La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Mañana nos vemos en la notaría

Guillaume

Entonces la veo. Mónica. De pie junto a la puerta, con la toalla sobre el hombro y la bolsa de la playa colgada del brazo. Pero lo que en realidad capta mi atención es el destello de su teléfono, que intenta esconder tras ella cuando nuestras miradas se cruzan.

—¿Estabas… grabando? —pregunto con la voz más ronca de lo que esperaba.

Su rostro se enciende con un rubor carmesí, como si acabara de ser descubierta haciendo algo prohibido.

—Yo… era solo… Tocabas el preludio. El de Bach —comenta por fin, encogiéndose de hombros, como si esa explicación bastara—. Siempre fue mi favorito, ¿recuerdas?

Y debería bastar. Debería ignorarlo, dejarlo pasar. Al fin y al cabo, ¿qué importa un vídeo más o menos? Pero algo dentro de mí —quizá la nostalgia, quizá la música— no me permite soltarlo.

—¿Querías subirlo a redes? —pregunto intentando sonar tranquilo, pero las palabras han salido con más dureza de la que me imaginaba.

Mónica pestañea un par de veces, sorprendida. Asiente y niega un par de veces.

—Sí, o sea, no. Solo quería guardar este momento. No sé por qué… quería recordar viejos tiempos —susurra.

El silencio se alarga entre nosotros. El piano, las flores, el olor a lavanda y jazmín flotando en el aire. Es un instante frágil, como las últimas notas aún suspendidas en el eco.

—Puedes quedártelo —añado al fin, dejando que las palabras salgan como un hilo casi invisible—. Y si quieres subirlo, hazlo. Total, nadie quiere verme ya.

La última frase la suelto en un murmullo, más para mí que para ella, que parece no haberlo escuchado. La sombra de una sonrisa asoma en sus labios.

—Gracias, Guillaume.

Respiro hondo, intentando ignorar el latido sordo en mi pecho. Estos días han sido un verdadero tormento, pero sentirla cerca de nuevo, justo con esta pieza, que era de sus favoritas, y verla sonreír de nuevo, es como si el cielo nos diese una segunda oportunidad.

—¿Te quedas un rato? —pregunto, sin pensarlo demasiado.

Mónica vacila un instante antes de asentir.

—Sí. Me encantaría.

Da un par de pasos hacia dentro, pero antes de que pueda siquiera bajar la tapa del teclado se frena.

—¿Estás bien?

Frunce el ceño mientras se mira los pies mojados como si estuviese dudando si dar un paso más.

—Yo… Lo siento… No puedo.

Y sin mediar más palabras sale corriendo por donde ha entrado y me quedo solo a medio levantarme de la banqueta y con el corazón latiéndome con demasiada fuerza. El tormento no ha desaparecido, claro. Mañana será otro día. Pero hoy… hoy no pienso dejar que nada me arrastre lejos de este momento.