ya intuye la respuesta.

Mi hermana suspira.

—Mónica, tienes que dejar de putearlo —suelta sin rodeos ni tapujos—.

He estado hablando con él, intentando ser amable…

y ¿sabes qué me ha contado? Al principio parecía alegre, incluso encantador, pero cuando le he preguntado por ti…

—Hace una pausa, buscando mi reacción—. No ha tenido ningún problema en mencionarme cómo el otro día envolviste las rosas con sus partituras. O cómo le metiste tierra en el piano.

El rubor sube a mis mejillas tan rápido e intenso que creo que voy a arder de un momento a otro. Bajo la mirada, las palabras de mi hermana pesan más que cualquier regaño.

—Fue un accidente… —musito, aunque esa excusa no se la creería ni el gato de doña Fina.

—¿Accidente? —repite ella, incrédula—. Vamos, Mónica. Sabes que no fue un accidente. Y él también.

El silencio se vuelve más denso entre nosotras. Cada palabra de mi hermana golpea justo donde más duele. Siento el peso de mis actos sobre los hombros, ese revoltijo de orgullo herido y arrepentimiento que he estado ignorando durante semanas. Pero en el fondo él tampoco se queda atrás.

—Ya, pero seguro que… –empiezo a defenderme y a contarle lo que él hizo por su parte.

La puerta del despacho del notario se abre, interrumpiéndonos.

—Señorita Mónica, señor Guillaume, acompañantes —anuncia con voz grave—. Ya pueden pasar.

Todos enmudecemos. Incluso mi hermana se queda callada.

Guillaume se levanta poco a poco, sin mirarnos. Yo apenas puedo moverme.

El momento ha llegado.