La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Encontré la octava maravilla

Mónica

Mañana es la apertura del testamento de María del Carmen y ya me han notificado que deberé asistir.

Imagino que Guillaume también irá por lo que debo armarme de paz y tranquilidad hoy para mañana estar fresca como una rosa y justificar mis años en la tienda para que me deje quedar y darle en toda la cara a ese creído.

Por eso, hoy Sofía y yo hemos decidido ir a la playa. Aunque estamos en mayo y las temperaturas no son como para zambullirse, pasear por la arena, tumbarnos al sol mientras leo alguna revista de cotilleos y hablar de los últimos chismes del pueblo siempre es bien.

El sol apenas ha asomado entre las montañas cuando dejo el coche frente a la casa de Sofía y le doy un buen bocinazo para que se entere de que he llegado.

—¿Lista? —pregunto a gritos con la ventanilla bajada cuando veo que se asoma por su ventana para comprobar si soy yo.

Mientras espero a que la señora decida bajar, tamborileo con los dedos en el volante y me pongo a canturrear la canción que suena en la radio. Sí, mi coche es una tartana algo vintage que todavía lleva un reproductor de casetes.

Sofía aparece en el portal con una sonrisa de oreja a oreja y una bolsa de tela colgando del hombro.

Va descalza, con las sandalias en la mano y el pelo recogido a lo loco.

Creo que ni se ha parado delante de un espejo para mirarse.

Me hace un gesto para que espere mientras cierra la puerta con un golpe seco.

—¿Alguna vez no he estado lista para la playa? —replica respondiendo a mi pregunta a la vez que se sube de un salto al coche.

Como puede, mete la maxibolsa en los asientos traseros, me da un par de besos y se pone el cinturón.

—Las chanclas —la regaño señalando el calzado.

Con una sonrisa divertida empieza a ponérselas mientras me responde.

—Deja de ser mi madre y arranca.

El viaje es un vaivén de risas y canciones de los noventa, aquellas que siempre regresan a nuestras playlists sin importar cuántos años pasen y que, por supuesto, cantamos a pleno pulmón mientras el viento entra por las ventanillas abiertas.

Por un rato, olvido lo que me espera al día siguiente y me dejo llevar.

La apertura del testamento. Las posibles sorpresas. La incertidumbre.

Vamos, una mierda pinchada en un palo.

—¿En qué piensas? —la voz de Sofía me saca de golpe de mis pensamientos.

—¿Qué? En nada —miento, pero ella me lanza esa mirada de «Te conozco demasiado bien, así que empieza a soltar prenda».

—Mónica, mañana va a ser lo que tenga que ser. Hoy estamos aquí, ¿recuerdas? Playa, sol y mi capacidad infinita de hacer el ridículo si es necesario.

Suelto una carcajada al darme cuenta de que justo eso es lo que va a pasar. Si en nuestro grupo de los veranos había alguien patoso, ella era la que se llevaba todos los números. Aunque debo confesar que a veces parecía que Sofía tuviera un don para arrancarme de mi propia cabeza.

Cuando llegamos a la playa, el agua tiene ese azul cristalino que solo he visto en postales, con ninguna nube al frente y las gaviotas dando sus primeros vuelos después del letargo invernal.

Extendemos las toallas sobre las piedras y nos quitamos las camisetas de tirantes, dejando que el sol nos acaricie la piel.

—¿Baño rápido o primero confesamos todos nuestros pecados? —bromea Sofía estirándose como un gato.

—Baño rápido —respondo, porque la idea de quedarme quieta un segundo más me resultaba insoportable.

Corremos hacia el mar, chillando cada vez que una ola nos roza las piernas. El agua está helada, pero es justo lo que necesitaba: un golpe de realidad. Nos sumergimos de un salto, y durante un rato, solo existen las burbujas, el sonido amortiguado del agua y la risa de Sofía resonando cerca.

No sé cuánto tiempo estamos así, disfrutando de la calma de la playa vacía antes de que llegue la temporada de turistas y saboreando el salitre que se cuela por todas partes.

Nos reímos, jugamos a ver quién llega antes a aquella roca y nos hundimos como hacíamos antaño cuando recorríamos con las bicis la cala de una punta a la otra.

Cuando volvemos a las toallas, chorreando y con el pelo pegado a la cara, Sofía saca dos bocadillos de la bolsa.

—He hecho los de siempre —comenta tendiéndome uno—. Queso, tomate y albahaca.

—Nuestro favorito para las grandes ocasiones.

—Y con la albahaca de mi nueva plantita.

—Te dije que era la mejor —porque, por supuesto, se la había regalado yo con la esperanza de que no fuera a matarla como los últimos tres cactus.

Casi se me saltan las lágrimas de la emoción al escuchar que lleva una semana viva. Ella siempre recuerda esas pequeñas cosas. Es como si supiera que, en este momento, necesito algo familiar, algo seguro.

—Gracias —susurro antes de darle el primer mordisco.

El sol apenas roza la línea del horizonte cuando dejo el coche en el parking . El aire de la tarde aún conserva ese frescor salado que solo encuentras en este pueblo. Saludo a Marcelo, el del kiosco, cuando paso por enfrente y veo que está cerrando el chiringuito.

Con la toalla sobre el hombro y la bolsa de la playa colgada del brazo, me voy directa a casa a darme una ducha y quitarme el salitre del cuerpo.

El suelo empedrado resuena bajo mis sandalias mojadas y cada paso parece arrastrar conmigo las risas del día, las canciones desafinadas en el coche, las olas rompiendo contra la orilla…

A medida que avanzo, la familiar silueta de mi floristería aparece al final de la calle.

La fachada está cubierta de macetas colgantes y el aroma a lavanda y jazmín flota en el aire.

Lo adoro. Sonrío, porque, aunque mañana todo puede cambiar, este rincón seguirá siendo mío, al menos por ahora.

Pero algo me llama la atención. La puerta está entreabierta y una tenue luz se cuela por ella. Alguien ha entrado a robar.

Pero justo cuando voy a cruzar la calle para acercarme a la tienda a ver qué pasa, unas notas musicales me detienen.

Un piano. Su sonido, suave y melancólico, vibra en el aire como una caricia de antaño.

Cierro los ojos un instante, dejando que las cuerdas dibujen un puente entre la realidad y ese rincón de mi mente donde vuelvo a inicios de 2010 y esa misma pieza me dejaba horas embobada viendo cómo Guillaume acariciaba las teclas. Debe de ser él.

—Es una maravilla, ¿no crees? —murmura Marcelo que acaba de pararse junto a mí.

—Siempre lo ha sido —se me escapa el pensamiento en voz alta.

La melodía continúa cuando el kioskero se va y yo me acerco a la puerta y no decido hacer otra cosa que sacar el teléfono y grabar lo que se ve a través de la rendija de la puerta. Disfruto hasta que la pieza termina y, justo en ese instante, la madera cede en un chirrido estridente y me delata.