La tienda de las flores pentagrafiadas Mónica
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Mónica

Un tardeo para tomar decisiones

Mónica

Sofía y yo nos sentamos en el sofá con una copa de vino en mano mientras esperamos a que mi hermana coja la llamada por Skype.

Aunque por un lado la reacción de Guillaume me ha tomado desprevenida, sé que al lanzar esa planta he firmado la entrada a una batalla que me podría dejar sin negocio en menos de lo que canta un gallo.

—Si es que para qué pierdes los papeles —me regaña Sofía dándole un sorbo a su bebida.

—Pero si la idea de usar el piano como escaparate fue tuya —la regaño medio ofendida.

Dejando el cristal sobre la mesita, me guiña un ojo.

—¿Y lo bonito que quedó, qué?

Tiene razón. Había quedado precioso, con un tono clásico. Como todo el mundo en este pueblo está con Chopin que no caga, le daba un toque turístico.

—Ese no es el tema —empiezo antes de que el pling de la llamada aceptada me deje muda.

—No es el tema ¿de qué? —pregunta mi hermana con cara de cabreo.

—Mónica ha puesto al pianista en su sitio —declara Sofía aplaudiéndose.

No sé si he hecho bien, pero ese cabrón ya me rompió el corazón una vez y no quiero que lo haga ahora dejándome en la estacada a nivel laboral. Lo tengo claro.

—Sorprendedme.

Sin mucha demora y sin florituras, le cuento todo lo que ha pasado con pelos y señales.

—Pero ¿te has vuelto loca o te falta poco? —escucho el grito casi sin la necesidad de usar la videollamada.

—No, pero es que él me dejó…

—Excusas —suelta un resoplido Aina mientras se retira su perfecta melena hacia atrás—.

En primer lugar, él hizo mal en colocar ahí el piano sin haberlo comunicado con antelación, pero diremos que, cuando tú cerraste la floristería, él —que es el heredero legítimo de esta—, no había llegado.

No sabemos si tenía o no tu contacto para avisarte en ese preciso instante.

—Está en el contrato de arrendamiento del local —apunta mi amiga.

Si hay algo que odio es hablar y tener que aguantar el sermón de marisabidilla de mi hermana. Ella es la mayor y siempre ha sido la perfecta de la familia, pero yo tampoco soy un ogro.

—Cierto, pero teniendo en cuenta, y no es que lo defienda, que debió de llegar a altas horas de la madrugada debido al accidente de coche que hubo ayer en la nacional, encuentro lógico que no lo hiciera.

—Hace una pausa para seguir con su soliloquio de abogada superguai que empieza a sacarme de mis casillas—.

Seguimos en que estamos de acuerdo en que un instrumento de esa envergadura no se puede mover con facilidad, con lo que da gracias a que lo haya dejado en un lateral del local.

—Sí —apunto—, pero es mi local. Mío.

—Técnicamente, no. Solo lo tienes alquilado, y él es el propietario. Y antes de que me cortes —me advierte porque sabe que venía un reproche—, deberías saber y admitir que llevo razón. Total, que…

Ella sigue enumerando todos y cada uno de los apartados desde un punto objetivo que para nada tiene que ver con el mío.

Guillaume puede ser muy guapo y encantador, pero también es un tío que falta a su palabra, que te traiciona y cuando tiene la oportunidad te mete la puñalada por la espalda.

Bueno, más o menos lo mismo que está haciendo mi hermana en este instante, que en lugar de apoyarme, me mete la bronca.

—En fin —concluye ella—, has metido la pata hasta el fondo. ¿Algo que alegar?

Sí, que la odio por ser tan perfecta y hacer lo correcto siempre. Con ella nunca había un día que no me reprochara alguna cosa, y empiezo a estar harta. Si no fuera porque es un tema legal, ni siquiera la hubiese llamado.

—Que no quiero perder mi local —me enfurruño como una cría.

—Pues este no es el camino. Joder, hermanita, que ya tienes treinta y tres, eres madura como para hacer estas cosas.

—Pero… —empiezo antes de que Sofía me corte.

—Que yo sepa, el destrozo de las plantas no ha sido cosa suya —su defensa me hace abrir los ojos y asentir a su favor.

—Exacto. Y eso necesita venganza —apunto antes de murmurar— y una limpieza a fondo.

—Dejad de sacar balones fuera, por favor —nos corta mi hermana—. Me pondré en contacto con su abogado y veré si puedo sonsacar alguna cosa, pero tú —me advierte señalándome —, más te vale mantener una tregua y firmar la paz antes de que todo se eche a perder.

No doy crédito a lo que escuchan mis oídos. ¿En serio me está diciendo que deje pasar las pérdidas económicas del destrozo de hoy y haga como si nada?

Sofía, que está sentada a mi lado, dibuja círculos en mi espalda cuando nota mi resentimiento.

—Aina —intenta mi amiga poner un poco de orden antes de que me coma viva a mi hermana—, no es justo.

—Por supuesto que sí. —Se frota los ojos agotada antes de darle la bronca a uno de sus hijos por perseguir a otro con un calcetín sucio—.

No puedes comportarte como mis críos, Mónica.

No puedes montar una guerra de un malentendido.

Tú misma has dicho que ni siquiera sabías a qué ha venido lo de las plantas.

Así que habla con él y firma una tregua hasta que podamos solventar el tema del alquiler a nivel legal.

Mientras, no quiero escuchar más vendettas ni trifulcas ni chiquilladas.

O te va a costar todo por lo que tanto has trabajado.

Con las ganas de llorar y la frustración a flor de piel terminamos media hora después y unas ganas enormes de bloquear a mi hermana de todas partes. En cuanto la llamada termina, Sofía y yo admitimos que esto no puede quedar así.

El resto de la noche volvemos a la escuela primaria maquinando planes perversos pero efectivos para ahuyentar a Guillaume de Valldemossa y hacer que se vaya por su propio bien.