La tienda de las flores pentagrafiadas Guillaume
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Guillaume

Hay torturas peores, pero esta me toca los bemoles

Guillaume

Cinco días llevo en la isla, cinco largos, terribles y agotadores días que hacen que todo el mindfulness que mi prima Isabel me ha recetado para llevar la nueva situación se vayan al garete.

Hace unos días recibí un correo del conservatorio de París con la cancelación del resto de la gira anual y me piden una dimisión amistosa para que me desvincule de ellos. Pero no solo esto, mi mánager ha dimitido después de las malas críticas por el concierto y no conseguir apoyo por ninguna parte.

Mi vida se va al garete, aunque lo peor es cuando recibo la citación del notario para que vaya a leer el testamento de mi difunta tía, María del Carmen. No sé qué esperar al respecto.

Así que aquí estoy, en la casa que ella dejó atrás, una casita de piedra con contraventanas azules, rodeada de una buganvilla descontrolada que se enreda en la verja de madera del patio trasero.

A pesar de todo el caos que tengo en la cabeza, no puedo negar que hay algo reconfortante en este rincón del mundo.

Me recuerda al hogar, a mis días felices de veraneo con el sonido de las olas rompiendo con tranquilidad contra la orilla y el aroma salado mezclado con el dulzor de las flores que invaden el jardín.

El sol, aunque no es fuerte, calienta lo suficiente para darme una sensación de calma que no había sentido en mucho tiempo.

En la cocina, la tetera silba anunciando que el agua está lista.

Me sirvo un té de manzanilla en una de las tazas de porcelana antigua que mi tía solía coleccionar y salgo al porche.

Me dejo caer en la mecedora y miro el horizonte.

Por un instante, todo el ruido de mi mente se acalla.

La isla tiene ese efecto, o quizá es el recuerdo de mi tía y su manera de afrontar la vida con serenidad lo que me obliga a respirar hondo y tratar de encontrar un poco de paz entre tanto desastre.

Aunque lo más probable es que sea domingo y Mónica no andará por aquí haciendo trastadas con el piano, al cual aún no le he encontrado un nuevo rincón y sigue en medio de la floristería.

El testamento se leerá mañana, pero hoy, por primera vez en días, decido no pensar en ello.

Me centro en lo que tengo frente a mí: un cielo despejado, el murmullo del viento entre los árboles y el calor de la taza entre las manos.

Quizá este no sea el final que imaginaba para mi carrera, para mi vida, pero aquí, en este preciso momento, siento que tal vez sea un nuevo comienzo.

Harto de todo, entro a comprobar por última vez las redes sociales, en las que me abuchean a diario, si alguno de mis colegas de profesión me ha escrito algún mensaje. Nada.

En realidad no tengo ni idea de por qué lo hago.

Los seguidores han caído en picado y las visualizaciones solo son por el morbo.

Y me jode. Me gustaba grabar mis sesiones de práctica, algún que otro tutorial…

Me daba vida y sentía que la presión de tantas horas con la música llegaba a la gente de una manera más cercana.

A veces, incluso pedía que me propusieran canciones y hacía alguna que otra cover , pero ¿ahora?

Ya nada queda de los felices días. Quizás sería mejor que diese de baja la cuenta también y me pusiera a hacer otra cosa con mi vida.

Riiiing, riiiiing.

—¡Buenos días, Isabel! —respondo mientras tomo otro sorbo de té.

—¿Cómo está mi primo favorito?

—Soy el único que tienes —resoplo poniendo los ojos en blanco.

—Por esa razón lo eres.

Sus tonterías me reconfortan por un instante. Le comento cómo ha ido mi primera semana y los últimos giros de mi vida. Oficialmente soy un parado que lo único que sabe hacer es tocar teclas blancas y negras, pero con gracia.

—Creo que en una de estas navieras buscaban pianista para un viaje del Imserso.

—Gilipollas —me río ante su ofrecimiento—. No lo sé. Siento que me he perdido, que ya nada encaja en mí.

—Quizás es hora de volver a tus raíces, a eso que en realidad te hacía feliz.

—Esto está siendo un infierno —protesto como cuando teníamos diez años.

—No será para tanto. Además, he estado bicheando por redes y —hace una pausa dramática antes de soltar la bomba— Mónica ha mejorado con el tiempo.

Aunque me joda admitirlo, tiene razón. Mi antigua amiga está radiante ahora, al menos de físico, porque el carácter sigue igual de quisquilloso y tocapelotas que siempre.

—Es insufrible.

—Te gusta.

—Gustaba.

—Estabas enamorado de ella antes de entrar al conservatorio de música.

—Eso fue hace una eternidad —ataco pasándome una mano por el pelo, nervioso.

—Eso fue hace como dieciséis años.

—Lo dicho, una eternidad.

—Lo que tú digas —sentencia ella, pero escucho como se le escapa una sonrisa traviesa—. Entonces ¿qué? ¿Te abres una nueva cuenta y empiezas de cero?

Lo pienso y le doy mil vueltas, pero ya debo empezar de cero con mi carrera como para conseguir ni que sea una nueva gira para el año que viene como para dejar atrás algunas decenas de miles de seguidores en redes.

Una vez apuro las últimas gotas del té, decido que ya tengo suficiente sol y recojo todo.

Hace casi un mes que apenas he rozado una sola tecla del piano, a nivel musical me refiero, porque para quitar la tierra que el otro día Mónica se dedicó a meter entre ellas y las cuerdas sí que tuve que hacerlo.

No sé qué demonios le pasa por la cabeza y si le pregunto termina gritándome frases sin sentido sobre nuestro último verano que no llego a comprender.

Ahora no quiero pensar en ello, quiero dejarme fluir, afinar el piano y dejar que la magia vuelva a salir de mis dedos, disfrutar del sonido de las melodías y dejarme llevar.

Así que meto la cabeza dentro de la tapa del piano y verifico por enésima vez que todas las cuerdas estén en su sitio y bien afinadas.

Después, salgo y bajo la cubierta de madera.

Separo el taburete para sentarme, abro la tapa de las teclas y reposo los dedos sobre ellas.

Una sensación de angustia me llena por dentro.

Cierro los ojos, pero las imágenes del último concierto vienen a mí.

Siento la rabia de ese teléfono al sonar y cómo eso va creando mella en mi interior.

La mente me juega malas pasadas, pero en ese instante, hundo uno de los dedos en una nota grave, luego otro y otro más hasta que las notas se unen en la Cabalgata de las valquirias , de Wagner. Mi fuente de desahogo.